EN DO MAYOR ENTRE PUROS Y PURIFICADORES

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Lo primero que me pasó por la mente al saber sobre la aprehensión del ex “gober precioso”, Mario Marín Torres, fue en que la diplomacia mexicana tuviera la gentileza de notificar a los más de 190 países donde era buscado, que ya no se preocuparan más. Que avisaran que las arduas indagatorias de la justicia mexicana por fin dieron resultado. Fue todo un operativo, ya que el fugitivo de la justicia después de casi dos años de andar sufriendo penurias por la implacable persecución, fue sorprendido tomando su buena dosis directa de vitamina “D” en Acapulco, en una casa, propiedad de su hermana.

Y le confieso a usted, gentil lector, que otra cosa que me pasó por la mente y me inquietó un poco, fue que en las prisas por darnos un poco de “detente” a través de un oportuno golpe mediático, en estos momentos en que las cosas están tan delicadas por el comprensible enojo y reclamos ante el mal manejo de la pandemia y el uso político que se la ha dado a la vacunación, confundieran a Mario Marín con Félix Salgado Macedonio. ¡Oiga usted! no se enoje conmigo por lo que digo, la confusión era factible. Ambos son parecidos y el ex gobernador estaba en el terruño de Salgado Macedonio. Hasta llegué a pensar que, tal vez, este último al saber que andaba por allá Mario Marín, aprovechó para pedirle algunos “consejitos” que aplicar ahora que sea gobernador de Guerrero. Y, créame, tan solo pensar en esa posibilidad me dio terror. Aunque…concluí de inmediato que ni uno necesita al otro, ni el otro al uno; cada cual son un costal de mañas, ¿o debo decir costal de peligrosas y nauseabundas patologías? Entre iguales se entienden con la pura mirada. ¡Ufff!

Temiendo la confusión y decidida a comprobar que no nos dieran gato por liebre, seguí atenta la nota e hice acercamiento en la pantalla y, además, también mi lupa de aumento para asegurarme que el aprehendido fuera Marín Torres. Y sí, es él. Y no iba en short de baño, le dio tiempo de vestirse con un pantalón de mezclilla, playera tipo polo y unos tenis color gris.
Y por si hiciera falta aclaración, que no se mal entienda que me preocupa la suerte de ninguno de esos dos personajes. No. Lo que me preocupó fue que, en la posible confusión, una vez al presentar a Salgado Macedonio a las autoridades, estas, atónitas exclamaran: “¡Pero señores, este no es Mario Marín Torres! Este es “Don” Félix Salgado Macedonio y él ya fue exculpado y hasta palomita tiene!” Y todo quedara en un: “usted perdone la confusión …”. Por eso mi preocupación. Ya ve usted que las confusiones suelen suceder. Pero doy Fe y suscribo que si fue el ex “gober precioso” el apresado. Así que, hasta ahí, todo bien.

Ya una vez tranquila ante esa certeza, pensé en hacer lo posible para colarme en las mañaneras y decirle a doña Olga Sánchez Cordero que ya que andaban en esas por el puerto Acapulqueño, pues hubieran detenido a Salgado Macedonio, también. Con las acusaciones que hay sobre él, para que nos hacemos. De una vez, como en la hora feliz: dos por uno.
Por supuesto que este último pensamiento lo deseché enojada conmigo de inmediato. Tan grandota y tan ingenua. ¡¿Dónde cabe semejante ocurrencia?! No es tan fácil. Somos país de leyes y reglas institucionales que hay que seguir y, ante todo, respetar. Además, ya no son los tiempos de antes, ¡vaya despiste el mío! Se me olvidó que el pensamiento mágico casi casi ya fue patentado patrimonio del partido del presidente. En MoReNa ocurren milagros i n i m a g i n a b l e s ! Todo el que se acerque a solicitar formar parte de su militancia, tiene asegurada su purificación. Duerme impuro y amanece purificado. Y algunos, incluso, a punto de la beatificación. Allí les basta el mantra de cerrar los ojos y elevar la mente para decretar: “nosomos iguales… nosomosiguales… nosomosiguales…”, ¡Y listo!

Pero… ¡momento!: hay reglas no habladas para quienes quieran pertenecer a ese partido, o que parece serlo. Una de ellas es tener incondicionalidad absoluta. Incluso sumisión. Por ende, nada, pero nadita de criticar al presidente. Defender con apasionada fiereza el proyecto de transformación, mismo que solo conoce el círculo más cercano a él; pero que todos aplauden con devoción porque es bueno para todos y con eso basta. Es decir, Fe absoluta. Porque si y porque sí. Y si una vez estando dentro se le ocurre diferir en cualquier punto sustancial y se atreve a hacer un llamado a la reflexión, se le acaba el aura de protección y todos los pecados que cometiera antes vuelven al insurrecto. ¿El castigo? Insultos, improperios, denuestos, acusaciones de ser neoliberal, traidor, hipócrita. Y los más férreos y obcecados defensores, se encargarán de propalar que su crítica obedece a puro ardor porque esperaba que le dieran “moche” o un cargo y, en virtud de no conseguirlo, sale criticando a tan transparente legión de seres cuasi celestiales, cuyo pecado más grande es servir a la nación.

