Krauze e IRR en Querétaro

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Hay muy pocos pensadores, escritores y articulistas en Querétaro que manejen bien las ideas y las teorías públicamente. Uno de esos pocos es mi amigo Inocencio Reyes Ruiz (IRR), el racionalista inglés queretano. Hoy lo hace con la claridad y la suavidad de la voz, con humildad y sin soberbia, con la pulcritud y el valor de las palabras bien digeridas.

 

Su artículo sobre Enrique Krauze: “Krauze y la esgrima liberal” (Noticias, Querétaro, 10-II-2008, p. 2-A), es una magnífica síntesis de lo que le debemos al ensayista político, el debate abierto, y de lo que le falta por hacer y acaso le podemos pedir: la crítica a los Príncipes de la economía y a los propios liberales. Muy cerca de las cualidades y los límites de Octavio Paz. Incluyendo su buena pluma.

En pocas palabras, la lectura de IRR es una buena introducción y una oportunidad para leer y discutir en serio a Krauze, “el esgrimista liberal mexicano que se ha tomado en serio la tarea de desnudar las falacias de sus contrarios”. Y discutir con ellos, como este domingo lo vuelve a hacer con Andrés Manuel López Obrador: “Traidores al paredón” (Reforma, 10-II-2008). Cosa que no hacen muchos de sus críticos, que a veces ni siquiera lo leen o lo leen mal para rebatirlo. ¿Hay que esperar a que muera para leerlo y reconocerlo como a Paz? Tal vez sea necesaria esa distancia, el único problema es que uno puede morir antes.
Va en seguida el artículo completo de IRR, el estilista queretano.

Paréntesis / Noticias, Querétaro, 10-II-2008.

Inocencio Reyes Ruiz

Krauze y la esgrima liberal

En un loable artículo (Revista Vuelta, enero de 1992), Enrique Krauze encarna el arte de la polémica en la figura del pensador liberal brasileño José Guilherme Merquior, embajador de Brasil en México unos años atrás y a quien Gabriel Zaid calificó como “embajador de la república de las letras”, honorable dedicatoria de “La economía presidencial”. En el artículo Krauze lamenta la muerte dolorosa, absurda y prematura de Merquior, a quien le asignó el cumplimiento de su tarea vital e intelectual: apuntalar la dignidad del hombre de carne y hueso, de la persona libre y autónoma. Merquior fue, en palabras de Krauze, un esgrimista liberal. Supongo que Merquior correspondería del mismo modo a Krauze, el esgrimista liberal mexicano que se ha tomado en serio la tarea de desnudar las falacias de sus contrarios. Sin embargo, si tuviéramos que apuntar una diferencia entre ambos liberales, creo que Merquior fue un crítico del liberalismo mientras que Krauze lo ha sido, sobre todo, del antiliberalismo. El valor del primero fue hacer la crítica de los contrarios lo mismo que la de los propios; Krauze en cambio sólo ha combatido los pensamientos ajenos al suyo, tarea de suyo valiosa, pero incompleta. Mientras Merquior se cuidó de tomar distancia del Estado patrón y del ‘laissez faire’ absoluto, Krauze ha sido un crítico implacable, como Paz, del estado patrimonialista, pero en cambio ha renunciado a escribir sobre el libre mercado que mantiene el régimen de privilegios y apabulla a los más débiles. Creo que Krauze tiene, entre otras, una tarea pendiente: la crítica al liberalismo y a los liberales del presente y la crítica a los mundos cerrados de las ideologías de derecha.

Krauze nos recuerda que fue José Ortega y Gasset quien escribió que el liberalismo tuvo su origen en la actitud medieval de la ‘franquía’ del caballero frente a la injerencia del Estado: “El liberalismo es la noble determinación de convivir aun con el enemigo franco”. Franquía y franqueza son actitudes morales, no ideologías. Agrega que con franqueza permanente, Merquior ejerció una de las disciplinas marciales más rigurosas, personales y antiguas, para franquear el camino hacia el más medieval y moderno de los valores. Si una virtud podemos conceder a Krauze es su permanente disposición al debate, precisamente en un medio donde la polémica no tiene buena prensa. Krauze no tiene la profundidad filosófica de Merquior, pero en cambio posee la virtud más exaltada por Richard Rorty: la narración. Rorty argumentaba que los intelectuales debían dejar de hablar sobre el descubrimiento de verdades, dejar de hacer caso a la llamada de la esencia humana, y dedicar más tiempo a la acción de la creatividad y la solidaridad humanas. Para eso se necesitan narradores antes que filósofos, decía. Creo que Krauze ha sido, sin demérito de su rigor académico, un narrador. Para empezar, puso sus narraciones históricas al servicio de muchos. Sus narraciones sobre el poder no son inmaculadas ni políticamente correctas, sobre todo en un medio y en un tiempo (los treinta o cuarenta años recientes), y es justo concederle, a pesar de sus odios y revanchas, el valor de la franquía.

