EN DO MAYOR “ENTRE RAZÓN Y FE”

|




Pocos son los que distinguen que quienes ejercemos el periodismo desde espacios autónomos no escribimos para aplausos, ni con la intención o deseo de romper los sueños construidos por políticos que dan alas a las esperanzas de unos a costa de atropellos a otros. Nada más lejano de eso. He defendido la idea de que, como periodistas, tenemos la gran responsabilidad de no servir a ninguna ideología, por muy benévola que aparente ser. Colocarnos en ese lugar es tomar un papel de juez y parte o de justicieros y defensores. Y eso no ayuda, ni es ético. Nuestro papel es dar cuenta de los actos incorrectos que cometen los gobiernos en turno, sin cargarnos hacía ningún lado. Eso es, quizá, uno de las cualidades más difíciles que nos demanda el periodismo. El apasionamiento por una ideología obnubila la mente y terminamos estando al servicio de medios y fines políticos de grupos empujados por agendas tramposas y cuyo objetivo está muy lejos de lo que el periodismo debe cumplir.

A los ojos de los que hacemos cualquier crítica a algún funcionario de la actual administración, o al presidente, les lastima lo que leen. De sus labios saltan trilladas frases que repiten entre unos y otros, convirtiéndola en oración conjunta que les da un sentido de identidad:
“Pero antes callaron como momias y ahora hablan porque extrañan el chayote”. Y no queda todo allí; viene enseguida la etiqueta adicional: “debe ser del Pri An”. Saltan otro tipo de insultos, frases enardecidas, sordas hacía el autor (a) del escrito. Palabras que caminan a ras de suelo y que toman impulso bajo el aliento de la procacidad y la cobardía de quienes escudándose en el anonimato, o al amparo de la trinchera de su pantalla, profieren sus denuestos hacía quien osó escribir lo que no les gustó leer.

“De la abundancia del corazón habla la boca”, reza un proverbio. Y las redes sociales nos muestran la pobreza e intolerancia de quienes juzgan sin saber que en el medio periodístico, hay quienes ejercemos nuestro hacer desde la convicción y compromiso, sin que medie otro interés que llevar a la luz lo que debe estar bajo el escrutinio público. Pero he de decir también, que en las redes hay esa otra abundancia del corazón y el razonamiento mesurado de aquellos que no estando de acuerdo con lo que uno escribe, lo manifiestan sin insultos, sin vituperios.

Quien me haya leído antes, sabe que tengo tiempo haciendo critica a los diversos partidos y candidatos y funcionarios. Hablé en su momento de Enrique Peña Nieto. De las candidaturas de José Antonio Meade, Ricardo Anaya, Jaime Rodríguez, Andrés Manuel López Obrador, a quien – dije- di mi voto ciudadano, con toda la reserva del caso; pues nunca perdí de vista su origen y formación priista. Partí de mi supuesto de que ese hombre entre apasionado y bravucón implacable, que se encargó de criticar cada paso de los presidentes anteriores, era necesario para limpiar los abrojos del yermo paisaje desesperanzador de nuestro país. Conozco gente que estuvo en su campaña y terminó decepcionada de él. Con todo, sabiendo cómo se mueven las pasiones humanas y con la convicción de que en el campo farragoso de la política no hay nadie incólume, le di mi voto esperando que una vez en la presidencia estuviera a la altura de una investidura por la que tanto peleó.

¿Sorpresas? Quizá no. Más bien asombro al ver frente a nosotros a un hombre que el poder ha develado en su dimensión. Autoritario, hábil para las excusas y absolutamente político, ha usado y usa su imagen para ofrendarla como una forma de convencer a su electorado de una buena voluntad que está solamente en su narrativa, pero no en los hechos. Al fin y al cabo AMLO es un político y tiene el chip de la frase “prometer no empobrece…” Y si de ganar se trata hay que prometerlo todo. Y lo hizo. Ya al frente de la silla que tanto anheló, han venido las excusas, los no es verdad, los “nunca lo dije”, aunque estén las pruebas. Y lo más reprobable por los grados de irresponsabilidad que encierra: culpar de todo a los otros.

