EN DO MAYOR.

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RIP -DEP

Su delgada figura se recortó en el umbral de la entrada de nuestra casa. Llevaba un vestido oscuro y entrecruzaba su cuello un rebozo gris y jaspeados blancos.

-Buenas tardes, Emilita-, dijo aquella anciana cuya imagen me impresionó por el encorvamiento de su espalda y el rostro de tez blanca en el que no cabía una arruga más.

Presurosa, mi madre salió a su encuentro para ofrecerle asiento y un vaso con agua. La anciana aceptó y una vez que intercambiaron algunos tópicos, dijo a mi madre, mirándome:

-Emilita, quisiera pedirte de favor que me prestes a tu chamaca, para que me acompañe al camposanto. Ya no veo bien y como acaban de hacer algunas reparaciones al mausoleo de la familia, me da temor caerme por allí.

Vivíamos a la entrada del pueblo, o a la salida -según se vea, y casi frente al panteón. Nos dividía la que en ese entonces era la ancha avenida principal. En las noches, cuando a la chamacada nos daba por jugar a las escondidas, los más osados se metían por entre las primeras tumbas del panteón, a sabiendas de que allí no serían buscados. No me daba miedo vivir allí. Pero me imponía respeto el lugar. “ No pises las tumbas donde reposan los fieles difuntos… respeta los santos lugares”, fueron recomendaciones que escuché de niña.

Acompañé a la anciana que, con una de sus manos garrudas, se afianzaba a mi hombro de niña de 10 años. Entramos y pidió que leyera los nombres de las cruces por las que pasábamos. Algunos estaban desdibujados y yo hacía lo que podía volteando a ver su rostro que se ensombrecía más a medida que avanzábamos por aquel lugar que transpiraba solemnidad. Pronunciaba yo el nombre del difunto y las fechas, pero obviaba las tres letras que la mayoría de las cruces tenían y que no sabía qué querían decir: RIP.

-¿Solamente tienen los nombres y fechas, niña? ¿No dicen nada más? – preguntó la anciana.

-Casi todas tienen unas letras que dicen: RIP, o DEP-, contesté apenada, sin saber por qué.

-¿No sabes lo que quieren decir esas letras, niñita? RIP Requiescat In Pace, o Descanse En Paz- explicó la anciana, sin más.

Respiré tranquila. Había aprendido algo que era desconocido para mi. Repetí para mis adentros una y otra vez el significado, para que no se me olvidara.

 Llegamos al enorme mausoleo de la familia de la anciana. Sobresalía de entre las de alrededor, la mayoría modestas. Algunas con apenas montones de tierra comprimida y cruces con letras desteñidas por el tiempo y -quizá- por el olvido. O, también, por las lágrimas de los humildes deudos. No lo sé. Pero, más tarde, entendería que junto al juego que es la vida, está también la certeza de la muerte que viene por igual para ricos y pobres. Llegado el momento no seremos más que polvo y suspiros del tiempo cuyo recuerdo quedará en un nombre inscrito en pretenciosas o modesta lápida que sustituirá con su frío material un cuerpo que ya no será más.

 Bajamos por unos escalones que estaban recién hechos al interior de la bóveda familiar. Al centro de éste había un altar. La anciana se estremeció al hincarse con trabajos y con mi ayuda frente a la tumba más fresca: la de su nieta recién fallecida, apenas al cumplir 15 años. De su pecho seco salió un sollozo dulce, profundo, doloroso. Sus ojos secos, solo avivados por el dolor y el rezo de la promesa de un no lejano encuentro con su amada nieta, muerta a causa de una enfermedad que – después supe- tenían los descendientes de la familia. Enfermedad de Reyes, decían por allá o acá.

 Aquellas imágenes me acompañarían inquietas, buscando acomodo en mi cúmulo de vivencias que saltan a reclamar su no olvido. Como ahora.

 “ENTRE SUERTE Y MUERTE, HAY ALGO QUE SUENA IGUAL”

(Para VN, escritora, poeta y querida amiga que hubo de dejar el país, junto a su familia, ante un hecho de violencia vivido. Para ella y todos los que han dejado el país o su tierra por esas razones)

Había una canción que se escuchaba por los años 70s en voz de una cantante cuyo nombre no recuerdo, ¡ingrata memoria la mía! No logro acordarme de su interprete, pero si algo de sus estrofas y tonada:

“Mi país, mi país, es un niño sin nombre,

mi país, en la cara del mundo nació.

Piensa que tiene consigo la suerte …

tal vez no sabe vivir…,

porque no entiende que entre suerte y muerte

hay algo que suena igual.

Mi país, mi país, piensa en oro sembrando maíz…”

Hoy, a menudo me sorprendo tarareándola. No con nostalgia, sino con la consciencia del país que habito y que no tenía yo en los años en que solía cantarla por toda la casa, en mis épocas de secundaria y pasaba de una canción a otra hasta detenerme en todo el repertorio de Rocío Dúrcal mi favorita y, en especial, con su “Trébole” y “Los piropos de mi barrio”.

