La evaluación.

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En tan solo unos meses de reinado, el inquilino de Palacio Nacional ha dejado constancia de la incomodidad que le provocan los organismos autónomos. El férreo control que permea su vocación autoritaria no lo puede ejercer. O los deja en los huesos o los incinera. Entonces respira tranquilo. Recientemente le tocó al CONEVAL, instancia que evalúa los programas sociales. Para empezar despide a quien la presidía, el Dr. Hernández Licona; a renglón seguido designa a alguien que le asegura absoluta lealtad, sin descartar la desaparición. Días después, afirma que el organismo continuará, anémico, su desempeño; aunque la medición de la pobreza le importe menos que los votos que le obsequia el uso discrecional de los recursos públicos. Este es el meollo del asunto: la discrecionalidad, el reparto de los bienes sin reglas de operación, sin rendición de cuentas. Pues que México entero confía en él, hombre virtuoso, honrado a carta cabal, incorruptible, casi angelical; no importa que adjudicaciones directas, como aquella de la compra de las pipas, despierten toda clase de dudas.

Más tarde, en sus conferencias matutinas, insiste, sin necesidad –pues el hecho está consumado– que el Dr. Hernández Licona no hubiese entendido los gloriosos tiempos de la Cuarta transformación –monumental crematorio–, dada su clara pertenencia ideológica al neoliberalismo, sus dispendios, el abusivo salario y otras menudencias que acreditaban su despido fulminante.

A pesar de todo este enredo celebro que el CONEVAL siga con vida o con media vida. Lo que no celebro es esa irrisoria firma de López Obrador ante notario que no habrá de reelegirse, por ser devoto de Madero, aunque a renglón seguido haya declarado que ahí, en Palacio, permanecerá mientras el pueblo quiera, sin referirse al término constitucional, de modo que si el pueblo se lo pide, será el Palacio su mortaja, como corresponde a su noble estirpe.

Cuando visité el Escorial, me asomé a un área que los españoles llaman ‘el pudridero’, que aloja los restos de los monarcas. Y pensé en la brevedad de la vida.

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Sufragio efectivo, no reelección. Respeto a la división de poderes. Sí a la vida y a la libertad de expresión. No más derroches.










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

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