EN DO MAYOR.

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¡Ay señor presidente… usted sí que la supo hacer!

Vendió bien su imagen de izquierda y hasta habló de justicia.

Y más rápido que pronto hemos visto, que hay mucho de estulticia

Y que todo esto se ha tratado de disimulado afán de Poder

 

¿Quién pierde o gana más en esto, si se tratara de medir?

¿Usted que prometió el oro y el moro para llegar a la presidencia,

o los ciudadanos del montón, que hartos de tanta indecencia

dimos voto de confianza al político que no vaciló en mentir?

Nadie cuestionamos el fondo de verdad que hay en muchos de los señalamientos que el presidente hace sobre la corrupción y los niveles de penetración en la vida de México. Su loable – aunque cuestionable en su forma- lucha, es comprendida por una mayoría que tenemos claro cómo esa práctica ha consumido las entrañas de este país. Sabemos también que este escenario le fue heredado. Pero no era algo que ignorara y no es cosa menor que él esté descuidando otros aspectos delicados y que degradan la vida toda y la salud de los ciudadanos. La más delicada, la violencia. En especial hacia los comunicadores y periodistas.

Dice el dicho que callar es conceder. Y el presidente nada o poco dice sobre los ataques y asesinatos de los comunicadores. En los Estados donde gobiernan cuadros afines al presidente y su partido, continúan los ataques sistemáticos. Y él nada menciona. Y si dice es para hablar del tema con cierta lejanía, como si le fuera tan ajeno. Como si él, en su calidad de máxima autoridad, no pudiera ordenar a sus gobernadores que rindan cuentas sobre lo qué está ocurriendo en los Estados que gobiernan.

Vemos perfectamente que mucho del actuar de los cercanos a su gabinete es en función de cómo actúa él también. Así era a la vieja usanza, modelo que él ahora replica. Aunque parece “olvidar” que mucho hemos caminado como para tragarnos el cuento de que no tiene nada qué ver en las reglas de control y descalificaciones que los suyos están llevando a cabo, también.

Señor presidente, ¡por favor!

LA SOMBRA DEL CAUDILLO.

No te adelantes a juicios, Niniane; ya vi tu irónica sonrisita. Nada tiene que ver el subtitulo de arriba con señalamiento alguno. Es para comentar un hecho que presencié hace unos años y que está relacionado con el poeta David Huerta y las desafortunadas  (¿inocentes también?) declaraciones de Marx Arriaga, director general de Bibliotecas del Gobierno Federal. Declaraciones en las que el sector cultural ve una clara descalificación hacia todo lo que estorbe a los intereses de la llamada 4T y que ameritaron la enérgica protesta del poeta y escritor David Huerta y Verónica Murguía, quienes enviaron una carta al correo ilustrado de La Jornada. Aquí uno de sus párrafos: “Resulta siniestra la vocación fascistoide de las declaraciones de Arriaga, un funcionario que traiciona la esencia del trabajo de un bibliotecario: velar por los libros y por el conocimiento, incluido los “textos” con cuyas ideas no comulga…” (fin del párrafo) .

Para el presidente o sus incondicionales, que ven en toda critica a enemigos y califican de “conservadores” a quienes no piensen como él o ellos, comparto un episodio que presencié en agosto de 1997, fecha en que asistí a un “Seminario de Lecturas Guiadas” en el Centro Nacional de las Artes (CNA). Una de esas Lecturas fue impartida por David Huerta.

Hago un paréntesis para mencionar a Ricardo Garibay (1923-1999) , con su Lectura sobre “El CANTAR DE LOS CANTARES”, ¡Qué delicia! . Con la intensidad y la vis melodramática de Garibay, nos tenía arrobados a todos los asistentes y entre cuyo público estaba también Elena Poniatowska. Pero ya hablaré en otra ocasión de esos Seminarios y el nivel sin igual de los ponentes.