Franquía, franqueza, franquear. Tres palabras, tres actitudes, tres caras de una intención atrevida: separar las esferas pública y privada y franquear el camino de lo privado a lo público y de lo público a lo privado sin confundirlas. El Príncipe no tiene el derecho de invadirnos, estatizarnos, pulverizarnos; menos lo tiene para dejarnos a la intemperie del mercado salvaje. Si un alegato central posee el liberalismo clásico y el moderno es una tarea de deslinde, de impedimento, donde los ciudadanos son diques imprescindibles para evitar la marea homogeneizadora que intenta el Estado; pero el liberalismo clásico no fue solamente la tarea de liberar el mercado, sino también y sobre todo la de edificar el contrato y los pactos para delimitar responsabilidades. ¿Cuáles son esos pactos que tenemos con El Príncipe mexicano moderno para legitimar el cambio democrático con el cual se logró la alternancia?

Merquior y Krauze son notables ejemplos de que en una democracia las palabras son duras, rasposas y, a veces, ofensivas. Palabras las cuales no contradicen la franquía, esa actitud moral a la que Bobbio llamó templanza. La franqueza con que se mira al Príncipe no es ingenuidad. Al poder se le mira con desconfianza, pero no se le puede ignorar, no se puede ni se debe dejar de mirarlo y criticarlo. Podemos estar en desacuerdo con los juicios políticos, históricos y literarios de Enrique Krauze; lo que no se puede es juzgarlo sumariamente, prosódica y adjetivadamente, y menos hacer como si no existiera. Un hecho es indiscutible: Krauze es un convencido de la necesidad del debate y es un practicante de la polémica. Sus argumentos no convencen a muchos, pero son argumentos. Lo admirable en Krauze es, en primer lugar, su presencia en el debate de los grandes problemas mexicanos, y algunos admiramos además la claridad de su prosa y la ‘franquía’ con que se ha opuesto a las ideologías totalitarias, a los mesianismos

tropicales, a las sectas cerradas de los mundillos académicos, a los populismos demagógicos. Más descalificado que leído, Krauze es nuestro más atrevido pensador liberal. Lo fue cuando ser liberal era juzgado por la hegemonía de izquierda como ser reaccionario; lo es ahora que los liberales son acusados de estar infectados de neoliberalismo. Krauze, como Merquior, es un esgrimista liberal: sabe que el debate y la polémica son esenciales al liberalismo y a la democracia; no escabulle la confrontación de las ideas, sino más bien las provoca, las mantiene y las franquea. Es nuestro esgrimista liberal, un escritor imprescindible.
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Traidores al paredón

Enrique Krauze

Reforma, 10-II-2008

Muchos criticaron la frase “AMLO es un peligro para México”. Se dijo que era el emblema de la “guerra sucia” y que provenía “directamente de Joseph Goebbels”, autor del famoso dictum: “Una mentira repetida cien mil veces se vuelve verdad”. Académicos distinguidos lamentaron que la “atmósfera de miedo” y “polarización” creada por el PAN pudiese incitar a la violencia: “el concepto de ‘peligro para México’ significa que es un peligro para la nación, y entonces no se puede contemporizar, y hay que eliminarlo”. Escritores reconocidos apuntaron que el uso insistente de la frase en boca de Calderón era condenable en términos intelectuales (una “generalización… sin matiz o lógica”), deplorable en lo moral (“es la cima de la campaña de odio… es volver orgánica la histeria revanchista”), pero sobre todo peligrosa, ella sí, en términos políticos: “¿Por qué tal belicosidad si lo que se quiere es un clima civilizado?”.