He hablado y expuesto la corrupción de un sistema que generó y cobijó a una parte de políticos que hicieron del cochupo su deporte favorito. He apostado porque al frente del país arriben lo mejor de hombres y mujeres que dignifiquen el arte de la política, que respeten los preceptos éticos y humanistas. Que aspiren a influir en una sociedad donde la dádiva no sea la trampa disfrazada de bondad. Una sociedad que tenga claro que un presidente y su equipo está allí para administrar los bienes de todo el país, no para manejar el poder a voluntad y capricho. Administraciones que apliquen programas educativos donde se enseñen valores a individuos y usar el razonamiento lógico que lleve a diferenciar entre los asuntos de la justicia y asuntos de la Fe. Una sociedad más solidaria que no permita ser usada por partidos y asuma la responsabilidad de ser crítica y vigilante de que aquellos que nos representan no sucumban a las tentaciones de ejercer el poder a modo y conveniencia, a violentar sus leyes y construir mentiras como verdades. Esa ha sido mi apuesta como ciudadana y como periodista.

Entiendo que aquellos que se encuentren por vez primera con mi nombre, ignoren lo que he venido señalando atrás sobre los demás funcionarios y partidos. Lo que me resulta difícil entender es la desmemoria de una sociedad que hoy se olvida la manera cómo AMLO llegó al poder y la historia de aquellos que ahora le rodean. En un acto de justicia de la mala memoria de algunos ciudadanos, o memoria selectiva de otros, no estaría mal que se informaran o recordaran sus pasos antes de llegar al gobierno de la ciudad. Se les olvida que quién ahora está en la silla presidencial, se apropió de un espacio político ciudadano y donde sus actuales funcionarios tienen a integrantes de sus familias operando para ellos.

Flaca y convenienciera es la memoria. Injusta una sociedad que se enoja con el mensajero que le lleva el mensaje que no es de su agrado. Mezquinos los que permiten y guardan silencio ante actos reprobables si estos son ejercidos desde su trinchera; pero se agitan y vociferan enardecidos cuando esos mismos actos los comete el que no está de su lado. Intolerantes y temibles los violentos que esparcen su odio contra los que no piensan como él o como ellos. Necios y arbitrarios los que creen que sólo a ellos les importa o son los únicos que aman a su país.

QUE HABLE LA MEMORIA.

Llega en este momento a mis ojos un escrito periodístico de uno de los intelectuales de izquierda más honestos, críticos y congruentes que ha habido en este país. Hablo de Luis González de Alba (1944-2016). Su artículo data de octubre del 2005, a unos meses de que López Obrador cumpliera su gubernatura al frente de la hoy llamada CDMX, antes DF. “No es culpa de AMLO”, es el título. Agrega en el: “Sino de los ciudadanos que no le exigen cuentas de todo lo que hace y dice”.
Comparto a continuación parte del escrito que González de Alba escribiera en 2005, en un balance de su desempeño, y trayendo a colación un episodio vivido en el momento del funeral de Colosio, evidenciando la habilidad del actual presidente para estar en los lugares donde los reflectores le iluminaran.
Cito: “Rodeado como está por un equipo anticolosista, con Manuel Camacho al frente de su campaña —sí, ese mismo personaje que fue echado a la calle cuando se presentó al funeral de Colosio—, aun asi pudo López Obrador hacer guardia, con cara compungida, ante una tumba que sólo le significaba votos, votos de sonorenses distraídos, desinformados, ignorantes o todo junto, pero votos al fin. En las urnas son iguales. Es el ejemplo más repulsivo de oportunismo político e incongruencia moral hasta la fecha…Ni siquiera Madrazo manda flores al hospital para Elba Esther. Pero AMLO está en lo suyo: quiere la Presidencia y no cree en fantasmas que salen de la tumba a pedir cuentas. Él hará todo lo que se le permita, ya ha demostrado que no lo detiene nada: ni amparos, ni jueces, ni denuncias. Nada. Pero, ¿y nosotros? ¿Y los mexicanos? ¿No decimos nada?… En un país con tradición democrática, la sola respuesta: “Los jueces me hacen lo que el viento a Juárez” haría la perdición de un candidato, lo hundiría sin remedio. Lo hundirían los ciudadanos, en primer término, que no desearían ser gobernados por quien, un buen día, les puede responder lo mismo ante una queja…”.

