EN DO MAYOR EL AQUELARRE DE LOS IRACUNDOS

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Desenfreno y frenesí era aquello. Reían, gritaban, alrededor de la figura de cartón que se consumía en llamas iluminando las sombras de la noche que ya habían caído sobre la ciudad. El enorme muñeco vestido con traje oscuro y banda presidencial atravesando su pecho, se balanceaba entre el fuego que parecía avivarse al aliento de los gritos unificados: ¡uno…dos …tres …cuatro…cinco…seis…! hasta llegar a 43. Las llamas continuaban su ascenso y no pararían hasta consumir en su totalidad el material. Aquello no dejaba de ser un grotesco y estremecedor espectáculo.

Era el 20 de noviembre del 2014. Apenas dos meses y seis días habían pasado de aquel hecho brutal que estremeció a México y al mundo entero: Ayotzinapa. El rostro de un horror que no era reciente; pero que esta vez gracias a las “benditas redes sociales” no se pudo ocultar. Y allí en la plancha del zócalo con la quema simbólica de la figura del entonces presidente Enrique Peña Nieto, se cerraba aquella marcha multitudinaria, acompañada todo el trayecto por los gritos de consignas, exigiendo esclarecimiento sobre la desaparición de los jóvenes estudiantes y justicia para hecho tan aberrante y sobre el que todavía no hay respuesta del Estado.

Contemplé parte de aquel espectáculo con cierta pena y me alejé de allí. Vi en aquella multitud enardecida residuos de la parte bárbara, presente en el espíritu tribal de ciertos individuos y regiones del país como parte de su cultura. Crucé hacia la gran avenida para dirigirme al punto donde me encontraría con las personas con las que había acordado reunirme en caso de llegar a perdernos unos y otros entre la multitud. Tal y como había sucedido. Por fortuna había mucha gente caminando de regreso al metro.

Me detuve casi al inicio de la avenida 20 de noviembre. Un reportero de televisa estaba transmitiendo el cierre de la marcha. Un pequeño grupo de hombres y mujeres los tenían rodeados y les increpaban con insultos y miradas iracundas. Hacía mucho que televisa se había convertido en la gran villana, la gran enemiga. Y todo lo que a ella estuviera cercano era – desde la perspectiva de los odiadores – digno de atacar. Me acordé de la frase aquella “no es quien la debe sino quien la pague”.
Me acerqué un poco más hacia el grupo y quedé tan solo dos pasos atrás de una joven pareja. El hombre fortachón y mediana estatura era uno de los más iracundos. No soltaba de la mano a la mujer y con el cuerpo echado hacia adelante increpaba a los tres o cuatro trabajadores que trataban de mantenerse ecuánimes ante las actitudes amenazantes. Yo estaba justamente cerca de uno de ellos. Con débil voz la mujer le conminaba: “amor ya, vámonos…”, al tiempo que con su mano libre daba tímidos jaloncitos al brazo de aquel energúmeno. Pero él no la escuchaba. La tenía asida fuertemente de la mano y, a mayor resistencia de ella, el arreciaba su jaloneo buscando acercarse más al reportero. No tuve duda qué si él daba el primer paso en tirar el golpe, sería secundado por los demás.
Por fortuna ya se había acercado más gente y algunos llamaron a cordura. “¡Son solamente trabajadores de televisa, déjenlos hacer su trabajo! ¡No es con ellos, buey!” Otra voz agregó: “¡Yo trabajo en Telmex y no tengo la culpa de tanto descontento con la empresa …no soy el dueño, entiendan el pedo!”. Aquel iracundo continuaba insistiendo, aunque ya con voz menos sorda y violenta. La mujer volteó el rostro y con los ojos de fastidio y mirada que interpreté con “este no entiende”, insistía en su débil “¡amor vámonos ya!”.
Los ánimos empezaron a calmarse.

Seguí mi camino. Me esperaban ya. Sentí alivio y unas ganas profundas de llorar me invadió. La mezcla de emociones experimentadas de inicio a fin, en una de las marchas más potentes en significado, salieron en gruesos lagrimones. A la marcha habían asistido, además de los familiares de los jóvenes desaparecidos, numerosos grupos de diversos puntos del interior de la república. Traían con ellos la indignación acumulada durante años. Tanta injusticia sufrida y transformada en dolor; rabia ante tanta impunidad; impotencia ante el menosprecio a sus voces y sentires estuvieron presentes en esa marcha. Enojos gestados en un sistema que nació cojo y tuerto y una sociedad compleja y poco participativa en las decisiones del país.

