EN DO MAYOR ¿UN PAR A TODO DAR O DOS TIPOS DE CUIDADO?

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Ojalá que las discrepancias se dirimieran con un apretón de manos y una sonrisa. Así como en esas películas tan simples que formaron y que, por desgracia, todavía son parte de nuestra cultura nacional. En ambas afloran los chistoretes y picardía de personajes disímbolos entre sí, haciendo alarde de un ingenio básico para entretener a su audiencia. Pero las discrepancias de los dos personajes que ocupan el comentario de hoy son reales. Y no son un par a todo dar, aunque puede qué si sean de cuidado por tres razones, entre otras más: ambos son del ámbito público, las dirimen en el escenario público y afectan a un país más necesitado que nunca de consensos y esfuerzos conjuntos para sacarlo a flote del fango en que se hunde.
Este par, pésimos actores de una obra de teatro que nos afecta a todos, ya se traen desde tiempo atrás. Su rechazo mutuo es añejo. Es cosa de observarles, preguntarse y reflexionar si entre las razones de ese antagonismo está el peso de su conservadurismo religioso. Por supuesto uno es declarado católico; el otro se dice “creyente” para no develar su evangelismo. Y hay otro punto en el que coinciden: ambos son de derecha. Y si el actual presidente no lo es, las acciones hasta hoy emprendidas por su gobierno lo hacen parecer. Cada uno a su modo y estilo son conservadores. A uno se le nota. Al otro no. El ex presidente Felipe Calderón Hinojosa no oculta su catolicismo conservador ni su talante dictatorial. El actual presidente, Andrés Manuel López Obrador, no abre su evangelismo y trata de disimular su autoritarismo.
Pero ya se traen. Y, contradictoriamente, su rechazo mutuo los acerca más. Por eso se repelen tanto. Sus batallas tuiteras son de antología. A veces se dan una tregua, luego continúan en sus mutuas acusaciones. Insisto: es cosa de observar su inocultable antagonismo y sus orígenes que, me temo, van más allá de las razones acusatorias, nunca comprobadas, que el actual presidente ha enarbolado desde siempre sobre el robo de las elecciones del 2006 y que fueron su pretexto conveniente para atacar un día sí y otro también a la gestión de Felipe Calderón como presidente.
En la gestión de gobierno de Calderón, el actual presidente, López Obrador (que tiene entre sus características hablar fluido cuando se trata de acusar a los demás y hacer grandes pausas cuando se trata de disculpar sus yerros), criticaba todo lo que hiciera el gobierno Calderonista. Se permitía, además, adoptar tono de master para señalar las fallas y para aconsejar cómo enfrentarlas o enmendarlas. El golpeteo era incesante. Y como el mejor de los sabuesos que no suelta a su presa, se dedicó a enrarecerle el escenario. Ahora Calderón, más allá de Salinas, sigue siendo su enemigo favorito y con quien suele enfrentar discusiones virulentas en Twitter y lanzar denuestos desde el poder. Calderón responde, no deja pasar una.
Pero hoy los papeles están invertidos. López Obrador consiguió su anhelo de alcanzar el poder para destruir instituciones. Su gran habilidad para mezclar verdades inobjetables, junto con la infamia y difamación rindieron los resultados deseados para él. Y desde su templo de la moral y repartición de culpas en que ha convertido el Palacio Nacional, el actual presidente se encarga de tratar a Calderón y a todo crítico de su gobierno, como a enemigos. Sin empacho alguno los nombra, a sabiendas que eso repercutirá en el ánimo de sus incondicionales quienes han hecho de él un culto al que rinden el tributo de su Fe.
Si antes el disimulo, la actitud políticamente correcta, la sonrisa para la foto fueron parte de una regla no establecida entre la clase política tradicional, con López Obrador se inauguró la simpleza y, lo que en su momento supo vender como genuino, ha quedado ya develado como estrategia política. Hoy desde el máximo puesto de poder moldea y cincela con palabras lo que los medios informativos hacen resonar y el batallón de comunicación que opera para él en los medios digitales, difunden y multiplican sus mensajes en las redes sociales.
Aquel otrora activista que se echó a la bolsa a gran parte de la ciudadanía y secundó su actitud virulenta, su rudeza sin concesiones hacia el gobierno en turno, está ahora atrapado en la prisión de palabras con las que construyó su llegada al poder y cada vez se le cierra más la salida. Su victimismo pierde credibilidad, cada día se va descubriendo su personalidad ventajista y de mal perdedor. Hoy que es criticado por los motivos que usó antes para mermar a los demás, acude a maromas dignas de un cirquero que va perdiendo cálculo de caída.
Hoy, ¡cosas de la vida y de la política!, por esas paradojas inexplicables, Andrés Manuel López Obrador está en la presidencia enfrentando dos problemas coincidentes que tuvo Felipe Calderón en su gestión. Uno de ellos, la Influenza AH1N1. Aunque cabe señalar que la pandemia de la Influenza que se vivió en la gestión de Calderón fue menos grave que la de ahora, pero más seria también de lo que entonces se dijo, ya que se tardó en ubicar la cepa que la causó. Sin embargo, la respuesta de la administración Calderonista fue pronta, acertada y reconocida en el mundo. Pero, en ese entonces, en su papel de opositor, López Obrador, como siempre, criticó las medidas tomadas. Y, en el colmo de su soberbia, se permitió aconsejar fórmula para solucionarlos.
