La autoconstrucción

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Durante muchos años he andado la ruta de Querétaro a Toluca. El paisaje rural es hermoso y variado. Pedregales, bosques de madroños, pinares jóvenes. Pero conforme me acerco a la capital reina el desorden. Una casa aquí, otra allá. Sin planeación alguna. Cada quien se instala como puede y construye como “Dios le da a entender”, suele decirse. Bodrios por doquier. ¿Pobreza, corrupción? Tal vez ambas realidades. Todo esto me viene a la mente porque el vástago de Macuspana, señor que habita en Palacio Nacional, el ‘mínimo y dulce’ Andrés Manuel, ha decidido apoyar a las familias en la construcción de sus viviendas. Plausible idea. Pero a cambio de entregar los recursos directamente a los beneficiarios, para que éstos, sin mediación alguna, contraten a su ‘maestro de obra’. De este modo, le dice adiós a empresas constructoras, arquitectos, urbanistas. Corruptos todos a su parecer. Pero, ¿no es esto una fórmula que favorece la corrupción, aborrecida por su puritanismo? Claro está que sí. Que cada quien haga lo que le venga en gana. Pues es el libertinaje la garantía del buen proceder, del “aquí mando yo”, aunque el caos se extienda como una flor podrida. Eso veremos cuando la pandemia aplaque su ira. Un México sin imaginación, atado a los prejuicios de un ‘duce’ inamovible que, en discrecionalidad absoluta, como los viejos caciques, decide nuestro destino.
Propiciar el desorden es también corrupción. Como el nepotismo tan familiar a la autollamada 4T, los negocios del hijo del Sr. Bartlett, las compras sin licitaciones… La barca del ‘nuevo régimen’ se hunde. La popularidad del tabasqueño es un espejismo.
Pero una paradoja. Abro la página en Facebook y tropiezo con la carta de un albañil que implora ayuda. Sin trabajo, sitiado por el hambre. Me duele este pueblo nuestro, víctima por partida doble: de un gobierno inepto y de una pandemia que le cierra todas las puertas.










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