Vuelvo a David Huerta con su lectura de LA SOMBRA DEL CAUDILLO, novela de Martín Luis Guzmán . Le recuerdo hablando sobre la obra de Luis Guzmán y su contexto y peso en la historia de México. En una de esas, mientras Huerta hablaba sobre el tema, me percaté de la entrada al auditorio de dos hombres corpulentos, cuya fuerte presencia se sintió en el ambiente. El número de asistentes al Seminario era variable y en ese momento nos encontrábamos pocos en el aula. Los hombretones aquellos vestían sacos negros y uno de ellos (según recuerdo) tenía bigotes y lentes oscuros. Entraron con toda la intención de hacerse notar. Se sentaron a cuatro hileras de butacas detrás de la mía. No eran personas interesadas en la literatura, ni en el periodismo. Eran guaruras o gente de Gobernación. Traduje su presencia allí y el mensaje implícito con ella: “te estamos viendo, fíjate bien en lo qué dices, cómo lo dices”.

Cualquiera que haya leído el libro en cuestión, sabrá de qué hablo.

Esto fue en tiempos de la presidencia de Ernesto Zedillo, cuyas circunstancias de acenso, recordemos, se dio en calidad de bateador emergente después de asesinato de Luis Donaldo Colosio .En Gobernación estaba en ese momento Emilio Chuayffet, cargo que ocupó del 28 de junio de 1995 al 3 de enero de 1998. Saquen conclusiones.

Ignoro si David Huerta recuerda ese pasaje, pero yo no tuve duda alguna de qué se trató de un claro mensaje intimidatorio. Y vale la pena recordar también lo siguiente: el gobierno de Zedillo no fue ajeno a las muertes de periodistas. Las cifras señalan 19 asesinatos ocurridos, 67 por ciento menos que en el periodo Salinista , en el que se registraron 57 periodistas asesinados.

Por ese episodio que aquí comento y por lo que estamos viendo ahora, entiendo la justificada indignación de David Huerta y Verónica Murguía. Los que hemos sido testigos del transcurrir de la historia política en México, sabemos bien que había un gobierno represor y que nada de lo que viniera de Gobernación le era ajeno al presidente. El sistema creado por el PRI fue de tal control, que no había forma de enfrentarlo. Las alianzas que tejió, las voluntades que compró; en fin , todo lo que sabemos que fue permeando en los ámbitos de la vida nacional. El rompimiento con ese molde no ha sido completo. Quedan reminiscencias y veo intención de retomarlo en esta actual administración. Están dando vueltas para marearnos y llevarnos al mismo lugar. Aunque algunos politólogos opinan qué el retroceso será aún peor.

Pero, con todo, algo se logró en el proceso democrático de ese México, hasta llegar al 2018. Y aunque lento, nuestro camino hacia una aceptable libertad ha sido gracias a tantas voces que pugnaron y han pugnado por lograr una expansión del libre pensamiento. Por eso no caben expresiones como la de Marx Arriaga y gente de la pretenciosa 4T. Tampoco caben las constantes evasiones que AMLO da a ciertos asuntos y a temas que son tan sensibles para la vida democrática de México.

Y por eso me pronuncio, también, para que el Presidente de México no trate de borrar de nuestro registro histórico un logro que nos corresponde a todos y del que él ha sido también beneficiario. Que no trate de acabar con lo que han impulsado hombres y mujeres que trabajaron para abrir espacios de libertad y fueron regando con sus obras saber y conocimiento a la sociedad, hoy amenazadas por una sutil y subrepticia estrategia de control mediático que busca uniformar el pensamiento y controlar a la crítica.

Que no se equivoque y nos quiera marear con esa imagen de santón del virtuosismo que quiere vendernos. Queremos respeto y que tenga consciencia de que lo que él señale, permea o da permiso a sus incondicionales para el denuesto y ataques a la libertad de expresión.

zaragozacisneros.jovita@ gmail.com 










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