Ahora López Obrador llama “traidores a México” a quienes propongan cualquier reforma energética. Aunque al principio pareció reservarse los nombres de quienes tenía en mente, no tardó en soltar algunos: Felipe Calderón, Juan Camilo Mouriño, Jesús Reyes Heroles, Santiago Creel y Manlio Fabio Beltrones, Emilio Gamboa Patrón y Francisco Labastida Ochoa. Al poco tiempo, amplió la cobertura y advirtió que será “un traidor a la patria” el legislador, “sea del partido que sea”, que vote en favor “de cualquier modificación a la Constitución o leyes secundarias que permitan la participación privada en la industria petrolera”. Y, sin más contemplaciones, decretó: “Aquí hay dos grupos: los que están a favor de las reformas energéticas y los que estamos en contra. No hay lugar para la medianía. No se puede permanecer en medio, no se puede ser moderado, porque el que apoya a las reformas es traidor a la patria, sea del partido que sea”.

Señalar a un político como “un peligro para México” es, sin lugar a dudas, una acusación muy grave, pero no tiene traducción práctica en los códigos vigentes. En cambio la frase “traidor a la patria” remite a responsabilidades muy claras y específicas. En el artículo 22 de la Constitución de 1917, la “traición a la patria” estaba tipificada “en guerra extranjera” y se castigaba -lo mismo que el plagio, los delitos graves de orden militar o el homicidio con alevosía y ventaja, entre otros- con la pena de muerte. El párrafo fue omitido hace muy poco, el 9 de diciembre de 2005, pero el cargo persiste, referido sólo al presidente de la República, en el artículo 108, segundo párrafo, de la Carta vigente. Aunque la pena de muerte se ha derogado, el Código de Justicia Militar y el Código Penal Federal siguen tipificando el delito con penas severísimas. Los artículos 203 y 205 del primero prevén penas de hasta sesenta años; el artículo 123 del segundo dice a la letra: “Se impondrá la pena de prisión de cinco a cuarenta años y multa hasta de cincuenta mil pesos al mexicano que cometa traición a la patria en alguna de las formas siguientes”, y enseguida enumera quince puntos, casi todos referidos a casos de guerra (pérdida de territorio, espionaje) salvo el primero, más genérico: es traidor a la patria quien “realice actos contra la independencia, soberanía o integridad de la Nación Mexicana con la finalidad de someterla a persona, grupo o gobierno extranjero”.

En nuestro régimen constitucional, la determinación de la responsabilidad jurídica correspondería desde luego a los ministros de la Suprema Corte de Justicia pero, llegado el caso, AMLO no tendría el menor empacho en considerarlos, a ellos también, “traidores a la patria”. ¿Y qué ocurriría si un buen número de mexicanos se convencieran de buena fe sobre la necesidad de las reformas? Tampoco ahí cabe duda: serían “traidores a la patria”.

Pero ya se sabe: el Peje por su boca muere. Y es que el propio Proyecto alternativo de nación elaborado por AMLO decía a la letra: “… tampoco deberíamos descartar que inversionistas nacionales, mediante mecanismos transparentes de asociación entre el sector público y el privado, participen en la expansión y modernización del sector energético o actividades relacionadas, siempre y cuando lo permitan las normas constitucionales”. Bajo su actual óptica radicalizada, el líder se ha vuelto “traidor a la patria”.

El problema, como es obvio, no es legal sino político: pertenece a la órbita de nuestro imaginario histórico. La frase “un peligro para México” induce temor, pero la frase “traidor a la patria” provoca odio y ánimo de venganza. En México, quien incurre en “traición a la patria” merece el castigo terminal de todos los “traidores” de nuestra historia. Aquí ya no sólo estamos frente a una “generalización sin matices ni lógica”, una “mentira repetida mil veces”, un caso de “polarización” o “belicosidad”. Estamos frente a algo mucho más serio: una abierta apelación al “pueblo” para que, fiel a “sus usos y costumbres”, haga lo que siempre hizo con los “traidores”: llevarlos al paredón.

¿Qué dicen ahora los críticos? Ni una palabra, por supuesto.










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No hay comentarios en “ Krauze e IRR en Querétaro”

  1. Julio Figueroa dice:

    Mil gracias, bella Olimpia, por IRR y por Krauze.
    Bienvenidas todas las críticas.
    Saludos de luz a todos.
    J.

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