Haití la epopeya de la República Negra

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En América Latina continúan todas las maquinaciones bien conocidas de los Estados Unidos –desde la guerra económica impulsada por sanciones y bloqueos hasta el bombardeo masivo de fake news sobre las poblaciones y gobiernos agredidos-; Venezuela y Cuba están bajo la sombra de la siniestra figura de la Doctrina Monroe, lista para descargar, en cualquier momento, a la primera puerta abierta dejada por los pueblos americanos, la guadaña del Golpe de Estado como expediente que ha salpicado a prácticamente todo el continente.

En medio de este panorama que prepara las condiciones de una nueva edad de piedra para los más de 600 millones de latinoamericanos –una numerosa población bien organizada en la lucha armada que contrarrestaría cualquier plan de destrucción masiva del Pentágono-, se cierne la resistencia moderna de la primera República Negra en el contexto de las independencias americanas del dominio español: Haití.

Ante el embate reciente de los Estados Unidos en su patio trasero, un insulto para un continente con profundas raíces originarias y una riqueza étnica, Haití representa una joya en la historia de América, pues fue la primera nación en declarar su independencia (1804) de España y ahora, en pleno siglo XXI, se levanta iracunda ante dos enemigos bien identificados: las élites haitianas y el imperialismo norteamericano, enemigos comunes para los pueblos de todo el globo.

En estos momentos continúa vigente un gran movimiento de masas en que se decidirá el destino de este pequeño país caribeño, que tiene un potencial enorme para influir en la creación de una conciencia revolucionaria que tenga efecto en todo el continente, sintetizada en dos consignas: la defensa de la soberanía territorial e independencia económica de América y la asunción de socialismos indoamericanos, donde el papel del indígena se reivindica en proyectos de transformaciones sociales, recordando las anotaciones del marxista peruano José Carlos Mariátegui en la década de los veinte y treinta del siglo pasado.

10 millones de haitianos y haitianas enfrentan la violencia económica de una sociedad dividida en clases: la mitad de ellos sobreviven con menos de dos dólares al día; el déficit de las arcas públicas ha provocado una inflación profunda en que se encarecen los servicios y productos básicos, como el transporte y la educación; la corrupción se ha convertido en la peste bubónica de toda una población que tiene una profunda memoria e identifica a los culpables: los funcionarios haitianos que han traicionado a su pueblo y exportan su traición al pueblo venezolano.

En 2005, por iniciativa del difunto Hugo Chávez, se crea la Alianza Petro Caribe, como parte de un modelo económico petrolífero dictado por este gobierno progresista, contrarrestando la influencia del dólar y sus impagables intereses. Apenas en 2006, Haití ingresa como miembro a la organización que es un reflejo de la solidaridad pendiente entre los pueblos subdesarrollados de América.

Como parte de los beneficios entre los integrantes de Petro Caribe, el combustible venezolano es vendido a precios bajos –en esa época, un barril de petróleo valía más de cien dólares- para el sostenimiento económico haitiano que dependía de este recurso para satisfacer sus necesidades y pagar las deudas contraídas a Venezuela en los próximos 25 años, a bajos intereses, pero dichas deudas eran canceladas cuando el gobierno caribeño estaba imposibilitado para cubrirlas, un hecho que quedó confirmado luego del terremoto en 2010 cuando el régimen venezolano condonó los pagos retrasados y, además, suministró fondos para la reconstrucción de viviendas.

Sin embargo, con el aumento de los bloqueos que impiden la venta de petróleo venezolano -y una de las razones que pone mucho a pensar a la Casa Blanca para usar a todos sus marines disponibles-, ya no fue posible ayudar a Haití, quien se doblegó a las normativas del Fondo Monetario Internacional, usando su bien conocida arma de guerra: la deuda.

A cambio de préstamos millonarios proporcionados por el FMI, el gobierno haitiano debía privatizar los servicios principales, perjudicando a la población; para colmo, se hicieron públicos los casos de corrupción en la esfera política, incluyendo a su actual presidente Moisse, desatando la ira popular que aún permanece y deja el siguiente saldo: más de una veintena de civiles muertos; un pequeño grupo de soldados estadounidenses detenidos por el pueblo; un país paralizado y olvidado por los medios internacionales que alguna vez difundieron la ruina provocada por las fuerzas telúricas del planeta sobre este país, pero nada dicen ahora de las fuerzas sociales que sirven de contrarréplica ante la ruina económica que provoca el capitalismo y sus instituciones neoliberales.

Otra cosa que no dicen estos mismos canales de información o desinformación, es la patente solidaridad del pueblo haitiano sobre el pueblo venezolano, cada vez más amenazado con el espíritu genocida de una guerra convencional. Es menester ver a Haití con otros ojos y responder ante cualquier ofensiva que se prepare en el Caribe cercano.

El pueblo haitiano aún recuerda la solidaridad de Hugo Chávez, dirigente que ayer cumplió 6 años de fallecido; aún conserva la dignidad colectiva que los impulsa a luchar contra la corrupción elitista haitiana, y que mucho deja para pensar sobre los alcances de nuestra Cuarta Transformación que más parece la comedia de una transformación de cuarta, específicamente hablando de “su” perspectiva de género, ahora a vísperas del 8 de marzo que, sin duda, hará temblar sus cimientos morenistas.

La primera República Negra le explota en la cara al dominio estadounidense, con un magnate empresarial blanco como presidente, incapaz de resolver la situación humanitaria del pueblo haitiano, y que recurre al diálogo diplomático como parte de su impotencia provocada por la resistencia de una sociedad negra que le ha expresado su ira, quemando la bandera de las barras y las estrellas, una actitud que se ha replicado en otros puntos expoliados por las tropas estadounidenses.

La autogestión y la organización conducida por el pueblo haitiano son las siguientes tareas de este país para escalar en nuevas transformaciones sociales que reivindiquen su pasado heroico; la creación de milicias populares que garanticen el orden nacional y logren la pacificación del país; el establecimiento de canales de información que ayuden a orientar a los 10 millones de habitantes; la creación de talleres y centros para cubrir los servicios y las carestías alimenticias. No son consignas soñadas por quien escribe estas palabras, son necesidades de primera línea para contrarrestar el sufrimiento de las y los haitianos en medio un panorama regional cada vez más siniestro. Y el pueblo haitiano, educado en largas luchas colectivas, encontrará la solidaridad internacional como su arma más eficaz para salir del pantano intransitable que representa el capitalismo, y el peligro de guerras mundiales de consecuencias atómicas que entraña el imperialismo.










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