Pero allí también se habían dado cita odios antes dispersos y que, en unos casos, nada tenían que ver con la exigencia de justicia. Eran odios personales, individuales, gestados en los hogares violentos, resentimientos de los oportunistas y acomodaticios que se suben al carril de los demás y terminan al servicio de intereses mezquinos. Son usados por grupos políticos que exacerban y manipulan sus emociones para hacerlos parte de un sistema corruptor que se ha perpetuado y seguimos padeciendo.

YO NO SOY…SON LOS OTROS.
Han transcurrido seis años cinco meses de Ayotzinapa y seis años y tres meses de aquella marcha apoteósica y que hoy traigo a colación. Cúmulo de emociones allí reunidas, escenas que no olvidé. La imagen de esa mujer jaloneada por su troglodita. ¿serían novios o matrimonio? Si era lo primero, ojalá y aquella mujer viera en él esas señales de un futuro violento a su lado, pensé entonces.

Seis años y cinco meses ya de Ayotzinapa. Casi once años de la masacre de San Fernando. En marzo se cumplen 10 de lo sucedido en Allende, Tamaulipas y cuyos familiares, al igual de los de Ayotzinapa, continúan en búsqueda de la verdad, justicia y reparación del daño.
¿Hacia dónde ver con esto de la violencia? ¿Hacía más atrás del 2010, o mejor continuamos el recuento hacia adelante?

Veamos lo sucedido apenas este pasado 24 de enero de este año en curso. Otra vez en Tamaulipas, donde se reportó el hallazgo de 19 cadáveres de lo que, se presume, eran migrantes guatemaltecos. Fueron asesinados a tiros y calcinados luego. ¿Hay alguien reclamando el esclarecimiento de esta reciente masacre? ¿Alguien reclamando la violencia de mujeres y desapariciones que continúan todavía?

¿Cómo salir de este circulo vicioso de echar culpas unos a otros? ¿Saldremos alguna vez de esta cantaleta trillada que los seguidores de la actual administración no se cansan de repetir ante cualquier crítica: “¿dónde estaban los que ayer callaron y ahora gritan y reclaman?”, saltan a la menor pregunta o cuestionamiento a esta administración.
¿Hemos de responder con sus mismos argumentos de: “¿dónde están los que ayer anduvieron revolviendo las aguas y llevaron al poder a los que hoy están y callan ante tal opacidad y probada ineptitud y otras formas de disfrazada corrupción?”

¿Son esas las respuestas ante una realidad que nos está rebasando y que tenemos que enfrentar entre todos, sin tanta división? ¿Por qué aquellos que bendijeron a las “benditas redes sociales”, ahora las quieren censurar? ¿No es acaso un acto de un claro atropello y autoritarismo? ¿De qué se trata todo esto? ¿Dónde está la punta de la madeja que nos lleve a desenredar este caos sobre el que estamos asentados como sociedad?
No lo sé. Lo digo con preocupación: no lo sé.

Pero, paso a paso, compruebo que en nuestra cultura hay un gran segmento de la población donde están palpitantes emociones primarias. Se ha insertado ahí el sentimiento culposo y hay innumerables individuos dispuestos a victimizarse a través de culpar de todo a los otros. Tenemos la mirada hacia afuera, no hacia el trabajo de nuestras emociones. Una sociedad profundamente egocentrista y dada a satisfacer placeres inmediatos. Sociedad conformista y proclive a negar sus frustraciones disfrazadas con una magnanimidad hipócrita. Odios y resentimientos, emociones a flor de piel y al servicio de una violencia que sale en torrente de palabras maledicentes que descalifican el sentir y pensar del otro. Instrumentos perfectos para ser utilizados en golpeteos políticos. He allí la perversión de algunos actores políticos que los azuzan y mantienen como esa reserva de manejo para sus fines. Manipulan sus emociones a través de un ficticio sentido de pertenencia a grupos. Y eso es lo que está en este escenario en el que estamos más divididos que nunca. Más frustrados y caminando a ciegas en este México que se ahoga en el mar de la injusticia, impunidad y opacidad que todavía persiste.

Seis años de aquellos hechos, de aquella marcha que culminó en la plancha de la Plaza de la Constitución. Allí, a unos pasos donde habita hoy el presidente de la república quien llegó a donde siempre quiso estar. Gran opositor de los últimos presidentes. Implacable crítico de otros presidentes y, por supuesto, de Enrique Peña Nieto quien sin duda alguna es indefendible. Pero nos olvidamos que en ello hubieron personajes, meras fichas de acomodo y sacrificio, que han sido colocados por gobiernos que se desmarcaron del PRI para pintar sus impudicias con banderas de otro color, como si eso los limpiara de la esencia que los formó y a la que siguen siendo fieles y que hoy están en el poder.
Mientras tanto la violencia continúa.
EN DO MAYOR.
JZC










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