EN DO MAYOR HABLEMOS DE ANDRÉS R.

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¿Usted se imagina a un economista, diplomático, intelectual reconocido promotor de ideas, gran divulgador de la ciencia, violentando a mujeres para someterlas a sus apetencias sexuales y luego humillarlas haciendo alarde de su poder? ¿Puede un varón con estas características ser víctima de su propia soberbia que le lleva a actuar como pedestre acosador?
¿Qué necesidad tendría un hombre como Andrés Roemer Slomianski de violentar a jóvenes mujeres este hombre de mundo, académico destacado, poseedor de vasta cultura, apariencia agradable, solvencia económica, gustos refinados, y con amistades en los más altos niveles de la vida de México? ¿Qué necesidad usar mecanismos tramposos y violentos un hombre con tantos atributos a favor?
Desde una lógica simplista la respuesta es: ninguna necesidad. No, si a todas las cualidades señaladas damos por hecho que ese alto bagaje intelectual tiene por fuerza que haber permeado hacía una parte más profunda, moldeando un espíritu que, por desarrollado y consciente de lo que implica violentar y humillar a los otros, es incapaz de caer en actos indignos y propios de hombres que caminan obedeciendo al impulso del macho que no ha trascendido la parte irracional.
No hay una lógica que explique un comportamiento así. No si nos atenemos al perfil de un hombre que, como Andrés Roemer, parecía estar por encima de esos comportamientos no solamente machistas y vulgares, sino patológicos. Y esto último va más allá de cualquier lógica. Quizá la explicación se encuentre en los laberintos de su infancia y entorno familiar y social cercano, donde se moldeó la personalidad agresora de quien hoy enfrenta señalamientos y acusaciones de sus víctimas, causando el asombro e indignación al saberse que detrás de una fachada de prestigio que le llevaron a ocupar cargos como el de Embajador de México ante la UNESCO, hay en realidad un hombre que usaba su posición de poder para amenazar y violentar a mujeres. Hoy, ante las acusaciones que van en aumento, Andrés Roemer ha sido destituido de su cargo en la Unesco. Y al cierre de esta columna siguen surgiendo testimonios de más mujeres violentadas.
“SOY LA MENOR DE SUS VIOLENCIAS”
El caso de violencia más difundido y mediático y el que, de cierta manera, inspiró a las demás victimas para sacar sus casos a la luz, es el de la bailarina Itzel Schnaas quien además de dar pormenores de lo sucedido a finales de 2019, culmina su testimonio con su lapidaria frase que no necesita mayor explicación: “Soy la menor de sus víctimas”. A partir de ella, hay más voces rompiendo el pasmo vivido y sufrido a manos de Roemer y están creciendo los testimonios y señalamientos de agresiones que datan desde 1990 y las más recientes. La mayoría de las mujeres han dado la cara y sus nombres y apellidos. Mujeres reconocidas y otras no tanto, pero que coinciden en sus relatos en el uso de una misma estrategia de engaño, manipulación, humillación para con todas.

Otro de los casos es el de la periodista Montserrat Ortiz, quien hace dos años, de manera anónima, relatara lo sucedido en la página de Twitter de Periodistas Unidas Mexicanas y que hace unos días decidió hacerlo público. Ella relata que cuando sufrió el abuso trabajaba para ADN40 y Roemer le conocía por una entrevista que ella le hiciera. Fue él quien la contactó después en Facebook para ofrecerle desarrollar proyectos. La citó primero en un lugar abierto, para luego cambiar de opinión y enviarle al chofer para platicar en su oficina – domicilio en la colonia Roma. Lo que vino después con ella resulta humillante. Luego de someterla a la fuerza y bajo amenaza de que si no cedía a sus requerimientos podría hacer que la corrieran, ya que era amigo de Ricardo Salinas Pliego, le dio 7 mil pesos para que la próxima vez que lo viera usara “un vestido caro”.
Uno de los últimos casos de abuso fue dado a conocer este fin de semana por la escritora Teresa Zaga-Cohen. En su artículo titulado “Andrés Roemer me redujo a un par de muslos”, publicado este viernes 26 en el periódico EL País:
“Me encontré a Roemer en la librería El Péndulo del barrio de Polanco en 2018, cuando promovía mi libro. Lo conocía porque es buen amigo de mi tío. ¡Sorpresa! La sobrinita había crecido. Sus ojos se hundieron en mis piernas. Sí, llevaba minifalda. Típico viejo rabo verde que examina de pies a cabeza deteniéndose de forma insoportable en las partes que le placen. Me redujo a un par de muslos…“Qué guapa”, dijo. Siguió repasándome mientras le conté emocionada de mi libro. Lo adquirió y me sentí importante y reconocida. “Vente a trabajar conmigo”, me dijo. El puesto sonó intimidantemente atractivo. Había que hablar detalles y como él saldría de viaje aquella tarde era mi única-gran oportunidad… Me citó en su oficina dentro de su casa, en la Plaza Río de Janeiro. Confieso que no lo dudé, justificando que la amistad con mi tío me mantendría a salvo. Qué ingenua. El largo pasillo en el sótano, la famosa sala/cine/bar, Andrés apareció y cerró la puerta con llave. Tragué saliva porque como mexicana, siento algo de seguridad al identificar las posibles salidas de emergencia. Pero no había una sola ventana.
” “Me excita tanto que seas la sobrina de mi amigo”, me dijo mientras su mano recorría mis piernas hacia el pubis. La frase no era un piropo, Andrés. Yo tenía los aductores trabajados, así que cuando se hincó para abrirme las piernas, presioné con contundencia las rodillas. ¿No es una señal de “no quiero”? Con mis manos, debía arrebatarle el dominio que parecía ganar sobre mis muslos. Era mi fuerza contra la buena voluntad de su insistencia…Estaba asustada, pero aparenté ser la Mujer Maravilla: tenía superpoderes para salir ilesa. Eso me conté para esconder el tormento interno: estaba en enorme peligro. Ya, pero es normal vivir este miedo con los hombres que tienen cierto poder, ¿verdad? Pude respirar cuando salimos del cine y transitamos el pasillo hacia la puerta. Esa noche, el asco se apoderó de mi cuerpo, pero olvidé por completo el desagradable suceso hasta hace unos días…”, concluye el relato de la escritora, no sin antes hacerse una serie de cuestionamientos y preguntas: “ ¿Pero no es eso lo que nos pasa a todas en este país? Sobrellevar como se pueda momentos de nerviosismo, angustia y temor por algo que un hombre de poder ofrece. Parece la distorsionada moneda de cambio…”, concluye.