El otro problema coincidente entre ambos es la inundación de Tabasco, que ya sabemos cómo enfrentó. Para disculpar los errores en su actuación acude a su “estrategia” que ha causado asombro e irritación por la frivolidad y tardío de su actuar. No olvidemos que en el caso de la actual pandemia, aunque más agresiva y seria, llegó a México cuando ya estaba clara su presencia y estragos en el mundo
Y antes de que caigan insultos y denuestos contra quien esto escribe, les invito a consultar los testimonios de entrevistas a diversos medios que diera López Obrador cuando en el gobierno Calderonista se vivieron las situaciones que menciono líneas arriba. Están al alcance videos para quien esté dispuesto a ver con los ojos abiertos, no bajo el efecto seductor de palabras que supieron decir al electorado lo que querían escuchar. Allí están registradas sus críticas que acompañaron sus acciones de campaña, sus mítines en los que con vehementes palabras de enojo e indignación señalaba los errores de sus oponentes. Vigilante y agudo opositor tenía desde entonces a su disposición a grupos de colaboradores estratégicamente colocados para ir puliendo una imagen de quien tuvo la habilidad de magnificar los errores en los otros y enaltecer y crear bondades inexistentes en él.
Por ejemplo, en noviembre del 2007, anunció una denuncia penal contra diversos personajes de la vida pública y del régimen anterior a Calderón. Entre ellos a Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, hasta llegar al gobernador de Tabasco Andrés Granier Melo, y al entonces presidente Felipe Calderón y algunos de los colaboradores cercanos, por las inundaciones en Tabasco. Andrés Manuel López Obrador, acompañado por el entonces senador Ricardo Monreal, además de acusarlos por encubrimiento en delitos contra el ambiente y gestión ambiental y mal manejo de la presa “Peñitas”, argumentó que “la tragedia de Tabasco pudo evitarse y que la desgracia es consecuencia de una política energética privatizadora que ignora la seguridad de la gente y el interés nacional” (Proceso, mayo 2009).
En su papel de acusador López Obrador nunca escatimó adjetivos. Llamar a alguno de sus oponentes “cómplices” era un término suave, “pelele” – decidía- tenía otro impacto, era más pegador; lo usaba constantemente para referirse a Calderón. Y nadie se lo tomaba a mal. Cosas de la política.
“EL VIRUS DE LA IDIOTEZ E INEPTITUD”
Así llamó en marzo de 2009 a la fuerte epidemia de la influenza AH1N1 que tocó enfrentar al gobierno de Felipe Calderón. También están los videos de entonces y entrevistas diversas al respecto destacando los yerros de ese gobierno en el manejo de la Influenza: “Lo que se tenía que haber hecho, si había problemas por la influenza, pues tenían que haber detectado quienes estaban afectados y hacer un cerco sanitario a los enfermos y analizar, darle seguimiento, ver si se iba a propagar, si se iba a convertir en una epidemia, en una pandemia. Eso es lo que se hace. No que lo que hicieron fue generar miedo, pánico, afectaron la economía del país, el comercio, el turismo. Afectaron psicológicamente a la gente. Y lo peor, también nos crearon una imagen en el extranjero como nunca se había tenido. Nunca México había tenido tan mala imagen en el extranjero como ahora…”
Día a día, en cada oportunidad y foro, resaltaba y magnificaba los errores y no solamente desconocía los aciertos que, a todas luces, los había, sino que con su narrativa se encargaba de convertirlos en errores. En materia del manejo de economía, en el transcurso de la pandemia, en los meses siguientes cuestionaba ante los diversos medios informativos: “¿Dónde está el apoyo para pequeños y medianos empresarios?” La solución, señaló entonces, “era de sentido común” y cosa de tener presente datos: “El 80 por ciento de los empleos en el país lo generan pequeñas y medianas empresas. No las grandes empresas y no tienen ningún apoyo. ¿Y qué está habiendo? Antes de la influenza, lo venimos diciendo todos los días, tooodos los días, mortanda´ de negocios. 100 negocios diarios están cerrando en el país y esto significa desempleo y desempleo significa inseguridad, violencia…” (dixit)
Conforme a lo que he compartido líneas arriba, saque usted conclusiones. Y no, no se trata de ver quién lo hizo mejor o peor. Se trata de ver con madurez, ausencia de apasionamientos e incondicionalidad partidista la honestidad en el hacer y decir de quien, antes en su papel de crítico, hoy en el puesto más importante del país toma como defensa el victimismo y el soslayo a los actos de corrupción que se están dando a conocer en su administración.
Un par que no son a todo dar. Quizá de cuidado sí. Actores de una pésima película u obra de teatro con un público dividido, enardecido, que debiera estar exigiendo que ya termine, sino con un abrazo, por lo menos que todos los actores de primera línea apaguen el fuego de este teatro.
EN DO MAYOR. JZC.










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