FUENTEZUELAS: LA NEGLIGENCIA MATA

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Debido a la explosión de cohetones, el atrio de la capilla chiquita de Fuentezuelas se convirtió en un infierno que aniquiló a seis personas y dejó heridas a más de cincuenta, nueve de ellas de gravedad. Fue de tal intensidad la detonación que el escalón en donde estaba sentada una gruesa, voló en mil pedazos, convirtiendo al cemento en peligrosas esquirlas.

Una gruesa equivale a 12 docenas de cohetes o cohetones (cuetes o cuetones de acuerdo a la expresión popular), lo que nos da 144 por gruesa. La cantidad para la fiesta patronal de la Virgen de Guadalupe que el ‘castillero’ tenía destinada fue de 60 gruesas, es decir, 8,640 cohetones que serían ‘tirados’ por él mismo y otras personas auxiliares que realizan esta tarea de manera voluntaria y que son conocidas en la comunidad como ‘tiradores’.

De acuerdo a los usos y costumbres de las comunidades indígenas y campesinas, el ‘castillero’ es un cargo honorario que cada año otorgan los lugareños a la persona responsable de la contratación de castillos y cohetes para las fiestas patronales, entre cuyas funciones se encuentran las de ir de casa en casa, solicitando a los vecinos cooperación para la compra de cohetes; también se hace cargo de resguardarlos y después de una ceremonia de velación, las personas acuden a su casa a recoger las gruesas para llevarlas como ofrendas a la Virgen. Esto ocurre así a lo largo y a lo ancho de las comunidades indígenas y campesinas del país, así como en los barrios populares de las ciudades desde tiempos inmemoriales.

Algunos de los habitantes de Fuentezuelas señalaron que durante las mañanitas que el martes 11 ofrecieron a la Virgen de Guadalupe a partir de las seis de la mañana, solamente habían 30 gruesas de cohetes y que otro tanto quedó bajo el resguardo del ‘castillero’. Se dice que incluso hubo una discusión con algunos de los integrantes de la procesión con el ‘castillero’ debido a que éste no entregó las 60 gruesas que ellos pretendían. Una vez que los cohetes son ofrendados a la virgen, son retornados al ‘castillero’ y su gente para que los ‘tiren’.

Como sabemos, porque muchas personas lo vimos en un video en la plataforma de Facebook, la explosión ocurrió al alba (alrededor de las seis y media) del martes 11 de diciembre, lugar al que me trasladé un día después, para intentar encontrar la causa que convirtió la fiesta en tragedia de esta comunidad mestiza ubicada a escasos once kilómetros de la cabecera municipal de Tequisquiapan.

En entrevista, Liliana Ordaz Reyes, delegada municipal de Fuentezuelas, señaló que el ‘castillero’ cuenta con un permiso de la Sedena (Secretaría de la Defensa Nacional) por sus actividades relacionadas con artefactos elaborados con pólvora y que el día previo a la explosión, ninguna autoridad de Protección Civil del gobierno estatal o municipal acudió a supervisar las condiciones bajo las cuales se realizaría la fiesta patronal.

Aunque diversos medios queretanos fijaban la cifra de personas fallecidas hasta de ocho, la delegada señaló que los difuntos por la explosión del día anterior, era de seis: Bulmaro Reyes Nieves de 32 años; María Fernanda Reyes Trejo de 11; Margarita Nieves Prado de 50; Ángel Ordaz Hernández de 12; Lugarda Nieves Prado de 31 y la catequista, Rosalía Nieves Nieves, de 28.
Antes de iniciar la ceremonia religiosa que se llevaría a cabo el 12 de diciembre en la iglesia principal de Fuentezuelas, pude entrevistar a un menor de trece años quien estuvo en el lugar de la explosión. Afirmó que el viento llevó una chispa al lugar en el que estaban las gruesas de cohetes ofrecidas a la virgen. El jovencito, de complexión robusta, enfundado en una sudadera roja y un pantalón corto que dejaba ver una venda que cubría las quemaduras en el chamorro derecho, todavía con el susto atravesado en el semblante, señaló que salvó la vida debido a que se tiró pecho a tierra, protegiendo su cabeza con las manos del enjambre de cohetones que zumbaban y zigzagueaban encima.

