¿Estamos en la “Primavera latinoamericana”?

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Las grandes y multitudinarias manifestaciones que están sucediendo ahora en varios países latinoamericanos muestran ciertas similitudes con lo que sucedió en la llamada “primavera árabe” de África del Norte y Medio Oriente a principios de este siglo, oleadas de protestas laicas, democráticas, de índole social, contra regímenes corruptos y autoritarios, a los que se sumó un malestar generalizado provocado por el desempleo, la falta de oportunidades, la desigualdad y los errores políticos, en un contexto global de fin de la guerra fría.
Algunos autores han buscado explicaciones para lo que sucede en América Latina, un tanto simplistas, en la oscilación entre regímenes de izquierda vs regímenes de derecha, neoliberales, la crisis del neoliberalismo y la llegada del trumpismo, o el resurgimiento de una nueva fase de la guerra fría. Yo creo que es todo eso y más.
La historia reciente de América Latina ha demostrado ser una historia cambiante, oscilante, entre tendencias de gobiernos de izquierda y de derecha, desde las dictaduras militares pasando por los gobiernos de transición hasta la época actual. Lo cierto es que no se pueden fraccionar las etapas ni los procesos sociales, pero existen momentos de definición, de cambio, que son los que estamos viendo ahora en el contexto latinoamericano, como sucedió en el cambio generacional y de valores de los años sesenta del siglo pasado.
De Norte a Sur vemos que Estados Unidos elige un gobierno antisistema, Donad Trump, caracterizado por la improvisación y la incertidumbre, seguido por México que cambia de régimen, pues la 4T busca desterrar las estructuras neoliberales para instaurar una transformación radical del régimen autoritario conservador. Se dieron elecciones en Guatemala y El Salvador, revueltas en Honduras y Nicaragua. Las recientes elecciones en Colombia manifiestan una diversidad inédita con la elección de Claudia López como alcaldesa de Bogotá, entre otras novedades que exhiben una diversidad ideológica en este país, con un gobierno central alineado a Estados Unidos. En Venezuela, la reelección de Maduro derivó en la autoproclamación de Guaidó como presidente interino, que no se ha podido establecer a pesar de los ataques de la OEA y del reconocimiento de cerca de 50 países. En Brasil la elección de Bolsonaro causa una inestabilidad interna y externa de magnitudes aún desconocidas. Ecuador sufre también cambios importantes con la elección de Lenin Moreno, el sometimiento al FMI y la confrontación indígena; Bolivia vuelve a reelegir a Evo Morales con la consiguiente protesta de los sectores conservadores. Perú sufre una inestabilidad recurrente provocada por fujimorismo y Chile muestra la cara oculta del neoliberalismo y del pinochetismo con un Piñeira que no sabe qué hacer. Argentina da la vuelta a la izquierda con el regreso del peronismo. Sólo Uruguay se consolida en su posición de vanguardia.
Es muy difícil dar una explicación satisfactoria para todos y cada uno de los países, que tienen su propia historia y procesos sociales, económicos y políticos distintos. No es lo mismo Argentina que México si vemos con detenimiento su historia, su economía y sociedad, así como sus procesos políticos. Sin embargo, se observa como denominador común, un declive de muchas instituciones que han agotado las fuentes de los valores que las sustentaban, tanto internas como externas, entre éstas últimas están el Fondo Monetario Internacional, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y la OEA, además de una influencia creciente de potencias que tienen intereses específicos en diversos países del área, sobre todo Rusia, China y otros países de la Unión Europea. También es claro el fracaso de los numerosos esfuerzos de integración regional y subregional de América Latina. Ni el Mercosur, ni la ALADI, ni el Mercado Común Centroamericano han producido cambios significativos en la economía y en la sociedad de sus integrantes.
Los movimientos sociales han sacado a la luz a los grupos olvidados por el neoliberalismo, los pobres, los indígenas, las clases medias pauperizadas. Tal como sucedió en México con el EZLN al entrar en vigor el TLCAN, o ante el viraje de la izquierda, la corrupción y los déficits de la balanza de pagos, el regreso de las políticas neoliberales con una rudeza manifiesta, avalada por instituciones internacionales caducas y autoritarias, que eventualmente obligarán a una vuelta de la tuerca más radical.
No es exactamente como dice el escritor Mario Vargas Llosa al referirse a Chile. Según él, este país nada tiene que ver con el resto de América Latina. Es una lectura sesgada de lo que sucede en este país sudamericano. No basta medir el desarrollo social por indicadores cuantificables como el ingreso per cápita, la inversión, el poder del empresariado o las variables macroeconómicas. Vargas Llosa pretende ubicar a Chile en Europa y no en América Latina. Se trata de un país latinoamericano que comparte muchas más cosas que lo que ve el autor peruano conservador. No se compara con el movimiento de los chalecos amarillos de Francia, aunque sí con la globalización y los efectos depauperizadores de ésta. No es sólo un movimiento de clases medias como dice el Premio Nobel de literatura peruano, sino de clases medias empobrecidas por el alto costo de la vida, la falta de oportunidades y las desigualdades de todo tipo que provoca el mercado alejado de la dirección del estado, urgen reformas en la educación, la salud, las pensiones y un cambio radical en la mentalidad de las fuerzas armadas. Los paradigmas del monetarismo de Friedman y de los Chicago Boys no son eternos, ni justos, ni únicos, hay otras formas de reivindicar el desarrollo con más justicia y equidad. Chile no es un ejemplo a seguir, ni hacia adentro, ni hacia afuera.
Los movimientos latinoamericanos están en busca de nuevos paradigmas económicos, sociales y políticos. Eso ha sucedido desde Estados Unidos hasta la Patagonia. Trump se salió de los cánones bipartidistas y de las estructuras del establishment. Lo mismo que AMLO buscó una nueva transformación del país, lejos del bipartidismo PRI-PAN. Igual sucede en Colombia y Perú, donde las estructuras sociales, económicas y políticas dieron de sí y requieren un cambio profundo. El primitivismo político de Trump descarnó las realidades más crudas de la dominación y, por tanto, provocó su rechazo más violento. Los indígenas de Ecuador dieron una muestra de fuerza ante las exigencias de sacrificio humano del FMI. El multipolarismo hace más visible su presencia, ante los desaciertos de Estados Unidos, los vacíos se llenan con la presencia más desafiante de Rusia, China y Europa, cada vez más alejada de la alineación que exige Trump.
No es que el “Fantasma del socialismo recorra toda América”, pero sí se está dando una conciencia común propiciada por las redes y el internet, más allá de las tesis tradicionales que ubican a América Latina como el patio trasero de Estados Unidos. Algún día nos unirá el grito “América unida, jamás será vencida”. Hay que tener una utopía, un sueño.










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