EN DO MAYOR.

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( I )
Sigo con el tema de Argentina. De los tantos que documenté elijo dos casos que representan, en gran medida, una realidad nada ajena a nosotros.
Después de haber recorrido con mis familiares ( Guillermo y Renata), durante casi dos semanas la capital y algunas provincias de Argentina, de platicar con personas de diversas edades dedicadas a servicios turísticos que, sin reticencia, compartieron su preocupación ante la incertidumbre por la crisis que aún persiste y el inminente regreso de Cristina Kirchner ( a la que consideran es verdadero rostro del poder detrás de Alberto Fernández), pude formarme una idea más cercana sobre este país. Los jóvenes que viven en la capital desean salir de él ante la falta de oportunidades de desarrollo. Por su parte, los que viven en sus provincias, tienen como horizonte inmediato la capital, Buenos Aires, a la que llegan en busca de empleos para encontrarse con que, los pocos que hay, ofrecen sueldos muy bajos. No ven futuro.
Tomo como ilustración el caso del joven taxista que abordamos en una de las grandes avenidas próximas al hotel donde nos encontrábamos hospedados. Le pedimos al conductor nos llevara al Restaurante La Cabrera, un sitio reconocido que, tanto el original como su sucursal, se encuentran en la avenida José Antonio Cabrera, Palermo, Buenos Aires. Eran alrededor de las 19:hs con 20 minutos. La distancia del hotel al restaurante, 9 kilómetros. En tiempo, 20 minutos. Nos repartimos los asientos. Guillermo adelante, Renata y yo en el asiento trasero. Vi en el tarjetón del chofer su foto y su nombre: Gonzalo.
Tan solo empezar a acomodarnos, arrancó y metros adelante soltó: “ Me dicen por dónde me voy. No conozco muy bien el rumbo”, dijo con el inconfundible acento Argentino.
Ir a un país desconocido y encontrarnos con un taxista que no conocía la ciudad ¡vaya! Fuimos advertidos por algunas personas que habían viajado no hace mucho a aquel lugar que tuviéramos cuidado porque “en Buenos Aires ya también asaltan”. La facha de turistas se nos notaba. Además, lo habíamos abordado afuera del hotel. Desconfié y no lo pensé: Joven, si usted no sabe, nosotros menos. Y como somos malos guías, bajémonos aquí, dije contrariada. La respuesta fue inmediata: “ Tengo poco de manejar taxi. No soy de la capital. Pero no se preocupen, la aplicación nos lleva ”, se apresuró a decir, haciendo movimientos sobre su celular, colgado al lado izquierdo de su volante. Mis dos acompañantes, aceptaron.
Hasta el momento habíamos recorrido por nuestra cuenta y sin sobresalto alguno, grandes avenidas de Buenos Aires. Nos habíamos encontrado con gente amable que, tan solo escuchar nuestro acento , sonreían amistosos. Al rato bromeábamos con “ ¡Pero, qué lindo!”, tratando de imitar el tono que escuchábamos de manera recurrente al sabernos de México, lo que despertaba nuestro agradecimiento por esas muestras de simpatía y por su hospitalidad.
— ¿De dónde eres Gonzalo?-, pregunté después de unos minutos de silencio, mientras recorríamos iluminadas avenidas y permitiéndome la confianza del tuteo, por su edad. Tenía 28 años. Después de un momento de silencio contestó sin dar visos de querer entablar conversación : “De una provincia cercana a esta capital. Cuarenta minutos de distancia”. Insistí en entablar diálogo deseosa de saber ese lado que como turistas no solemos explorar: cómo nos ven allá, qué piensan los jóvenes del mundo que habitan, qué les preocupa, qué les entusiasma etcétera. El joven contestaba, atento al volante. Le veía tenso, hasta molesto. Dijo que diariamente hacía el viaje a la capital porque donde vivía no encontraba trabajo. Se recibió de mecánico y tenía ya tiempo buscando empleo. Y como él, varios. Mientras tanto había adaptado su auto como taxi y trabajaba de forma independiente. Salirse de su país, era su sueño. La capital, Buenos Aires no le gustaba. Pero, de momento, se ayudaba trabajando en “esto”, dijo con cierto desdén.

