Honduras sublevada. Subterráneos de un socialismo americano

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En 2016, en Tegucigalpa, capital de Honduras, se presentó la revista América Socialista. Durante la presentación de este órgano informativo y formativo de las clases oprimidas de aquél país, se enfatizó en la necesidad de crear una vanguardia revolucionaria como dirección de aquellas masas hondureñas que han sido violentadas durante décadas, bajo los lineamientos globales del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y, por supuesto, bajo la mirada depredadora de los Estados Unidos, un peligro creciente para la humanidad desde finales del siglo XIX.

El objetivo de América Socialista es claro: la construcción del socialismo en las condiciones históricas existentes en el continente americano, pero también a nivel mundial. Dicha revista está incorporada a un órgano internacional de mayor envergadura: Corriente Marxista Internacional, circulando entre las y los revolucionarios de 40 países repartidos en todos los continentes del planeta.

Sin embargo, no es la intención de este artículo reseñar los frentes de lucha que hoy existen contra el capitalismo y el imperialismo.

Por ahora es importante señalar un rumbo distinto al que conocemos actualmente, no solo desde los periodismos capacitados para difundir la verdad, sino también aquellas experiencias, vividas y pensadas, desde nuestra realidad social cercana. En México, podemos mencionar los crímenes de lesa humanidad que mancharon la historia de nuestro país: desde la Guerra Sucia de la década de los setenta hasta la guerra contra el narcotráfico de principios de este siglo, cuyo legado sigue violentado a dos de los agentes revolucionarios del momento: la juventud mexicana y las mujeres.

Retornemos a una región centroamericana que nos debe interesar su situación y sus perspectivas para el resto de América y el mundo.

Una vez más el pueblo hondureño, al borde de una guerra civil de enormes repercusiones en Centroamérica y a los intereses económicos estadounidenses, sale a las calles para frenar los intentos de reformas privatizadoras hacia la salud y la educación, agravando la violencia existente en el país: el segundo lugar en homicidios del continente, después de El Salvador; el segundo puesto del per cápita más bajo en la región; un aumento alarmante de asesinatos de activistas para la defensa de los recursos naturales, orquestadas desde el golpe de Estado de 2009 -recuérdese a Bertha Cáceres en 2016-; la expoliación de las tierras campesinas mediante el contrato de sicarios, aumentando el volumen de hectáreas de suelo fértil en manos de las cuatro familias dominantes de Honduras; una alza considerable del crimen organizado y el narcotráfico, garantizando una constante venta de drogas hacia los Estados Unidos; y, como se ha visto en los últimos meses, un aumento desmedido de la migración forzada hacia los Estados Unidos, -un millón de hondureños en los últimos 10 años según un informe de la ONU- esta semana simbolizando la tragedia de la violencia y pobreza de Centroamérica en la fotografía de un padre y su hija, flotando bocabajo en el Río Bravo; se llamaban Óscar y Valeria, de 25 años y 1 año de edad respectivamente, provenientes de El Salvador.

Esta misma semana, la tragedia asoló en forma de estudiantes asesinados por fuerzas armadas al interior de una institución académica. Son los dos polos de una violencia creciente en Centroamérica, siempre sin mencionar al culpable mayor: las sociedades capitalistas centroamericanas, promovidas por la Organización de Estados Americanos (OEA), el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, las fuerzas armadas al servicio de las oligarquías y el poder industrial-militar de Estados Unidos, cuyo poder del dólar se burla de la voluntad popular, pues mediante sus programas de ayuda humanitaria en la región, se desembolsa 2000 millones de dólares, mientras que sus “aliados” de Guatemala, El Salvador y Honduras, despilfarran más de 8000 millones. Un negocio redituable y cuyos datos no se hablan para explicar el fenómeno de la migración como caravanas de muerte de los pueblos resignados.

La situación actual de Honduras es crítica desde hace décadas. En 1998, un aluvión de tratados internacionales fueron la apertura de la privatización del sector salud y educativo; por tanto, a través de los años, no es casualidad que el personal médico, el magisterio y el estudiantado sean los sectores más combativos en los distintos levantamientos de masas que, pese a sus grandes esfuerzos, no han coronado el triunfo definitivo.

En Revista Socialista, se realza la necesidad de combatir la pobreza, la violencia y la injusticia mediante la lucha por crear cuadros revolucionarios, militantes marxistas como parte de la dirección social que hoy demuestra su potencial para poner en jaque a las instituciones sociales existentes, entre ellas, el Partido Nacional -el equivalente al PRI de aquél país-, y a la Dirección de Fuerzas Especiales que se ha declarado en huelga y negándose a reprimir a las familias hondureñas.

Esta misma revista, sobre todo, ha anotado su objetivo de construir el socialismo como una alternativa histórica frente al capitalismo dependiente hondureño. Ya hemos pasado lista a algunas crisis sociales que obligan al pueblo de Honduras a luchar y derribar, de modo pacífico, a la dictadura de Juan Orlando Hernández. No obstante, el poder del régimen se mantiene gracias a la violencia de clases, apoyados en las fuerzas del orden que no dudan en violar las autonomías universitarias y disparar a matar a las y los estudiantes. Lo hicieron en diciembre de 2017 con una joven que yacía muerte de un tiro en la cabeza y lo seguirán haciendo mientras sea necesario para consolidar un frágil statu quo al servicio de las élites familiares.

Hablar de un socialismo hondureño no es obra personal, es una necesidad que se impone y se declara en la juventud y las clases trabajadoras de aquél pueblo. Existen las condiciones para convertir el socialismo en un acto de masas: el pueblo trabajador como vanguardia revolucionaria, como agente histórico que tome las riendas de su destino económico de una planificación popular de las escuelas y hospitales; como modelo político democrático que se extienda en los barrios, comunidades y ciudades; la urgencia de una reforma agraria en la que se expulsen a las familias del poder y limpiar la zona del narcotráfico y de la oscura intervención norteamericana; la construcción de una cultura revolucionaria que abone en las condiciones existentes de violencia en El Salvador, Guatemala, Belice, México…

Honduras es el espejo invertido de lo que sucede en México: un dirigente que pide a su pueblo “portarse bien”, descalifica a las y los obreros de Heroica Matamoros; concilia con el magisterio mexicano; hace de la vista gorda ante el caso Samir Flores y, por tanto, la imposición de megaproyectos en zonas de riesgo volcánico; despreciando la lucha feminista en donde echa raíces, justamente, una democracia mexicana desde la perspectiva de género; los fondos del avión presidencial que son destinados a la Guardia Nacional, al servicio de la política migratoria racista de Donald Trump; grupos religiosos que ponen sus esperanzas de compartir el poder con la Cuarta Transformación desde los medios de comunicación; en resumen, una corrupción que crece en las narices del pueblo mexicano y refuerza la idea de que somos un patio trasero para Estados Unidos.

Cabe preguntarse cuál será el costo a largo plazo para este país que sigue iluso en una Cuarta Transformación; cuál será el destino del pueblo hondureño en lucha, por ahora, con palos, machetes y una solidaridad y una conciencia nacional tremendas.

México también ha tenido sus capítulos heroicos, pero siempre se ha pagado caro el precio de reducir los movimientos sociales a una dirección presidencialista, partidista. AMLO es consciente de ello y también el pueblo hondureño; las diferencias están servidas desde hace tiempo y no es difícil concluir para qué lado se inclina una verdadera revolución social.

Edgar Herrera










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