La Caja Negra ¡Comer como Dios manda!

|




Una mañana de ocio, tendido en mi cama previo baño reparador que no cumplió su cometido, me quedé mirando un programa de cocina acuciado por el hambre. En dicho programa vi que una monja, con hábito blanco, escapulario, cruz de plata, rosario al cinto, anillo de plata, delantal y cofia negra, de edad para ser abuela (aunque por definición se descarta), con lentes de aro y sonrisa angelical, preparaba un platillo exquisito, palabra esta última que empleó casi como muletilla. Como a mí casi todo me molesta, en particular cuando se presume de algo que uno tiene, en la casa de otro que de todo carece, empecé a acuchillar a la pobre monja que muy linda y amable compartía el procedimiento para confeccionar un exquisito guiso. Claro, yo babeaba al tiempo que mal pensaba de ella: esa madre debe tener el pecado de la gula, también el de la vanagloria y el de la lujuria. Sobre el primero evidenciaba que tragaba gordo conforme hablaba sobre los ingredientes y la forma de irlos mezclando; sobre el segundo pensaba cómo puede mostrarse tan orgullosa de su cocina y sus finos ingredientes cuando hay tanta gente en el mundo que no tiene para un par de insumos tan básicos como frijoles y tortillas; y, bueno, la lujuria, ¡el pecado de la carne!, no la que usted piensa, no, esa no, recuerde que es una monja, me refiero a la carne de puerco y cordero que con tanta enjundia y brillo en los ojos amasaba para preparar suculentas albóndigas. Y bueno, no podía dejar de preguntarme a qué tanto exhibicionismo obedece plantarse ante cámaras de televisión, rodeada de modernos y lujosos aditamentos de cocina, preparar guisos para comer como Dios manda, expresión que repitió continuamente; sin recato de trascender los muros del Convento, sin conciencia de los millones de personas en el mundo que padecen hambre (yo entre ellas) y omitiendo el aspecto de humildad, austeridad, modestia y frugalidad entre otros, que desde la cuna nos han hecho creer que son virtudes de las mujeres que se retiran del ámbito mundano para dedicar su vida a servir a Dios y a los pobres. En fin, como dicho programa culinario chocaba con mis arraigadas puritanas, mojigatas y tal vez obsoletas ideas, no me quedó más opción que pensar, sin que me conste, que no era una monja de verdad si no un montaje escénico preparado por algún irreverente productor televisivo para darle variedad a los ya muchos programas que sobre cocina existen. Así que apagué la tele, dormí con antojo y soñé a la monja!

Rendijas

    1. No cambie de canal con hambre: es el mismo infierno con diferente Diablo.

    2. La hermana se lució con el postre, Pedos de Monja, un dulce típico queretano que siempre saca de apuros.

Queretaro,Qro. Junio 2019

pibihua2009@gmail.com










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

Envía tu comentario