EN DO MAYOR. ( EXTRA).

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LOS OTROS Y EL PRESIDENTE ( O YO NO FUI…FUE TETÉ)
Entre el sano respiro y pausas de las noticias no gratas, regreso a informarme sobre el panorama completo en el país con relación al coronavirus y sus alcances. Lo hago bajo la lógica de que no puedo, ni debo, encerrarme en mi confort y dejar de ver esa realidad que está ocurriendo fuera de mi. ¿Acaso no hay gente yendo a trabajar porque no tienen opción? Se les va en ello los alimentos del día y el de su familia. Son la otra parte que decide salir de casa porque “ ya me aburrí ”. Los que lamentan el encierro aun teniendo el confort de un techo y comida asegurada. ¿No están las instituciones de salud haciendo lo que pueden con lo poco que tienen? ¿No vale acaso la pena seguir las indicaciones para no sumarnos al caos y dejar el espacio para que, llegado el momento, si alguien se ha visto afectado por el virus, porque tuvo que salir a trabajar, sea atendido? ¿No es ahora donde está nuestra prueba más grande cómo sociedad y especie?
Cuando empezó la amenaza de la llegada del coronavirus me acordé de los médicos que conozco de años. Compartí con Guillermo mi inquietud por uno en especial. Familiar cercano suyo y a quien yo quiero, admiro y respeto. Lo conozco desde que era un niño de menos de 10 años. Vi en él su inteligencia y especial sensibilidad. Decidió estudiar Medicina Pediátrica de Alta Especialidad. Es una eminencia en trasplante de órganos y de los primeros especialistas en su ramo. Ha puesto sus servicio a las mejores causas. No quiso quedarse en el extranjero, ni aceptó después la oferta de irse a uno de los hospitales más prestigiados de Estados Unidos. Aquí se quedó ofreciendo sus conocimientos y experiencia al servicio de los suyos.
Hace unos años contrajo una agresiva bronconeumonía que mermó la salud de sus pulmones. Tardó en recuperarse. Fue en el primero que pensé ahora con la amenaza del virus. Sé que está en un gran Hospital Pediátrico del sector público, atendiendo a pacientes de todas las edades. Sabiendo la magnitud de lo que venía, encargó con sus recursos al extranjero una mascarilla especial. Y no hay nada que interrumpa su labor y entrega. En él y en todos los encargados de la salud pienso y uno mi oración por ellos. Allí están, venciendo su temor, dando muestras de templanza. Verdaderos ejemplos de compromiso y amor sin alardes. Por eso, por ellos y todos los que andan en la calle trabajando no permito quejas por el encierro. Ni me quejo de mi , a ratos, agobiante dieta de abrazos a los míos. Y por eso vuelvo a las noticias, para no encerrarme en mi mundito de confort y negación de esta cruda realidad que se vive en el mundo y, en especial, en mi país.
Por eso, ayer que vi en un fragmento de la mañanera a ese hombre que tiene en las manos la grave responsabilidad de las decisiones del país, me enervó profundamente ver tanta mezquindad. Ha salido a flote su verdadera estatura. Su megalomanía disfrazada de buena intención con los más desprotegidos y los más ingenuos que le hacen sentir que su sola presencia basta para aliviar sus males. Con los que EL se vende como remedio. Como presencia sanadora. Sigue dividiendo con su discurso infantil, repetitivo. Irreflexivo , suelta una desafortunada expresión que , enseguida, es capitalizada por sus oponentes. Su “ como anillo al dedo” fue tomada fuera de contexto. Pero no le quita peso a su irresponsabilidad y soberbia. ¿No se cansa de estar siempre al pendiente de lo que dicen sus oponentes? ¿No se cansa de estar a la defensiva y ofensiva? ¿No se cansa de estar cargando con el odio de los demás y el suyo propio ?
Ayer me pareció más significativa otra de sus expresiones : “Tenemos proyecciones de lo que se necesita, vamos bien en ese propósito, la prensa amarillista, nuestros adversarios que todavía no ayudan porque los domina el odio, quieren que digamos cuantos muertos, he estado viendo el mensaje de una periodista pidiendo que digamos cuántos muertos van a haber, esto me hace pensar y es posible decir que estamos también viviendo en temporada de zopilotes, ojalá que esa actitud cambie y que no nos importe lo que estén haciendo en otros países”.
Apagué el televisor. Me debato entre la indignación y pena por él. ¿No hay nadie que le haga entender que no estamos en estos momentos para tener a un Presidente que se queja? ¿Alguien que lo ponga a leer en una pantalla su confuso juego de palabras? Parece que no. No hay nadie de sus cercanos que se atreva a decirle: “Usted ( o tu) critica a los que le critican. Así se la ha llevado todo este tiempo. Deje usted de criticar a los otros y asuma la gran responsabilidad en sus manos. Por un momento, solamente por un momento, dese un respiro para dejar de fustigar a los demás en lugar de evadir su enorme responsabilidad. Por un momento, señor, sea generoso y, sobre todo, sea Presidente y pida ayuda para gestionar sus emociones. Por un momento . Solo por un momento déjese de ciegos golpeteos ”.
