EN DO MAYOR LOS VECINOS DE ENFRENTE

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La atención en las elecciones de Estados Unidos nos mantuvo absortos. El país de la democracia “casi perfecta”, el polémico vecino incómodo, el que nos impone las reglas de su juego, estuvo y está en la mira del mundo entero.

El país fabricante de sueños y cuna de grandes escritores, el de producciones cinematográficas y teatrales espectaculares y presupuestos millonarios, el de actores y actrices que nos han inspirado y hecho cantar, bailar y soñar, el de museos maravillosos, el que ha hecho del pragmatismo su monumento, el de la comida “light” , el gran estratega , el de la tecnología de vanguardia, el de prestigiadas universidades, el autor de hazañas que asombran, el consumidor de drogas y negociador de armas, el de medianos y grandes estadistas ( pero nunca mediocres), el que inventa guerras y amenazas de países para invadirlos luego, el creador de narrativas y realidades múltiples, el criticado al tiempo que admirado porque, con todo, ha construido instituciones con cierto y razonable equilibrios, vivió ( y vive aún) un suspenso electoral que nos mantuvo atentos haciéndonos olvidar por momentos la realidad que vivimos en este país, en el que el horror de la violencia ya es parte de nuestra enfermiza cotidianidad.

Y, con todo, todavía distinguimos niveles en este horror que tuvo su máximo punto de expresión esta semana, con lo ocurrido con dos niños de 12 y 14 años, Yahir (Alán) y Héctor, originarios de Edomex y pertenecientes a la etnia Mazahua. Los niños desaparecidos desde el 27 de octubre, cuyo asesinato fue descubierto el domingo primero de noviembre de manera casual por la misma policía capitalina, cuando un hombre transportaba los restos de ellos en una carretilla de carga, conocidos como “diablitos”.

Una historia estremecedora, espejo de una gran parte de nuestra sociedad petrificada y envilecida e incapaz de unirse para exigir a las autoridades, más envilecidas aún que esa sociedad a la que representa, que detengan este horror. Hoy, dos criaturas, de las tantas que utiliza el hampa como carne de cañón fueron brutalmente sacrificados en pleno corazón de la CDMX, donde viven hacinadas decenas de personas y se tejen historias de terror que permanecen ocultas, pero no ignoradas por algunos habitantes y las mismas autoridades que saben de ellas, pero son indolentes, o incapaces, para poner un alto a esta brutalidad que continúa escalando.

El asesinato de estos niños, se sabe bien, no responde a un hecho aislado. Forma parte de una serie de disputas por plazas y espacios entre bandas del crimen organizado que aumenta su violencia y recluta entre sus filas a pequeños y adolescentes que a la edad de 18 años ya son jefes de sus propias células y que han aprendido que una de las cosas a las que se renuncia en el momento en que se pertenece a ellas es a la debilidad o cualquier vislumbre de conmiseración hacia el enemigo. Esta, lectores, es apenas una parte de las tantas realidades que estamos viviendo y que se ha pretendido ocultar debajo del tapete por las autoridades de cada administración para no verse precisados a enfrentarla. Porque a nadie le interesa hacerlo. No es redituable para las ambiciones políticas de los espíritus pequeños que ascienden al poder. Lo suyo son las barnizadas de las fachadas que les permitirá ascender en la escala de la ambición y favorecerse de los privilegios del poder.

De no haber sido por la manera fortuita en que los policías descubrieron el macabro traslado de los restos de estos dos niños, el hecho hubiera pasado absolutamente inadvertido. Si acaso una nota por allá dando cuenta del hallazgo de dos cuerpos sacrificados y de identidad desconocida. Y hasta allí hubiera quedado todo. Hoy sabemos sus edades, nombres, origen y que pertenecían a una familia de indígenas de una comunidad del Estado de México, con habitantes víctimas de la indiferencia de los gobiernos en turno. Los olvidados y usados solamente para las fotografías de pose y promoción de discursos demagógicos de las autoridades y gobernantes en turno de ayer y de hoy.