Por su parte, un hombre de bigote grande y disparejo, cubierto con un sombrero percudido por el uso, al escuchar el sonido de la campana de la iglesia que llamaba a la ceremonia religiosa programada para las doce del día, asustado, exclamó que el tañido de las campanas era el del doble de difuntos, porque seguramente había falleció otro de los heridos que estaban graves. Por fortuna fue una falsa alarma.

Misa de cuerpo presente
Cual príncipe de la Iglesia católica, Faustino Armendariz Jiménez, obispo de Querétaro ofició la ceremonia religiosa sentado majestuosamente bajo un cristo crucificado, mientras sus manos sostienen un enorme báculo ornamentado y plateado, enfrente del dignatario queda el altar, después seis féretros, cuatro color caoba y dos blancos y pequeños que contienen los restos de las personas caídas el día anterior y, al otro lado, la plebe arrodillada y atenta a las palabras de los sacerdotes que concelebran el acto religioso.

El obispo ensaya algunas palabras de consuelo que buscan paliar el dolor de la feligresía, señala que María vio morir asesinado a su hijo injustamente y pide, ante el drama que vive su rebaño, que en este día de dolor, eleven oraciones en vez de fuegos pirotécnicos.

En el templo sólo se escuchan oraciones, cánticos, aleluyas y las voces de los sacerdotes que conducen la ceremonia religiosa; la multitud congregada se deja guiar por sus pastores sin emitir ninguna queja, sin ninguna manifestación de dolor.
Sin embargo, al finalizar el oficio religioso, como si los dolientes hubiesen mantenido la respiración durante la hora y media que duró la ceremonia, cuando los seis féretros cruzaron el umbral del templo, es cuando aparecen los gritos desgarradores y los ayes de dolor de las mujeres que perdieron a sus seres queridos; en tanto, los hombres, sin emitir lamento alguno, derraman algunas lágrimas que antes de rodar por sus mejillas, las enjugan con el dorso de sus manos.

La clave de la explosión
A los pocos minutos de ocurrida la explosión, los propios habitantes de Fuentezuelas subieron a las redes sociales un revelador video que muestra el drama ocurrido a las seis y media de la mañana del martes 11 de diciembre. En los catorce segundos que duró la explosión de los cohetones, acabó con seis vidas y dejó heridas a más de cincuenta, nueve de ellas de gravedad.

En la primera imagen del video, probablemente tomado por alguna persona que participaba en la fiesta patronal, se escucha un repicar de campanas, música de una banda de viento y la explosión controlada (en este caso, por la magnitud del suceso, entre comillas lo de controlada) de varios cohetes que iluminan con sus destellos a dos filas de personas apostadas en el atrio, algunas de ellas con gruesas de cohetones “sentadas” en el suelo, a la entrada de la capilla chiquita, haciendo valla a quienes en procesión caminan con ofrendas en dirección al templo (una de ellas lleva un niño en sus brazos, arropado y dormido); la persona que encabeza la procesión lleva un sahumador entre sus manos a la altura del pecho del que sale una columna de humo que el viento sopla en dirección al lugar en el que está una de las gruesas sentadas en el piso, en los escalones del atrio.

Nueve segundos después de la explosión controlada de los cohetes iniciales, cuando en las imágenes apreciamos al músico que encabeza la banda de música de viento, de relucientes instrumentos, aparece un caótico estallido de cohetones acompañado por gritos de pánico que, en catorce segundos, causan el trágico accidente que acaba con la vida de seis personas y deja heridas a varias decenas.

