EN DO MAYOR DE TIN MARÍN DE DO PINGÜE

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Días de zozobra y noches de sueños interrumpidos por el sonido de las ambulancias. Amaneceres a veces grises, a veces soleados, asoman tras noches de insomnio. El nuevo día se desdobla tímido anunciando incertidumbre. Vendrá acompañado de cifras amontonadas en seis dígitos, mera y tramposa referencia de una tragedia colectiva que nos ha alcanzado de manera directa o indirecta. Zozobra sobre zozobra, dolor sobre dolor al saber de gente querida que ha sufrido pérdidas insoportables de aceptar. Gente querida y/ o conocida, amigos del amigo, cercanos de cercanos, conocidos del conocido se van quedando en el camino. Historias que cimbran y estremecen, que hacemos nuestras y nos llevan a preguntarnos sobre la suerte de nuestros afectos más entrañables y sobre la nuestra.

Porque de eso ha tratado esta pandemia. Saber nuestra suerte sometida a los caprichos de un virus oportunista e impredecible; un depredador que ronda en espera de hospedarse en un cuerpo, multiplicarse en él y causar estragos hasta hacerlo sucumbir o huir derrotado y agazapado buscando otra víctima. ¿En cuál cuerpo? ¿En quién o quiénes? ¿Cuáles son los parámetros que tiene para elegir a sus alojadores? ¿De tin marin de do pingüe? ¿Toma uno …toma dos…toma a la familia entera?
¡Pinche bicho! ¡Maldito virus…! ¡Pero si se cuidó, no salía de casa! ¡Todo era con cubrebocas y sana distancia! ¡Ni siquiera los visitábamos porque temíamos contagiar! ¡¿Cómo? ¿De verdad? Era deportista. Se alimentaba sanamente…!, vienen a mí las diversas expresiones de asombro que he escuchado y yo misma pronunciado al enterarme de casos de contagios con desenlaces fatales. Este sábado me enteré de cinco fallecimientos de conocidos de conocidos de la familia. ¡Cuánto reguero de dolor por todos lados!

¿Hasta cuándo parará tanta mortandad?, pregunto, mientras desde mi ventana veo al trabajador de recolección de basura. No trae cubrebocas. Ni él ni sus ayudantes traen. Al principio de la pandemia sí llegó a usar. Mal puesta, solamente cubriendo la boca. Hoy, de plano, ya no la usa. ¿Es un desafío parecido a la ruleta rusa? No le toca hasta que le toque. Ojalá y no le toque. Sinceramente deseo que la libre. No es del todo extraño para los vecinos del rumbo. Ya tiene más de diez años viniendo los fines de semana a recoger la basura. Cada vecino le da su propina voluntaria. Nosotros le dejamos los botes afuera de la reja y el dinero a la vista para él. Así lo acordamos con él desde siempre. ¿Les regalamos unas caretas o cubrebocas?, comentamos en casa. Decidimos que no. Mejor dejamos lo triple de lo que siempre le damos, para que se ayude un poco. De por sí en navidad, día de reyes, semana santa, fiesta del santo patrono del pueblo no le va mal con nosotros en cuanto a propina. Sabemos que tiene un sueldo, pero también que estos son precarios y las condiciones laborales son pésimas. Sabemos como estamos construidos en este país. Lamentablemente. Ayer como hoy. Mientras podamos cooperarle con un poco más, lo haremos. En la medida de nuestras posibilidades. No nos pesa. Y es una buena persona.
“¿Y el bicho?”, pregunto para mis adentros al verlo recoger la basura. En mi soliloquio, me respondo: “¡Ah, pues le ha hecho los mandados! Y qué bueno que así sea. Pero ¿qué esperan los científicos para estudiar casos cómo estos? ¿Desarrollo milagrosos de anticuerpos que forman poderosa valla de protección en algunos? ¿de qué se trata esto? ¿Ante qué estamos? ¿Juega el bicho a de tin marin de do pingüe…? ¿A los dados? ¿Altoma uno dos…? ¿serpientes y escaleras con nuestras emociones? ¿Hasta cuándo?”
DE TIN MARIN…EL BICHO LLEGÓ A CASA.
¿Envuelto en la compra del supermercado? ¿Agazapado en dónde el muy cobarde y oportunista? ¿Importa acaso? Lo terrible es que llegó en nuestros seres amados. En nuestra entrañable y amada familia. En tres de sus miembros. Mi hija, esposo y la hija de ambos. Mi amada nieta. Nuestra amada adolescente. La niña nuestra se ha contagiado de ese horrendo virus, robándonos el ánimo, de por sí, alicaído. Apenas está regresando a nosotros la relativa tranquilidad al saber que están saliendo adelante.
Agradecida con el Dios del universo por que así sea, con profundo respeto y mi solidaridad hacia quienes han perdido a seres tan cercanos a causa de la pandemia, comparto el caso de mi familia:
Mi hija inició con síntomas y sospecha de haberlo contraído alrededor del día 10 de enero. Aunque sus molestias físicas apuntaban una respuesta al clima de esos días, ligeros cambios la inquietaron y de inmediato se dio a la búsqueda de orientación. Un doctor, padre de un queridísimo amigo de mi hija y de su esposo, sugirió una serie de ejercicios para respiración y ver de inmediato a una especialista en infectología. Mientras paracetamol. Dos días después vino la confirmación: era Covid. Por fortuna logró consulta con dos infectólogas . Confinamiento, checar oxigenación tres veces al día y, de momento, solamente paracetamol, vitaminas D, C, Zinc. Ánimo y oxigenación estaban muy bien. Leves molestias, cansancio. Dos días después los otros medicamentos: Ivermectina y Azitromicina. No diré dosis, ni días porque cada paciente es diferente y corresponde al médico, únicamente, prescripción y tratamiento. La mejoría que experimentó mi hija con este tratamiento fue considerable, si no es que fundamental.