Continúa: “Estuvo contra la integración del Consejo de Transparencia y Bejarano la detuvo en la Asamblea, “porque era muy caro”, dijo. Y era su papel. Un político al viejo estilo priista está en lo suyo cuando incumple amparos de ciudadanos, cuando niega cuentas claras que le afectarían el “cochinito” destinado a la ante-pre-campaña. Pero, ¿cuál fue la respuesta ciudadana ante la tozuda negativa de López Obrador a transparentar el manejo de recursos públicos del DF? Ninguna: en México no se acostumbra eso de que al gobernante lo vigilen…Y cuando se conformó apenas una sombra de lo que debería ser un eficaz órgano de transparencia, tampoco duró mucho: los nombrados le renunciaron, en marzo de 2004. “Por considerar que ya no era relevante su participación en el Consejo de Seguimiento de la Transparencia de las Finanzas Públicas del Distrito Federal, los integrantes lo disolvieron. De esta manera, Juan Antonio Pérez Simón del Grupo Carso, de Carlos Slim; Rubén Aguilar Monteverde, reconocido filántropo y ex banquero; los ex secretarios de Estado David Ibarra y Fernando Solana; y María Luisa Barrera de Serna, esposa del empresario Clemente Serna, renunciaron a su cargo honorífico. Tampoco formarán ya parte del Consejo los periodistas Carmen Aristegui, Javier Solórzano, Germán Dehesa y Miguel Ángel Granados Chapa…Antes de hablar de un complot en su contra, el jefe de Gobierno, Andrés Manuel López Obrador, debió reconocer abiertamente la corrupción dentro de su administración, según el consenso al que llegaron los integrantes del Consejo de transparencia de la Hacienda Pública del DF…”, dijeron a Reforma.

¿De dónde ha salido el dinero para campañas de López Obrador?, se preguntaban desde entonces, porque en él nunca ha existido la transparencia y es una pregunta que siempre escabulle con su característica habilidad política. No les falta razón a los que han señalado que una de sus fuentes proviene de “multimillonarios contratos nunca licitados, nunca concursados, para los segundos pisos y otras obras; quizás hasta los desfalcos en municipios perredistas de Tabasco. Hizo secretos por diez años algunos números: cuánto se pagó, de qué partidas, por los segundos pisos y puentes ya resquebrajados. Secreto de Estado. El padrón de viejitos también es secreto: ¿a cuántas personas mayores y madres solteras se les paga? Silencio. Por algo tiene una Contraloría dominada por el PRD* y un Consejo de Transparencia en el limbo”. (*hoy ese PRD que entonces se mencionó está en MoReNa)

¿Y su fuerza electoral? No sólo Luis González lo dejó asentado en ese momento. Todos los que vimos su desempeño durante el gobierno de la ciudad presenciamos cómo replicó la formula del corporativismo priista. : “… resulta evidente: es la de los grupos sociales acostumbrados al toma y daca, a poner golpeadores y gritones que defienden sus “conquistas”: un taxi ilegal, unos metros sobre la acera, la distribución de viviendas a los más pobres…” Y concluyó con una pregunta inquietante que hoy nos ronda a varios: “la fuerza de López Obrador no emana del desmadejado PRD, sino de las organizaciones heredadas del priismo: el viejo, el arcaico clientelismo político, el corporativismo que fue la fuerza de Mussolini y la del viejo PRI. ¿Para allá vamos?”

Este es en gran parte el escrito que está allí, como testimonio y recordatorio de un político que es hoy el presidente. Y las preguntas que en ese entonces se hicieran tantos, son las misma de ahora. Ha sido esa su fórmula que aún mantiene. Continúa con la realización de multimillonarios contratos nunca licitados, nunca concursados y las demás prácticas mencionadas durante su cargo al frente de la ciudad. El viejo Priismo está en el corazón de López Obrador. Y no nada más representado por Manuel Bartlett. Sino en las prácticas opacas de su gabinete.

¿Las escaleras se barren de arriba para abajo? Muchas preguntas y nada de respuestas. Evasiones, señalamientos hacía los otros, vaguedades por parte de él. Por mi parte, la insistencia de que barra esas escaleras. Pero de verdad. Y que cada uno de los partidos barra también la suciedad que hay al interior de ellos. Sólo así este país podrá seguir avanzando hacía un verdadero, como tan necesario equilibrio.

zaragozacisneros.jovita@gmail.com










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

2 Comentarios en “ EN DO MAYOR “ENTRE RAZÓN Y FE””

  1. Querida Jovita:

    –Muy, muy interesante y oportuno tu recuerdo de Luis González de Alba y su mirada siempre crítica y lúcida sobre AMLO, esta vez. Gracias por la memoria y la historia. Un abrazo de luz blanca. Fraternalmente, Julio. Q, 16-VII-2020.

  2. Jovita Zaragoza Cisneros dice:

    Julio,muchas gracias.

    Un retrato fiel del AMLO que el vio con su lucidez y expuso con esa valentía que siempre lo caracterizó.
    Otro abrazo para ti, querido Julio.

Envía tu comentario