La estafa

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La palabra ‘estafa’ me gusta. Es fuerte, sonora. La escuché por primera vez siendo un adolescente: era el título de una teleserie protagonizada por la entonces bella Lorena Velázquez: “Estafa de Amor”. Hoy día está de ‘moda’ digámoslo así. Pues que alude al comportamiento de personajes destacados de la clase política: Rosario Robles y su ‘estafa maestra’, López Obrador y su venta de una aeronave que no pudo vender, de una rifa que no fue rifa del avión, pues la máquina prodigiosa sigue allí en su hangar. Intacta aunque devaluada, propiedad de nadie, al menos no de la nación. En arrendamiento financiero. Por los siglos de los siglos. Un avión de lujo que ‘no tiene ni Obama’, según el de Macuspana que, tras repetir una y otra vez ese dicho, suelta una demencial carcajada como la de ‘El guasón’, el villanazo del ya célebre relato fílmico.
Ninguna gracia hay detrás del cuento de López: “Era una vez un faraón…”. Todo a propósito de la exitosa rifa, que no fue tal dado que su amado pueblo no está de ánimo, en mitad de la pandemia, para comprar “cachitos” de la lotería, de suerte que él, el rifador, tuvo que comprar boletaje aparentando la eficacia de su opción para desaparecer de su vista la hermosa nave.
Pero a las estafas de Obrador deberíamos estar acostumbrados, quiero decir a la acción de obtener algo con artificios y engaños. Su trayectoria delictiva –directa o por interpósita persona– es larga. Extorsiones, chantajes, recaudaciones clandestinas: ahí están René Bejarano, Eva Cadena, Julito Scherer, Pío López Obrador… pedigüeños todos para beneficio del tabasqueño o de su movimiento “el más grande del mundo”. Como circo vale calificarlo así.
Con todo y todo, él continúa ahí simulando que gobierna. Con su caudal de seguidores, indulgentes, no importan sus desatinos, su indiferencia ante los millones de desempleados. Seguro, pues, de su popularidad, bien cimentada ya en las dádivas clientelares, ya en la marmórea columna de los resentimientos. “Vamos bien”, no se cansa de reiterar su optimismo. Como para convencerse de que esos “otros datos” que están solo en su haber son ciertos, así la realidad, la sufrida por millones de mexicanos, documente oscuros días, los más oscuros de nuestra historia, dada no solo su malignidad, sino también su ineptitud descomunal.










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