Al cierre de esta columna, se agregan más testimonios. Como el de la actriz Daniella Gamba, documentado por Joaquín López Dóriga y quien contó su experiencia ocurrida en 2009. Refiere que conoció a Andrés Roemer en la televisora para la que trabajaba y el la abordó para ofrecerle un proyecto laboral. Es decir, la misma dinámica de las anteriores. Cita directa en lo que parece ser su casa- oficina, o en restaurante cafetería , siempre cercano a su guarida; luego la invitación para mostrarles la biblioteca, o desarrollo de proyectos. Una vez allí la transformación. Insinuaciones obscenas, atacar, amenazar, someter.

LA ATERRADORA NORMALIDAD.
¿Dónde hay que buscar las respuestas que den sentido al proceder de un hombre con toda la apariencia de “gentleman” o caballero respetable, ex cónsul en San Francisco, también? ¿Qué puede explicar tal comportamiento de este profesor, funcionario y cofundador del proyecto festival La Ciudad de Las Ideas y temas relacionados con mentes brillantes, explorador de temas complejos como las relaciones y pasiones humanas, o temas psicológicos abordados a través de la dramaturgia en programas televisivos?
¿Qué es lo que podemos concluir sobre actitudes así? ¿En qué sociedades se dan y multiplican con tanta impunidad depredadores? ¿Desde las familias mismas? Sin duda. En los valores sembrados, o en la ausencia de ellos. En lo que se solapa y calla. En lo que se permite y no. En los silencios. En un modelo educativo que privilegia el poder y el tener por sobre el ser. En la ausencia de respeto hacia el o los otros. En el menosprecio profundo a la mujer disimulado con un fervor hipócrita. Es allí y en toda una cultura patriarcal y machista que alberga a personajes que, como él, crecen con grandes carencias emocionales y vacíos que distorsionan su percepción del respeto al otro y terminan dando rienda suelta a sus desvíos, perpetrados desde la muralla de protección que da el poder y en sociedades que normalizan estas acciones.
Muchas interrogantes alrededor de este y otros casos que salen a luz pública. Preguntas que tendremos que hacernos también las mujeres, para asumir nuestra actitud y nuestro constructo femenino frente al poder. Compete a nosotras revisar aquello que ha moldeado gran parte de nuestros valores y nuestra cultura regida por apariencias y por el ensalzamiento de la figura masculina como detentora del poder. Preguntarnos porqué continuamos respondiendo a esquemas introyectados desde nuestra infancia, donde naturalizamos la búsqueda de la mirada masculina que valide nuestras capacidades. Y habría que agregar más preguntas sobre este tema, pero baste lo anterior para aterrizar ya en esta cultura que continúa formando y albergando a individuos depredadores insertados en todas las escalas sociales desenvolviéndose entre los demás con aterradora normalidad.
NOTA AL CALCE.
Mis ojos recorren las imágenes que los periódicos y revistas de sociales del evento matrimonial de Andrés Roemer, efectuado en 2018. Su segunda unión. El de 53 años, ella una joven y bella mujer de 30 años. Profesionista independiente. ¿El lugar?, San Miguel allende, Guanajuato. Es un evento elegante, glamoroso que duró dos días de celebración. Numerosos invitados del extranjero acudieron a la ceremonia de la unión efectuado mediante un ritual “No queríamos nada convencional”. El entonces flamante Embajador de la Buena Voluntad de la Unesco desbordaba felicidad. Alrededor de ¿400 invitados? Eso dice la revista “Clase” de El Universal. 100 mil flores entre rosas, orquídeas, hortensias y tulipanes, un sofisticado menú y demás detalles que dan el toque “chic” en los eventos “nice o cool”. Desde luego que reunida allí la crema y nata de la diplomacia, política, intelectual, empresarial y alta sociedad mexicana.
El evento fue descrito a detalle como “La original boda”. Suspiro fascinada ante las impecables imágenes. ¿Original boda? ¡No… se quedan cortos! ¡Es una boda de ensueño! Suspiro nuevamente: evento de ensueño que esconde realidades de pesadilla.










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