TRUHAN, NUNCA SEÑOR.

El truhan y bravucón. El que tiene comportamiento de mandril y olfato capaz de oler a sus víctimas. El golpeador sistemático. El que saca lumbre por su boca y transforma las palabras en látigos contra los más débiles. El que fue capaz de tentar la ambición de tantos vendiéndoles sueños de riqueza para hacerles sentir triunfadores. El que lucra y agita resentimientos y hartazgos. El transgresor de las reglas elementales de convivencia y atropellador de instituciones. El intolerante y despótico que impone sus mentiras como verdades y lanza el hediondo vaho de la infamia contra el que no se ajuste a sus caprichos.

El hombre que desarrolló astucia para los negocios, pero nunca sensibilidad hacia valores trascendentales y profundos que sostienen al ser humano en tiempos adversos. El demagogo vulgar. El que sostiene que el mal está en aquellos que no piensan como él. El paranoico incapaz de contener sus pulsiones. El narciso. El controlador. Ese que vimos cómo supervisaba el voto de Melania su mujer (siempre hierática, ausente de emociones). EL del YO, MI, YO y siempre YO. El delirante chovinista de corta mirada. El que ascendió y mantuvo su poder gracias a que supo crear un cerco de fanáticos a su alrededor. El rencoroso y vengativo. El sin esencia ni sustancia. El vacío. El depredador que se alimenta de cadáveres que otros cazan. La fiera que gusta someter a su víctima mostrando garras y colmillos afilados al tiempo que emite aullidos destemplados para aturdir mientras ostenta habilidades que no tiene, pero, consigue hacerlas pasar como tales logrando con ello intimidar a sus oponentes que terminan por echarse al suelo con las orejas gachas y mirada condescendiente.

El procaz y acosador de mujeres tuvo un revés este martes y un golpe demoledor el sábado. Sus ambiciones para continuar en el poder se estrellaron en millones de ciudadanos que dijeron NO a otros cuatro años más al hombre de ínfimo nivel intelectual, y portador de un discurso huérfano de ideas.

Ese hombre, cuya derrota fue aplaudida por millones, está herido. Y cómo la fiera qué es no podemos saber cómo reaccionará. Pero pasada esta pesadilla que trajo consigo su presencia, habremos de aceptar que él es el síntoma de una enfermedad que recorre el mundo que hoy tuvo un respiro y celebra que el golpeador emocional y compulsivo, el que degrada todo lo que toca, haya obtenido este rechazo, este NO a quien se coló por las rendijas de un sistema democrático y se ofertó como el superhéroe que vendría a defender a los norteamericanos de los invasores “ los bad hombres ” que no merecen formar parte de ese espacio del mundo del que se apropió.

Donald Trump, el espejo de imágenes retorcidas de miles que ven a través suyo la representación de sus anhelos y en su sombra el cobijo seguro a sus afanes de poderío e invulnerabilidad. El representante del éxito norteamericano capaz de embrujarles con un discurso enaltecedor de los antivalores que el manipula y transforma en promesa de gloria. Ese Donald Trump ha recibido un revés de los otros millones que todavía creen que hay cabida al respeto por la convivencia humana. Esos millones que no sabiendo todavía que cariz vayan a tomar las cosas con Joe Biden y Kamala Harris miran – sin embargo- con simpatía y agradecidos a quien en medio de las turbulencias electoreras fue capaz de dirigir mensajes prudentes y con la decencia que millones piden de vuelta porque, a decir de la internacionalista por el Tecnológico de Monterrey, Itzel N. Ortiz : “ si bien el término “decencia” no pareciera adecuado para aplicarlo a la política o a los políticos , porque remiten más a un comportamiento social o a una forma de etiquetar lo moralmente correcto en la convivencia; sin embargo, a la luz de la era Trumpiana, o la llegada de la ola de líderes populistas al mundo, tener líderes decentes adquiere otra dimensión en tanto la decencia se refiera a un parámetro de conducta que permita el respeto y una convivencia digna para todas y todos”

JZC










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