Reparé en el tiempo de trayecto. Llevábamos ya poco más de 30 minutos. Lunes y sin tráfico.
— ¿Falta mucho para llegar?
“No. Está ya aquí adelante. Cinco minutos y llegamos, contestó Gonzalo, al tiempo que exclamó animado : “¡Ya me acordé que comí en ese restaurante con mi novia hace quince días. ¡El lugar es fenomenal y se come espectacular !” dijo animado, moviendo la cabeza de un lado a otro, como saboreando el recuerdo.
–¡ Qué bien, Gonzalo! Nos lo recomendaron y tu reafirmas que disfrutaremos-, exclamé.
Guardé silencio, atenta al camino. No vislumbraba indicio alguno de que estuviéramos en una zona de restaurantes. Por donde transitábamos no había nada que se pareciera a la ubicación que el sitio consultado en la página de internet nos dijera que estábamos cerca. Gonzalo paró en un lugar desolado y sin mucha iluminación. Del lado derecho, el río de la Plata. En el izquierdo un edificio de oficinas administrativas que, obviamente, estaban cerradas ya. Más allá, árboles y abriéndose paso por entre los copos, débiles luces . “Cruzan la calle y del otro lado de ese edificio está el restaurante”. Para ese momento, Guillermo ya se había alertado, también. Con calma le indicó: Date la vuelta a tu izquierda y nos dejas a las puertas del restaurante, que desde aquí no vemos ninguno. NO te preocupes por el taxímetro, dijo. El joven titubeó. No nos movimos del asiento. Con desgano, el taxista siguió las indicaciones. No había nada. Todo eso estaba solo. No pude evitar mi temor.
Estábamos en un lugar semi desierto y poco iluminado. No teníamos idea dónde era. Este nos va a asaltar… este nos trajo aquí con intención de perdernos…me dije en mis adentros, con temor. Pero fingí tranquilidad. Antes de que dijéramos cualquier cosa, exclamó: “Una disculpa”. Mencionó algo que traduje como el navegador “me trajo por otro lugar. Aquí no es. Se equivocó”. ¿No te ayudaste con el waze o con aplicación similar?, preguntó Guillermo, quien para ese momento buscaba ya consultar en su celular. Sácanos de aquí, dijimos más como orden que como petición. Yo trataba de que no se notara ni mi enojo ni mi temor. Gonzalo titubeó por un momento, enseguida repuso: “Si… una disculpa, ahorita mismo los llevo. Ya sé por dónde es, ya me acordé. No se preocupen, cierro la cuenta ( se refería el taxímetro), y solamente me pagan el trayecto de aquí al lugar. No estamos lejos”, dijo al tiempo que colocaba la mano en el tablero para borrar la cifra. Habló Guillermo: No. No bajes el taxímetro. No te preocupes por eso. Deja que corra. Solamente llévanos. Gonzalo ya había bajado “el banderazo” y recomenzaba el trayecto. Pero tanto Guillermo, como yo, habíamos alcanzado a ver el precio del viaje.

El joven no parecía apenado. Cuando vi que desandábamos la ruta me tranquilicé. El taxista, tratando de borrar “la mala impresión” comenzó a decir toda suerte de pretextos … que si por equivocación… que lo otro. Yo no quise hablar ya.
La tranquilidad volvió a mi. Y, a medida que entramos por la calle que nos acercaba a nuestro destino sentí una suerte de enojo contra aquel joven. No le creí que se hubiera equivocado. Y el mal momento que nos había hecho pasar no se lo iba a pasar así como así. Antes de bajar le reclamaría. Llegamos al restaurante. Nada qué ver con el sitio donde nos quería dejar. Guillermo bajó y extendió el pago por toda la tarifa que marcó en redondo. Incluido el de la “equivocación”. Desde el asiento trasero observé que Gonzalo, bajaba la cabeza. Creí que se soltaría a llorar. Balbuceó unas palabras, queriendo regresar lo que sobraba. Déjalo así, le dijo Guillermo. A todos nos pasa una equivocación.
Gonzalo recargó su cabeza sobre el volante, apenado. Entendí, entonces. Nuestra actitud lo había desarmado. Mi enojo menguó, pero no del todo. Quise saber de su propia voz, escuchar y leer en su rostro, la razón de su “equivoco”.
–Gonzalo, dime una cosa, porqué cuando subimos a tu taxi aseguraste que no conocías la ciudad. Luego dijiste acordarte que hacía poco menos de dos semanas habías venido a cenar con tu novia, que se comía rico. Casi describiste el lugar que, no tengo duda alguna, que conocías. Pero luego quisiste dejarnos en un lugar solitario a merced de la suerte. ¿Por qué? Gonzalo esquivó la mirada. “Me equivoqué”, dijo, en un tono que traduje entre sorpresa y contrariedad al verse confrontado de manera directa. Bajé del auto y mi reclamo se convirtió en un: suerte, Gonzalo. No desesperes. Y cuiden a este gran país. No se merecen esto. Y – sobre todo- no permitan que nada o nadie, ningún gobierno, los divida y les quite la esperanza. Luchen por eso. Bajé del auto dispuesta a dejar atrás el mal rato. Nos esperaba la cena en el restaurante, a esa hora ya con mucha gente, esperando entrar. Eran cerca de las nueve de la noche ya. El ambiente, el olor que salía de las parrillas disipó el mal momento. Aunque no del todo.

Gonzalo me constató algo que había percibido en diversas personas que trabajan en servicios y que don Antonio, otro taxista ya mayor y de los tantos que abordamos durante los trayectos, nos comentara: “Nunca habíamos estado tan divididos como ahora. Familias discutiendo por cuestiones de partidos, jóvenes que no quieren trabajar. Se atienen al subsidio. Eso y otras cosas más es lo que los Kirchner nos dejaron”. Y por todo lo observado durante nuestra estancia, tenía razón. Gonzalo era un ejemplo. Y no solamente estaba reflejado en él; sino en tantos otros jóvenes que se ven precisados a tomar cualquier trabajo (labura, le dicen allá). Con todo y amabilidad, mostraban una suerte de enojo, de orgullo herido. No. No era contra nosotros. Su enojo, su preocupación, así como la división que hay en el ambiente, aflora en molestia. Hay desconfianza, resabio. No tengo la menor duda que aquel joven no quería asaltarnos. Lo suyo fue un asunto de enojo reprimido. Desencanto por estar en un lugar que no creen merecer. Eso fue lo que vi en los servidores más jóvenes. No así en los más adultos que cuidan y son profesionales en su trabajo porque hay la conciencia que en ello les va que continúe llegando turismo.
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dialogoqueretano.com
(Mañana: Una venezolana en Argentina) .










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