EN DO MAYOR. (Primera de dos partes)

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Hay dos acontecimientos que mi naturaleza y mi convicción me llevan a reverenciar: el nacimiento de un niño y la muerte de cualquier persona. El primero me estremece y conmueve hasta lo profundo, porque sé que en el sublime ciclo de nacer y morir hay un transitar misterioso que hemos de recorrer. El segundo, el de la muerte, no solo de los seres amados o cercanos a mi entorno familiar, sino de cualquier funeral que a mi paso encuentre, obliga mi silencio.

En la delegación en la que vivo todavía se ven pasar cortejos fúnebres. Personas siguiendo a píe a la carroza que lleva el ataúd de su familiar al panteón cercano. Si voy en mi auto apago la radio, detengo el auto y espero a que pase el cortejo. Es mi manera de respetar el momento. Es una persona con sus distintas máscaras, como las mías y las de cualquiera, la que ha muerto. Un ser humano. Y en la palabra humano está contenido todo. Por eso reverencio esos momentos, ambos de esplendor y ocaso, inseparables extremos de una misma línea.

Pero hay seres humanos que son portentos y a esos los reverencio por más tiempo. Y mi silencio es más largo. Y más profundo. No importa no haberlo conocido en persona, si con su obra, en este caso literaria, y su vida personal lo dijo y lo dio todo. Y este es el caso de don Fernando del Paso Morante (abril 1935, ciudad de México —14 de nov. 2018, Guadalajara, Jalisco).

Cuando un escritor de esa estatura creativa y humana muere, queda una sensación de orfandad que obliga a repasar sus letras, su obra que ha estremecido, a manera de homenaje a su memoria.

Eso me ha sucedido con la reciente muerte de don Fernando del Paso. La sensación de orfandad es más grande y más profundo el lamento. No solamente por la grandeza de la obra, sino porque su presencia física y su voz fueron el acento y subrayado luminoso a las sombras y oscuridad que se han extendido sobre este país al que tanto dio y que hoy se vuelca en homenajes emotivos y sinceros para despedirlo.

Y no podía ser de otra manera. Don Fernando del Paso, monumental escritor y gran dibujante, también, (bromeaba con ese talento diciendo que “ser dibujante era una venganza de su mano izquierda contra la derecha”) desde ese su ser de poeta vibrante, exquisito, lúcido y lucidor (permítaseme la expresión, que bien cabe aquí, por su atuendo), con su lenguaje lúdico, enérgico, preciso, elegante y rotundo, dijo claro y fuerte lo que hubo qué decir.

Con su presencia llamativa y vigorosa, su mirada aguda en un rostro bondadoso y su pulso sensible y comprometido con todo lo que sucedía en México para bien y para mal, llenó y enriqueció toda una época de la vida en México. Valiente como fue y hombre de pundonor no rehuyó a las realidades por la que este país ha transitado a lo largo de la historia y manifestó su dolor ante la violencia y degradación que nos aqueja.

Ser humano cálido y divertido (así lo describen quienes le conocieron), escritor puntual e implacable en su búsqueda de la verdad, su lenguaje fue su punto de partida, su transitar y fin último. Con el portento de su voz desenmascaró y expuso a nivel nacional e internacional los males del país.

¿Quién no recuerda aquel acto con enorme lucidez y rebeldía durante la FIL de Guadalajara, en la que participó en el homenaje a Octavio Paz (1914—1998), con motivo del centenario de su natalicio?

Era el 29 de noviembre del 2014, apenas se cumplían 60 días de aquel acontecimiento que marcó la vida política y social de México, el caso Ayotzinapa, con el que se dio paso al horror descarnado que aún persiste y avanza.

Mermado de su salud a causa de las secuelas de infartos sufridos, hizo acto de presencia llevando un texto escrito por él y al que dio lectura uno de los jóvenes poetas allí presentes. En su texto ponderó la grandeza de la obra y la estatura humana de Octavio Paz: “Fue un poeta del Sol y de la sal, porque la sal a veces significa infortunio. Yo no lo leo, lo habito, en los poemas de Paz vivo como pez en el agua”, dijo de la obra de Paz.
El poeta Antonio Ortuño, leyó el texto de del Paso:
“Me solidarizo con Ayotzinapa. Señor presidente Enrique Peña Nieto no se engañe usted, todos somos Ayotzinapa”.

¡AY, JOSÉ EMILIO!

¿Y cómo olvidar cada palabra pronunciada un año después, en aquel 2015, esta vez ya recuperado de salud, al recibir el Premio a la Excelencia en las letras “José Emilio Pacheco”, fallecido el año anterior ( 1939—2014))?