¿Qué provocó la catástrofe? ¿Alguna chispa de la explosión controlada de los cohetes durante la procesión? ¿Acaso el humo del sahumador que el viento arrastró al lugar en donde estaba sentada una gruesa? Tal vez ambas situaciones contribuyeron para llevar a las gruesas de la ofrenda la chispa incendiaria. Lo cierto es que, desde tiempos inmemoriales, el ritual se ha realizado de la misma manera: gente en procesión con ofrendas de gruesas de cohetes para la Virgen, al mismo tiempo que un sahumador ofrece incienso a las divinidades, mientras los ‘tiradores’ elevan cohetes a las alturas.

¿Y las autoridades?
Una vez ocurrida la tragedia de aquel martes 11 de diciembre, cuando la comunidad era invadida por el dolor, el llanto, los lamentos y la angustia llegaron los bomberos, los elementos de Protección Civil municipal y estatal, las patrullas de policías, algunos vehículos con soldados del ejército mexicano, así como el presidente municipal, Antonio Macías, antiguo militante del PRI, quien quedó al frente de este turístico municipio contendiendo como candidato independiente.

Sin embargo poco pudieron hacer después de la tragedia. Las ambulancias se llevaron a los heridos; la policía acordonó la zona; los forenses recogieron los restos humanos esparcidos en varios metros a la redonda; los bomberos lavaron la sangre derramada con mangueras a presión; el presidente municipal, cariacontecido dio el pésame a los deudos y prometió apoyarlos económicamente, en tanto que los soldados inutilizaron las restantes 30 gruesas de cohetones.

A pesar de las más de veinticuatro horas de haber transcurrido la tragedia, como lo mostraron algunos lugareños al obispo queretano que recorrió el lugar después de la misa de cuerpo presente, en las espinas de la copa de un mezquite todavía colgaban algunos restos de los cuerpos que salieron proyectados por la fuerza de la explosión y que los forenses dejaron ahí, tal vez porque no los vieron.

Al jerarca católico también le mostraron la fractura de los escalones que dejó la explosión de la gruesa, así como el deterioro provocado por los cohetones en la fachada de la capilla chiquita que hicieron añicos los vidrios de la puerta.

¿Quiénes son los responsables de la tragedia?

¿Se puedo hablar de negligencia en este caso que enlutó a los habitantes de Fuentezuelas? Todo indica que la respuesta es afirmativa, debido a que no es la primera vez que ocurre una tragedia de esta magnitud en Querétaro. Recordemos que en 2015, en San José La Peñuela, comunidad del municipio de Colón, sucedió algo similar en la fiesta patronal cuando, por un accidente, también explotaron varias gruesas de cohetones, matando a cinco personas e hiriendo a otras.

Luego entonces, si la Coordinación Estatal de Protección Civil del gobierno de Querétaro ya tenía registrado el suceso, se convierte en el responsable directo de lo acontecido en Fuentezuelas, al no aplicar mecanismos de prevención al respecto; lo mismo se puede señalar de la dirección de Protección Civil de Tequisquiapan, que tampoco tomó las medidas pertinentes; la responsabilidad también recae en los jerarcas de la Iglesia católica, debido a que es la segunda ocasión que ocurre un accidente fatal en uno de sus templos y no basta, como lo recomendara el obispo Armendariz a sus feligreses, “elevar oraciones en vez de fuegos pirotécnicos”, ¿alguien imagina a los fieles queretanos desobedecer a sus pastores la prohibición de la quema de fuegos pirotécnicos?

Colofón
Desde que llegué a Fuentezuelas aquel 12 de diciembre, a las once de la mañana y, hasta que me retiré del lugar, a las cuatro de la tarde, en la comunidad se escuchaba a lo lejos el estallido de cohetones. Quienes nunca vieron que los artefactos explosivos estaban siendo detonados de manera controlada por el ejército para inutilizarlos, se fueron con la idea que, a pesar de la desgracia, la gente de la comunidad continuaba tirando los fuegos pirotécnicos al aire.

 










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