¿Algún valiente de los que le rodean se atreverá? Dicen que no. Hace años, cuando andaba en campaña platiqué con gente que lo conocía de cerca, se quejaban de eso: de su terca soberbia y obsesión porque los demás se ajusten a su verdad. Tenían razón. Que Dios ilumine su entendimiento y corazón. Y el de nosotros también.
YA PASARÁ.
Veo y leo las noticias. La violencia no descansa. Ha tenido su caldo de cultivo en la impunidad y, en otros casos, la añeja complicidad y rancia omisión de las autoridades. Hoy agrega a sus elementos el caos y zozobra. Se nutre de ellos y del dolor de sus víctimas. Aumentan las desapariciones de jóvenes, continúan los asesinatos a periodistas (María Elena Ferral, en Xalapa). La violencia intrafamiliar aumentada ahora por el necesario confinamiento que obliga a las victimas (niños y mujeres) a convivir con su victimario, es otra realidad.
A ratos me siento rebasada por esa realidad que da cuenta del otro virus alojado hace tiempo en nuestro país. El que ha ido carcomiendo el tejido social y ha agitado nuestras emociones. Hago pausa un día o dos de las malas noticias y trato de mantener la calma. Me refugio en la lectura de libros, artículos. Entro a sitios virtuales que ofrecen paseos por museos que resguardan obras de arte. No conozco de sus tecnicismos. Pero me dejo tocar por la belleza que veo en algunas que mueven mi asombro por su perfección. Al final de cuentas creo que una parte de la función del arte es esa: conectarnos con nuestros sentidos y emociones.
Veo a mi lado a Guillermo, mi gran compañero. Es su cumpleaños. No han parado los mensajes y llamadas telefónicas. Nunca como ahora esta resaca de abrazos de las hijas y nietas duele tanto. Nunca como ahora cobran su profundo significado. Pero ya pasará. Y festejaremos todos juntos. Vendrá el pago de todos los abrazos pendientes. Serán tantos que terminaremos empachados., pero ¿acaso alguien ha muerto de eso? Mientras, que basten las imágenes que se fijan en el corazón. Por ejemplo esa de la pequeña nieta corriendo a nuestro encuentro, cuando, un día a la semana que la recogemos en la escuela, nos ve a lo lejos y abre sus pequeños brazos y sonrisa al tiempo que imprime velocidad. Instantes apenas, pero que se quedan para siempre. Sé que cuando ya no estemos ellas recordarán también muchos momentos. Nuestra presencia en sus vidas tomará la dimensión que yo todavía no sé cuál será. Pero asumo que buena; porque cuando uno se abre al aprendizaje, se ama con mayor consciencia y responsabilidad. Hay más serenidad y templanza con los años. Y si nos aplicamos en el aprendizaje, hasta destellos de sabiduría.
Por mi parte, he intentado caminar con el corazón y ojos abiertos a la vida. Confío en que la semilla de la generosidad que tienen mis hijas haya sido heredada a ellas, que asuman la enorme responsabilidad de vivir abrazando la vida. Con todo lo que implique y traiga consigo. Saben de dónde vienen. Mis hijas alcanzaron a sentir el cariño de la abuela materna cuando íbamos de vacaciones a mi tierra. Mi madre sacaba de su modesta casa la loza especial y los sencillos manteles que cubrían la mesa de madera desteñida. La recuerdan con un amor que no ata. No hace falta que yo la mencione seguido porque vive en ellas. El suave clamor de su memoria se abre paso por entre los misterios del cosmos que las habita. Saben que vengo de mujeres amorosas y fuertes, que nunca negaron sus emociones. Caerse. Levantarse es parte del aprendizaje. Caminar. Avanzar. Empezar una y otra vez, las veces que sea necesario. Llorar , gritar y rebelarse. Pero nunca quedarse instalados allí. Que no sean las sombras las que predominen por sobre su luz.
Agradecer. Siempre agradecer. Aún en estos tiempos de zozobra, agradecer. No conozco mayor oración que el agradecer. Hoy lo hago. Aún en estos momentos lo hago, disfrutando ver a Guillermo, sereno, frente a su café, mientras contesta las felicitaciones. Hay un silencio , interrumpido de vez en vez por el ladrido de nuestros pequeños perros salchichas. Veo a la intrusa y caprichosa planta de jitomate que se le ocurrió nacer y crecer en la maceta destinada a unos margaritones amarillos. Es apenas una rama tembeleque que , fiel a su naturaleza de ofrecer sus frutos, exhala los primeros. Disfruto esas pequeñeces de profundo significado. Ya vendrán todos los abrazos.
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