Allí en Yucatán, ante una numerosa asistencia, con su voz dio lectura a su discurso preparado para esa ocasión:
“¡Ay, José Emilio!: ¿Qué hemos hecho de nuestra patria impecable y diamantina? Insisto, José Emilio: no me preguntes cómo pasa el tiempo. Lo que te puedo y quiero decir ahora es que estoy viejo y enfermo, pero no he perdido la lucidez: sé quién soy, quién fuiste y sé lo que estoy haciendo y lo que estoy diciendo. Lo único que no sé es en qué país estoy viviendo. Pero conozco el olor de la corrupción; dime José Emilio: ¿A qué horas, cuándo, permitimos que México se corrompiera hasta los huesos? ¿A qué hora nuestro país se deshizo en nuestras manos para ser víctima del crimen organizado, el narcotráfico y la violencia?”

“Quiero decirte (José Emilio) que yo también amé a tu manera a esa patria de los cuantos bosques y ríos y de la ciudad monstruosa que fue tu cuna y la mía. Quiero decirte lo que tú ya sabes: que hoy también me duele hasta el alma que nuestra patria chica, nuestra patria suave, parece desmoronarse y volver a ser la patria mitotera, la patria revoltosa y salvaje de los libros de historia … Quiero decirte que a los casi ochenta años de edad me da pena aprender los nombres de los pueblos mexicanos que nunca aprendí en la escuela y que hoy me sé sólo cuando en ellos ocurre una tremenda injusticia; sólo cuando en ellos corre la sangre: Chenalhó, Ayotzinapa, Tlatlaya, Petaquillas…. ¡Qué pena, sí, qué vergüenza que sólo aprendamos su nombre cuando pasan a nuestra historia como pueblos bañados por la tragedia!”

“¡Qué pena también, que aprendamos cuando estamos viejos que los rarámuris o los triques mazatecas, son los nombres de pueblos mexicanos que nunca nos habían contado, y que sólo conocimos por la vez primera cuando fueron víctimas de un abuso o de un despojo por parte de compañías extranjeras o por parte de nuestras propias autoridades!”, exclamó, recordando a JEP , fallecido un año antes.

“Nunca como hoy día me pregunto qué hicimos, José Emilio, de nuestra patria, a qué horas y cuándo se nos escapó de las manos esa patria dulce que tanto trabajo les costó a otros construir y sostener. ¡Ay, José Emilio! Sí, dime cuándo empezamos a olvidar que la patria no es una posesión de unos cuantos, que la patria pertenece a todos sus hijos por igual: no sólo a aquellos que la cantamos y que estamos muy orgullosos de hacerlo: también a aquellos que la sufren en silencio”.

“Tú mismo lo dijiste: los pobres, tarde o temprano ellos, en masa, heredarán la tierra. Tú nos invitaste a admirar su paciencia. Pero… ¿hasta cuándo José Emilio, hasta cuándo? Ese día no parece llegar nunca: el Apocalipsis, como tú dices, todavía tiene que dar paso a varios comerciales y el centauro y el unicornio no han resucitado aún”.

“Cuando me enteré que había sido honrado con el premio que lleva tu nombre, José Emilio, una andanada de recuerdos se me vino encima. Éramos muy jóvenes y teníamos toda la vida por delante y toda la patria también… ¿Pero qué patria dime, la de nuestros padres, la de nuestros abuelos o la sola patria nuestra? ¡ Ay, José Emilio! ¿Qué vamos a hacer, qué se puede hacer con veinte y tres mil desaparecidos en unos cuántos años? ¿O son veinte y tres mil cuarenta y dos? ¿Y cómo sabemos quiénes son culpables? ¿O vamos a fabricar culpables por medio de la tortura, como es nuestra costumbre?”.

(continuará)
zaragozacisneros.jovita@gmail.com










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Un Comentario en “ EN DO MAYOR. (Primera de dos partes)”

  1. Palabras del corazón al corazón, de muertos y vivos y ausentes presentes vivos en sus letras.
    Gracias a Jovita por las evocaciones requeridas.
    Y precisamente en el Proceso 2194 de esta semana aparece íntegra “La carta a José Emilio Pacheco” de Fernando del Paso con la cual agradeció el premio con el nombre del poeta en Mérida, Yucatán, en marzo de 2015.
    –Ay, nuestra patria desdichada, rota, flagelada, ensangrentada… y que la amamos y peleamos con ella y por ella porque es la nuestra.
    Julio.
    Q, lunes 19-XI-2018.

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