En todo momento su oxigenación estuvo bien. Salvo en el momento más álgido o pico de los síntomas, bajó a 86. En ese momento la recomendación de la doctora, quien ha dado puntual y atento seguimiento a la enfermedad, vía zoom, sugirió allegarse un tanque de oxígeno a la mano. ¡Dios mío! Temblamos. ¡¿Un tanque de oxígeno?! ¡¿Dónde?! Sabíamos lo que estaba sucediendo con este tema del oxígeno. Las redes sociales llenas de peticiones de préstamo, renta, venta de un tanque para algún familiar grave. El viacrucis de familiares para relleno o conseguir tanques. El asombro, la indignación ante la rapiña y la crueldad de los que están aprovechando este caos nos invadía. Los asaltos, robos de tanques. ¿De qué están hechos los que hacen esto? ¿Qué engendro les impulsa con su fétido aliento a hacer tanto mal? Hay acciones que rebasan toda comprensión o aceptación.
La preocupación fue fugaz. Alguien cercano a la familia del esposo de mi hija había enfrentado el Covid desde meses atrás. Una persona mayor y con diabetes que estuvo internado en un Hospital y que, por fortuna, libró la enfermedad y siguió su tratamiento con oxígeno en casa, por lo que tenían ese tanque casi lleno. De inmediato se lo llevaron a mi hija. El domingo temprano nos dimos todos a la tarea de conseguir las cánulas para adultos, porque no había en las grandes farmacias de los alrededores. En una de las farmacias de Médica Sur encontramos. Por la noche, y a fin de que no hubiera sobresaltos y elevarle la oxigenación, le fue administrado una dosis mínima de oxígeno. Lo más fuerte ya pasó, aunque va rápida su recuperación continúa con intervalo de ayuda.
Pero el martes, su hija, nuestra nieta, empezó con síntomas. Le hicieron la prueba tanto a ella como a mi yerno, quien a principios de enero había acusado fatiga y molestias de gripe leve. A mi nieta de PCR, a mi yerno de anticuerpos. Ambos salieron positivos. Es decir, mi yerno fue el primer contagiado, acusó leves síntomas y, por fortuna, desarrolló anticuerpos ya. Pero reporta dolor de espalda que el sábado le fue diagnosticado como secuela por el padecimiento que, por fortuna, desaparecerá con un corto tratamiento. Mi nieta está también con tratamiento y supervisión. Van evolucionando bien.
En este proceso hemos hecho contacto vía zoom, con mi hija y nieta más pequeña que, con sus altibajos de humor comprensibles para una niña pequeña ha estado cooperativa y junto a su padre guardan la distancia. Y nosotros conteniendo esta mezcla de emociones, de impotencia al no poder acercarnos, no poder hacer nada porque en este momento hacerlo es agravar la situación. Esto es una de las partes más fuertes. ¡Vaya paradoja! Tener que estar alejados porque en ellos va la tranquilidad de no continuar con esta cadena. Saber que no podemos traernos a nuestra pequeña a casa, distraerla, apapacharla, porque – dice la pediatra- lo más seguro es que sea portadora y terminaríamos contagiados.
¡Qué días y qué noches! ¡qué aciagos momentos! Yendo de la angustia a la Fe y Esperanza. Inevitable zozobra ante la amenaza latente de este escurridizo e indescifrable virus. Pienso en nuestros muchachos, yerno, hija y nieta. Tan responsables y amorosos con los abuelos de ambos lados. Con toda la familia. Amorosamente cuidadosos con sus hijas. Caretas, cubrebocas, lavado de manos constantes, sana distancia. Pocas reuniones en esta pequeña familia que somos y siempre en el jardín con distancia de mínimo tres metros. Pero han tenido que salir también a asuntos de trabajo. A hacer el súper para sus hijos. En una de esas. Imposible saber dónde. Y nosotros aquí, impotentes ante esta paradoja, este absurdo, de no acercarnos, sin poder apoyarlos como quisiéramos todos.
