La doctrina Lozano

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Era previsible la resistencia que en la alta burocracia desataría la pretensión de eliminar sus privilegios. Esa burocracia, alta y dorada como tantas veces inútil e incompetente, concentra parte del rencor social que bulle en el país. Por la manera en que ha administrado la cosa pública, al menos en los 18 años que van del siglo, ameritaría no sólo la reducción que se propone el próximo gobierno, sino la aplicación de responsabilidades legales y penales.

Las reacciones de actores y opinadores oscilan entre lo simpático y lo grotesco, y sus argumentos encueran de cuerpo entero a la burocracia dorada. Braman como si la reducción los estuviera confinando al estoicismo franciscano o los mandara a algún monasterio cartujo. Lo que se plantea es abonar a la vigencia de uno de los Sentimientos de la Nación, el número 12 entre los 23 que integran ese documento de 1813, y que consiste en moderar la opulencia y la indigencia.

Llama la atención que sea entre los panistas donde han brotado las más ruidosas resistencias. El precursor de los cruzados del privilegio es el senador Javier Lozano. Hace año y medio, dijo que la idea de bajar los altos sueltos era demagógica y soltó este disparo: “Sí, yo con mucho gusto doy la mitad de mi salario… entonces luego ¿a robar o qué?”

Dos apóstoles panistas más, Xóchitl Gálvez y Diego Fernández de Cevallos, han desarrollado con más profundidad esta doctrina. La próxima senadora dijo que la reducción de sueldos “propiciaría corrupción”, en tanto que el antiguo senador y abogado experto en litigios contra el Estado, con esa rotunda retórica de encomendero que le caracteriza, consideró que la medida proviene de un “capricho” y constituirá una “barbaridad” y un “atropello”.

Y, bueno, cuando el propio ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación defiende sus obscenas remuneraciones como una garantía de “independencia”, no sólo se muestra de espaldas a la realidad nacional, sino que exhibe ceguera ante el mensaje de las urnas el primero de julio y se coloca entre los apologistas de un principio teológico que reza: “el que no tranza no avanza”, y de otro todavía más explícito: “no me des, ponme donde hay”.

 










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