Guadalupe: México Mítico

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Columna La Caja Negra | POR Carlos Ricalde.  No sé cómo abordar el misticismo mexicano sin ofender los sentimientos de las personas creyentes. Tampoco puedo dejar de opinar sobre un acto de fe que contribuye al sometimiento del pueblo. Pero si sé que está muy lejos de mi ánimo expresar la más pequeña ofensa y muy cerca, eso sí, de señalar las mentiras vueltas verdades y las verdades vueltas mentiras. La Virgen del Tepeyac es un hermoso cuento que devuelve a los mexicas el cariño de una madre, aquella que perdieron desde el momento mismo en que les fue arrebatada su verdadera madre, la tierra, por la fuerza bruta y astuta del conquistador.

Huérfanos de madre, el camino quedó abonado y despejado para que otra los adoptará. Una madre poderosa, cariñosa, bella; circundada con una visión majestuosa y mágica y enlazada con los indios por el color de su piel morena. Ese fue el cuchillo que penetró, a veces suavemente, las más, desgarrando, el alma de otra cultura que a la par fue sometida, ultrajada y humillada. Como el niño que de dolor y miedo busca consuelo en el regazo
amoroso de la madre, así imagino a los indígenas apaleados buscando cobijo bajo el manto protector de Guadalupe, y esperanza en la voz de los evangelizadores quienes, machacando una y otra y otra vez, los persuadían de que el látigo invasor era nada con la tortura a la que fue sometido Jesús, hijo de María Guadalupe, la misma madre de todos los mexicanos. A cambio de tanto martirio, quienes siguieran su ejemplo y enseñanzas serían recompensados con otra vida en un paraíso celestial. Una promesa nada despreciable si se considera válida por toda la eternidad. Valga la tautología. Y para evitar malos pensamientos, al que se portara mal lo mandarían a chamuscarse por los siglos de los siglos.He seguido por la televisión la multimillonaria invasión de feligreses a la Basílica de Guadalupe para cantar a la Virgen las mañanitas. Se mencionaron cifras disparatadas del orden de 6 a 7 millones de personas y no pude menos que compartir, a la distancia, el sufrimiento de todas esas personas pasando hambre, frío, cansancio, avanzando con las piernas inflamadas o las rodillas desgarradas, buscando una esperanza, una cura, un milagro o al menos un guiño de la Virgen. No es posible que ocurran estas cosas, que un sector de la ciudad se colapse, que los habitantes de la zona y los mismos peregrinos queden secuestrados por el bloqueo de las calles poniendo en riesgo sus vidas. ¿Acaso la Virgen de Guadalupe no se sentiría igualmente querida y alabada si los peregrinos la visitan en la iglesia de su propio pueblo? ¿Y porqué la jerarquía católica no aboga por la seguridad de sus fieles invitándolos a permanecer en sus localidades festejando a la Reina del Cielo? En todas partes hay un rinconcito de color azul.

¿Tenemos algo que agradecer a los conquistadores? Creo que no y me llena de tristeza. ¿Su lengua? Los Aztecas, Mayas, Olmecas, etc., ya tenían una y con el tiempo se desarrollaría como cualquier otra. Que más, nada que los del patio no tuvieran y podían vivir sin los españoles perfectamente. En
realidad que enseñanzas profundas dejaron durante los 300 años que duró la Nueva España. Pues por lo que aún se ve en el novel pueblo mexicano con apenas 200 años de existencia “independiente”, es su alta capacidad de aguante y sufrimiento. Nos enseñaron hasta la propia médula a aguantar
todo tipo de vejaciones, a sufrir abusos y humillaciones a granel, a agachar la cabeza ante el patrón, la autoridad o el extranjero que se muestra como un ser superior. Y esta actitud deviene del propio conquistador que impuso a su Dios y enseñó al indio a ponerse de rodillas para venerarlo. Enseñó también que la sociedad se divide al menos en dos clases, los oprimidos y los privilegiados, los que valen mucho (que son pocos) y los que nada valen
(que son muchos). Y los rostros que se ven en la Iglesia de la Emperatriz de América, son los rostros de los campesinos, de los obreros, de los hombres sin voz y casi sin esperanzas, de los olvidados pero necesarios en esa condición para que funcione el sistema. Parece que nada ha cambiado. Todo sigue intacto. Son los mismos hombres y mujeres de la Colonia, de la Independencia, de la Revolución, de ahora.

El cura principal que ofició la misa de gracias a la Guadalupana, aprovechó el poder que le confiere una asistencia de 7 millones de personas, para dictar un sermón político, menos mal, en el que ordenó una nueva interpretación de la Misericordia: “hacer por los migrantes, defender a los niños, luchar contra la corrupción, evitar la tentación de caer en la violencia; condenar el secuestro, el consumo de drogas, la discriminación y el aborto. La solución está en volver a Dios y encarnar la misericordia de la Morenita”. Esperaremos la opinión del Papa cuando venga a visitarla. Falta poco y su
discurso también será político en defensa de los que menos tienen.

Rendija

¿Puede ser que los líderes de la Iglesia Católica festejen y alienten las multitudinarias peregrinaciones a la Villa de Guadalupe, para evidenciar una posición de poder? Puede ser.

 










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