La comuna de París. La dignidad en armas.

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Louise Michel

Todo corazón que lucha por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte. Si me dejan vivir, no cesaré de clamar venganza y de denunciar, en venganza de mis hermanos, a los asesinos de esta Comisión.

Louise Michel

El pasado 18 de marzo se cumplieron 148 años de la gesta heroica de la clase obrera parisina, el primer ejemplo histórico de la conquista del poder de una clase oprimida sobre una clase opresora, reafirmando las previsiones de Marx sobre un sistema económico basado en la ley de la ganancia y la explotación que había llegado a su tope final, y la existencia de una clase obrera que había llegado al final de su paciencia.

El 19 de julio de 1870, ante el aumento del poderío del imperio prusiano, Francia le declara la guerra; en septiembre de ese mismo año, el emperador galo, Napoleón III, es hecho prisionero por las tropas de Otto Von Bismark, declarando el fin del conflicto bajo duras condiciones que pagaría el pueblo francés, traducido en fuertes indemnizaciones de una guerra que nunca deseó y el bombardeo al que fue sometido su capital durante el período belicista.

El desenlace de la capitulación tomó su más crudo significado en los primeros meses de 1871: el gobierno francés, encabezado por Adolph Thiers en ausencia Bonaparte III, y vacilando entre sus intereses de clase burguesa y su papel como defensora de los intereses de la nación gala, traiciona a su propio pueblo y pacta con la burguesía prusiana, sellada con el desfile triunfal de las futuras tropas germanas en las calles de la capital museo, aún resguardas por la Guardia Nacional, una milicia de miles de trabajadores que fue creada para defender Francia ante la ocupación inminente del poderoso vecino prusiano.

El 18 de marzo de 1871, ante la desesperación por permitir el paso del ejército invasor, Thiers ordena una sigilosa operación para arrebatar a la Guardia Nacional los cañones y ametralladoras que habían movilizado lejos del gobierno traidor y las fuerzas extranjeras. La acción resulta en un fracaso ante el coraje y valentía de las mujeres que se habían arrojado al armamento para impedir su confiscación. Estupefactos, los jefes militares ordenan fuego directo sobre las y los obreros parisinos, pero las tropas se niegan a cumplir órdenes y sus propios oficiales son ultimados en el acto, dando inicio a una de las grandes epopeyas de esta primera revolución social moderna.

El 26 de marzo se organizan elecciones en los barrios parisinos, ya que el gobierno “oficial” de Thiers abandona la capital de la ciudad luz y se traslada a Versalles; mientras tanto, en París, se organiza un Consejo Comunal en que son elegidos trabajadores de diversos oficios, desde obreros calificados hasta carpinteros, con carácter revocable y constantemente en contacto con los deseos del pueblo alzado para cumplir las demandas sociales acordes a la nueva situación revolucionaria, como la creación de un servicio sanitario y de correo que mantuviera en buenas condiciones físicas y de comunicación a la Guardia Nacional, ahora convertida en una milicia obrera, ocupando el vacío dejado luego de la eliminación del ejército como fuerza burocrática y parasitaria de la nueva sociedad que se construía en las narices de la burguesía francesa.

Una de las medidas revolucionarias por excelencia que se dio en la Comuna fue la separación del Estado y la Iglesia, en que el primero sometería el funcionamiento de la segunda con el uso de sus instalaciones para discusiones políticas, reivindicando de esta manera la formación de una sociedad laica; asimismo, se crean comités especiales para la institucionalización de una educación científica e igualitaria, permitiendo la creación de escuelas para mujeres que habían sido relegadas del proceso educativo.

Sin embargo, la falta de iniciativa de la comuna pagó su precio inicial al no tomar por asalto el Banco Nacional, confiscando grandes cantidades de dinero que habrían servido mucho para futuras negociaciones con el gobierno de Versalles, y doblegar su espíritu de guerra que comenzó a bombardear los alrededores de París en la primera semana de abril. Después de esa fecha, la meta de la burguesía francesa sería ahogar en sangre a la naciente revolución parisina.

Una vez puesta en marcha la fase de guerra contra su propio pueblo capital, el gobierno de Thiers toma nuevas medidas traidoras. Luego de la guerra, Thiers pacta con Bismarck para liberar a prisioneros franceses y forma un verdadero ejército de represión de clase en alianza con las tropas prusianas.

A lo largo de abril y mayo, continúa el curso de las medidas revolucionarias de París y las contraofensivas de Versalles, se agudizan las contradicciones de clase y aumenta el peligro de una inminente victoria contrarrevolucionaria; se forman brigadas civiles y se fortifica la ciudad museo a través de barricadas y surgen talleres y pequeñas fábricas de producción de municiones y armamento.

En la última semana de mayo, una de las brigadas de mujeres, encabezado por la anarquista Louis Michel, se destaca por su heroicidad al resistir el embate de las tropas francesas y prusianas; su radio de acción es convertido en una orgía de sangre, los fusilamientos aumentan conforme caen los prisioneros parisinos y la ciudad capital se convierte en una fosa común.

Al finalizar la campaña genocida, el conteo de masacrados es abrumador: un aproximado de entre 20,000 y 50,000 comuneros ejecutados y miles más, entre ellas Louis Michel, son condenados al exilio a colonias tan lejanas como el territorio australiano; luego de desatarse la gran violencia de clase, el nuevo paisaje social parisino resulta nauseabundo y destaca por su monstruosidad en los annales de las luchas de clases: mujeres burguesas pasean triunfantes sobre París y, con las puntas de sus sombrillas, recogen parte de la sangre aún fresca en las calles.

En el juicio realizado antes de su exilio forzado, Michel pronunció las palabras que sirven de encabezado a este artículo y ella sobrevive no sólo a la justicia burguesa francesa sino también a los largos años de exilio en Caledonia y, hasta su muerte, continuará la lucha por sus camaradas caídos desde la militancia anarquista, dejando tras de sí un libro sobre la tragedia y heroicidad de la Comuna de París.

Esta es la reseña de un Estado obrero creado a partir de una guerra interimperialista que anuncia, con su grito de guerra y victoria, de martirio y sacrificio, la nueva época revolucionaria en que la dignidad se alza en armas, con una vanguardia trabajadora y una perspectiva del futuro que descansa en la realización, necesaria y posible, del comunismo científico en el siglo XXI.

Edgar Herrera










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