Y dentro de tanta desgracia, un poco el alivio al verlos a través de una pantalla. Saber su mejoría. Ya pasará todo, me digo una y otra vez, sintiendo todavía en mí el punzón en el pecho que, por fortuna, cada vez es menos agudo; aunque en las noches todavía me despierta y ahuyenta mi sueño.
Me pregunto cómo aflorará a nuestro cuerpo, el de todos los ciudadanos, lo que estamos viviendo. La angustia provocada por la amenaza constante. Por el dolor que ha acompañado este proceso de renuncias abruptas de seres queridos, de personas conocidas a las que hemos visto sufrir pérdidas. Los padres que han perdido hijos, hijos que han visto partir a su o sus padres. Hermanos a hermanos. Tantas historias. ¿Cómo somatizaremos la sensación de indefensión ante información imprecisa y tropel de malas noticias que nos rodean? ¿Cómo sanaremos los estragos emocionales que nos está dejando esta pandemia?
¿Qué secuelas físicas y emocionales dejará a su paso lo que estamos viviendo? ¿Cómo nos las arreglaremos como individuos, familias y sociedad para levantar entre todos este reguero de dolor?, me he preguntado en estos meses de profundos vaivenes emocionales.
Las respuestas – me digo- vendrán solas y de muchas maneras. Después de todo el impulso natural de la vida es inherente a nuestra naturaleza. Y junto a los momentos de agobio que la vida trae consigo la lucha por vivir se impone. Y, una vez pasado lo peor, habremos de canalizar de manera adecuada lo vivido. Reaprenderemos a vivir con el dolor de las ausencias arrebatadas por el virus. Cada uno sacaremos nuestra propia lección de vida. Los descubrimientos de nuestros temores y los hallazgos de una fortaleza impensada. Los que quedemos tendremos respuestas en los abrazos de los que amamos y están todavía. De los amigos. Ese abrazo silencioso y dulce que dirá más que todas las palabras. O quizá sea un abrazo acompañado de un llanto catártico por el que saldrá suave o torrencialmente la opresión que el dolor o angustia ha petrificado. Sea como sea, mi deseo y esperanza de que esto pase ya es la de todos.
Mientras tanto mi esposo y yo paseamos por casa. Tomamos el café de la mañana. El, callado, va de un lado a otro. Hablamos con nuestra otra hija. Nos conforta saberla bien junto a su esposo. Ambos bien. Entendemos su preocupación por la hermana, sobrinas. Por todos también. Saldremos adelante. No estamos solos. Nos acompaña ese manto de amor de tantos familiares y amigos que nos arropan con sus mensajes y oraciones. Él escucha música y noticias en radio. Yo leo a ratos. Camus me resulta confortante. Me refugio en la poesía que palpo en mi jardín. En los rostros amados. Se me empaña la vista. Entro a las redes un momento. Me distraigo con series de televisión. Medito. No quiero asomarme mucho a FB. No quiero ver los moños negros en los muros de las redes sociales. Espero a que amaine un poco la tormenta de esta vorágine. Pasará y saldremos bien librados, me digo una y otra vez al tiempo que extremamos cuidados. Ya pasará. Ya pasará. YA PASARÁ.
Y, mientras tanto, sin ánimo alguno o dolo por politizar, es imposible no compartir y mencionar la indolencia con la que llevan las autoridades los registros de casos. La no respuesta e irresponsabilidad de los “encargados de atender” los reportes de Covid. Mi hija intentó reportar su caso, pero nunca obtuvo respuesta directa. Una grabación de “quedarse en casa”. Nada más. El profundo menosprecio a las necesidades de orientación que hay. Las falacias de una narrativa a modo y que se estrella con una realidad que nos dice que estamos solos en esta pandemia. La sociedad está, estamos, solos ante un virus COVID que puede ser letal y el virus de la perversión de una administración de salud, cuyos titulares merecerían ser llevados a juicio.










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