Así que ya sabe, si usted estando dentro se arrepiente y quiere salir de allí, hágalo en silencio. O dé las gracias por la oportunidad y dígales que no se siente merecedor de tan alto honor porque ha tenido pensamientos propios. Salga sin prisas y -sobre todo – sin enojo, porque este último es mal consejero y no vaya a ser que le dé por decir: “sontodosiguales…sontodosiguales…sontodos iguales” En todo caso disfrácelo un poquito diciendo: que iguales somos todos ustedes. ¡Y listo!

¿CONTRAJO O NO EL COVID?
(EL QUE ENTENDIÓ, ENTENDIÓ)
Tengo una amiga con la que suelo platicar muy de vez en cuando de literatura y astrología. Es excelente lectora de autores que no son fáciles de interpretar y suele meterse a fondo en su obra. Tiene también otra particularidad: es una aguda observadora de la naturaleza humana y las motivaciones que llevan a los seres humanos a buscar el poder y lo que son capaces de hacer para conseguirlo y, o, mantenerse en él. Siendo yo también una apasionada de este último tema, no siempre hemos coincidido en nuestras respectivas apreciaciones. Pero en el respeto a nuestras divergencias está la riqueza de nuestra amistad, precisamente.

Por ejemplo, en el caso de Donald Trump, coincidimos mucho en las conclusiones sobre su personalidad. Pero, confieso, que ella fue mucho más allá y vio cosas en él y en las que yo no reparé y me asombró ver la precisión con la que se adelantó a describir su carácter violento. Ella lo seguía en twitter, televisión. Llegó a decir que se estaba obsesionando con el estudio de esa personalidad. Terminó aplicando para si misma la trillada frase de “lo que te choca te checa” y agregó: “Creo que tendré que ir a una terapia para ver porque me causa tanto rechazo este hombre”. Por supuesto que yo se lo tomaba a broma.

A mediados de octubre, tuvimos una conversación que en el transcurso se volvió un poco incómoda. Por primera vez incómoda. Salió el tema de la salud de Trump. Ella no creyó que lo hubiera contraído. Era – en sus palabras- un ardid de Trump. Un montaje para manipular las elecciones por venir.
Discutimos sobre el tema. Concedí que Trump tenía esas características por ella descritas, pero que en eso de su enfermedad si le creía. No era descabellado que hubiera contraído el virus ¿Acaso no solía andar sin mascarilla?
–¡Tres días le duró el bicho! ¡Es un hombre de más de 7O años y come puras hamburguesas y coca cola, tiene altos factores en contra como para recuperarse de esa manera!
–De acuerdo contigo. Tampoco hace ejercicio. Y es un güero insípido con cuerpo de pan mal horneado y bofo!–, dije divertida.
— ¡Oye no te burles! ¡Ve a todas las víctimas que el Covid ha cobrado! Se ha llevado a gente relativamente joven y deportista. Y los que se han recuperado han hablado de los síntomas y secuelas de las que tardan hasta un par de meses en recuperarse, y eso si bien les va. Porque el proceso de recuperación total es más largo–, respondió enojada al ver que yo salía con mis chistes simplones.
—Pero tiene todo un aparato médico a su alrededor. Le dieron bombas de medicamentos para sacarlo adelante y estricta supervisión—objeté.
Con tono molesto, ella insistió:
— No banalicemos como Trump el tema de este virus. Él no se enfermó de eso. Fue plan con maña y solamente los bobos le creen a ese mentiroso compulsivo. A mi no me causa gracia alguna.
Ya no quise perderme en esta, por vez primera, aireada e inútil discusión con ella. Me disculpé argumentando que estaba muuuy ocupada y colgué. Luego, cuando vino más adelante las reacciones de Trump que todos vimos, le di la absoluta razón a ella. Su deshonestidad al no reconocer los resultados de la elección, su manera tan cínica de mentir. Posiblemente tuviera razón en que todo fuera un ardid de Trump. Y entendí también que su enojo se debiera a que los tiempos que estamos viviendo por el encierro y la incertidumbre nos tienen con las emociones a flor de piel.

Desde que tuvo lugar esta conversación telefónica, no había tenido otra más. Apenas algún intercambio de mensajes por WhatsApp con buenos deseos para nuestras familias en Navidad e inicio de año nuevo. Comentarios sobre las últimas lecturas, o series de televisión o películas. Y nada más.

Ayer domingo, mi amiga me habló por teléfono para disculparse por su exabrupto. Le cambié el tema y hablamos de lo entusiasmada que estoy leyendo la obra de Clarice Lispector. Y, por supuesto que no me tomé en serio eso de “solamente los bobos le creen”. Y divertida e inspirada en lo que dijera, escribí esto que le envié por mensaje.

Cuando aquel presidente informó sobre su COVID,
no todos le creyeron tal información
a ese hombre que no perdía nunca la ocasión
de hacer de todo acto un montaje, un ardid.

Allí pasó lo del cuento de Pedro y el Lobo,
al constante mentiroso todo se le revierte,
cuando la verdad con mentira la pervierte
solo termina por creerle el más ingenuo o…muy bobo.

Después de todo, estimado lector, los tiempos no están para perdernos en discusiones estériles. ¿Cómo saber quién tiene razón? ¿Ella? ¿Yo? ¡ Bah!, hay cosas más importantes que eso. La amistad y respeto en la comunicación, por ejemplo.
EN DO MAYOR.
JZC.










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