Años tardó en acomodarse en mí el cúmulo de información que traía desde casa, cuando en cada tarde las tías y mi madre se reunían en la enramada interior de la casa del abuelo materno, Wenceslaos y contaban las historias familiares o los sucesos importantes del pueblo. Por estas fechas sus charlas eran en torno a los ausentes y paliaban su tristeza con las anécdotas divertidas que siempre hubo en la familia. La risa, el canto la poesía eran la manera de rendir tributo amoroso a los ausentes y la manera de entregar lo mejor de ellas a los que estábamos presentes .

 Afuera de la casa, los muchachillos llenábamos con nuestros juegos y gritos las calles, mientras mi abuelo al que llamábamos de cariño : “Papa Wences”, nos miraba, sentado en su silla, esperando la hora de tertulia con sus tres amigos que tarde a tarde iban a visitarle para platicar de política y – decían en la familia- de sus aventuras amorosas. Viudo a los 89 años, su fama de enamorado irredento nunca menguó. Cuando se conocieron con mi abuela, ella iba a cumplir 18 años, él tenía 37. Mi abuela murió a los casi 70 años, aquejada por la diabetes. Mi abuelo a los 110 años, entero, caminando derechito, salvo una muela extraída, toda su demás dentadura completa, su memoria, igual y , aunque presumía tener buena vista, lo cierto es que tenía dificultades para ver de lejos. Pero admitirlo… ¡nunca! Antes bien, todavía a sus 100 años gustaba de presumir que podía ver la hora en su reloj de pulso.

 ¿Por qué hablo de mi abuelo? Porque – ya lo he comentado- su presencia en mi vida fue muy fuerte. Y siempre nos cobijó – a mi madre y a nosotros, sus hijos – con su amor, dulce, gentil. Porque a la distancia, cuando las imágenes de la infancia se acomodan en la adultez, dimensiona uno aquello que influyó en nuestros afectos. Y el abuelo que yo conocí fue el dulce cantor, el suave regañón, la grácil figura que se sentaba en la cabeza de la mesa a almorzar o comer. Y lo hacía con un cuidado y respeto por los alimentos y los demás. Por supuesto que no escapó al machismo de la época. Pero eso es otro tema.

 Hoy hablo del abuelo que siempre privilegió la buena conversación, las buenas amistades. Porque de él, de mi madre, mis tías, aprendí a amar profundamente a nuestro terruño. Y porque, a menudo, cuando pienso en lo que se ha convertido mi entrañable Estado, Guerrero, mi país todo, se me atraviesan los rostros de mis ancestros y de los que no lo son, pero que nos enseñaron que pese a los rigores de la época que vivieron, amar la vida es la grandiosa tarea que tenemos encomendada. Se fueron con la certeza de que al morir tenían un lugar que acogería sus huesos viejos para fundirse en un proceso natural con la tierra en la que nacieron. Y de ellos aprendí a amar el conocimiento, más que el tener bienes materiales o el sentido de posesión. Porque ese fue mi punto de partida y durante mi trayecto tejí sueños a largo plazo, sin imaginar que llegaríamos en el país a este punto de infamia y desprecio por la vida.

 Porque acaricié el sueño de que, llegados mi edad de jubilación y si estaba viva, construiría una casita en mi tierra, cerca del mar, y me dedicaría a escribir, dar clases y , de esa manera, honrar también la memoria de los míos. Compré entonces un terreno para llegado este momento. Hoy, la violencia, el narcotráfico y la descomposición social hace imposible el tránsito libre. Irme a vivir allá es causarles a los míos que están aquí, la angustia de saberme insegura y someterlos a ellos a peligros innecesarios. De manera que no es la renuncia a ese sueño lo que duele, tengo la característica de tener siempre a la mano otros y ubicarme en el aquí y el ahora.

 Pero a lo que no renuncio, ni quiero aterrizar, es a vivir en esta violencia que veo. No la acepto como parte de lo cotidiano. No renuncio a caminar con los ojos abiertos a las cosas buenas que la vida ofrece, pero tampoco a mi capacidad de conmoverme con el dolor ajeno. De indignarme ante las injusticias y continuar alzando mi voz para recordar que nada puede estar por encima del don de la vida que, con todo y las limitaciones que como humanos tenemos, contamos con las armas espirituales para enfrentar a la bestia que insiste en matar lo que de racional nos queda. A eso no renuncio.

 Ni a eso ni a tantas cosas más. Amar a los míos, disfrutar la belleza de lo cotidiano, al saludo gentil de los buenos días y tomar el café con mi compañero de vida, a los pequeños y comprensibles desacuerdos que todavía nos rondan y que me hacen mantener despierta para no caer en la chicha calma de la indolencia, a estremecerme con la voz , la mirada y sonrisa de los niños todos, aceptar con agradecimiento las grietas que en mi piel me vayan haciendo los años, el cariño de la gente de mi tierra ( mis paisanos) que conoce a mi familia , a mis pocas amistades de toda la vida y las que voy haciendo en el camino. Voltear a mirar al cielo, orar agradecida y esperanzada por un mejor mañana, un mejor país. A eso, ni a tantas otras cosas más, no renuncio .zaragozacisneros.jovita@gmail.com










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