EN DO MAYOR.

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“…A los que van armados con el rigor y el conocimiento, difícilmente se les podrá embrutecer con las ideologías y las mentiras. El conocimiento forma así lo esencial de la herramienta ética. Detrás de todo ello, viene la rapidez, que es una categoría fundamental de la inteligencia” (Ikram Antaki) .

SAN ANDRÉS …SAN ANDRÉS… LIBRANOS DE TODO MAL.

Su mirada suele perderse en un punto imaginario. Parpadea y hace pausas prolongadas y, antes de terminar la frase, recurre de manera continua a la muletilla “este….”. Su mirada pasea por el foro de reporteros que aguardan con la mano levantada a tener la suerte de ser elegidos para hacerle su pregunta.

Su repertorio de palabras es limitado y trata de compensarlo con regionalismos de los que constantemente echa mano. “no me cuquen”. Retazos de refranes que de tanto escucharle resultan cansinos y hasta molestos. Sonríe socarrón al tiempo que pasea la mirada, midiendo el efecto de sus recurrentes “puntadas” en el ánimo de los asistentes.

“Me canso ganso…”, (eufemismo de “soy chingón” o “a huevo”), dice animado mientras sus ojos sonríen. Esta es -quizá- la frase que más alude, después de “fifis … mafia del poder… y pueblo”.

De vez en vez menciona al tigre. Esa figura que saca a pasear cuando conviene dejar claro que hay en el ambiente del país la enorme sombra de una fiera dispuesta a atacar a quienes decidan contradecirle con insistencia. Los reporteros callan. No preguntan, no lo instan a que precise quién es ese tigre al que tanto alude y que -seguramente – él alimenta a conveniencia . Tampoco le piden explicaciones sobre quién tiene la llave de la jaula donde está encerrados el tigre y su manada , listo a saltar a una de sus órdenes. ¿Quién o quiénes , además de él, tienen esa llave: ¿Fernández Noroña? ¿La parejita conformada por Bejarano y Padierna? ¿Martí Batres? ¿Los hijos del presidente? ¿Marcelo Ebrard?

Amo y señor de su escenario, político de la vieja escuela, hijo del sistema, sabe cómo manejar las emociones de ese “pueblo” al que tanto alude. Por eso pudo llegar al puesto máximo del país. Lo suyo es el lenguaje simple, pero “llegador”, el que a algunos nos suena a sobada de lomo; pero que a la gente a la que nunca osaron mirarla los demás presidentes tan lejanos al clamor, tan ausentes de esa realidad, tan insensibles al dolor de los tantos olvidados , usados en tiempos de elecciones y desechados luego, lo sienten y hacen suyo.

Él, López Obrador, sabe eso. Sabe que una amplia base del pueblo camina con sentimientos y emociones a flor de piel. Un pueblo desbordado en generosidad, si; pero que también tiene acumulados resabios hacia una clase política rapaz. Y está enojado. Y tanto, que no ve quién se la debe, sino quién se la paga. Él lo sabe. ¡Vaya que lo sabe! Y administra esos enojos. Se blinda con ellos.

Andrés Manuel López Obrador ha llegado allí después de una larga travesía en la que sorteó escollos, usó a conveniencia a quién quiso. Y se dejó usar también. Guardó silencio e hizo mutis volteando la mirada hacia otro lado, cuando alguno de su grupo transgredió principios que él enarboló con tanta pasión. Hizo pactos que hoy tiene que cumplir. Por eso insiste en defender lo indefendible. Él se sabe una válvula que permite salir el vapor de una olla que amenazaba con estallar. Es una pieza que se sabe necesaria en el engranaje del sistema que persiste en nuestra forma de vivir y que él se encarga de darle respiro.

Para eso ha vendido su imagen de puro. De bueno. Se ha aferrado a esa su verdad y no parece tener problemas con el peso de una autoridad moral auto conferida. Porque es en los otros donde habitan todos los males. En aquellos que le siguen y que se entregan con incondicionalidad y obediencia a su palabra y mandato no existen fallas. Los corruptos son los otros, los que se enriquecieron al amparo de un sistema que hoy el replica en las partes que le convienen.

“No mentir, no robar, no engañar”, dice que son sus pilares morales. Pero usa y solapa a los mentirosos, a los que han robado y han engañado. Como el gran manipulador, o el padre o la madre, ve en los hijos de los otros los defectos, pero no en los que caminan a su lado. En su reino del bien no existen los impuros. Después de todo “cada quién sus corruptos”. Y su “lógica” nos obliga a entender e interpretar los matices que él pone a modo. No es lo mismo ser corrupto, que corruptote o corruptito. No son lo mismo los corruptos de enfrente que los míos o que caminan junto a mí.

Visto así, entonces ¿acaso no es él un claro representante de lo que somos una parte de los mexicanos? ¿No coexisten en AMLO esas partes de nuestra cultura que nos ha conformado como individuos y sociedad?

Su personalidad no es especial, pero si compleja en su simplismo. Porque eso somos: bizarros en nuestra falta de definición, huidizos en nuestros compromisos de fondo, gandallas para sobrevivir frente al gandallismo de los otros, desmemoriados o memoriosos, según convenga. Eso y más. Seductores para caer bien, bullangueros para mostrarle al mundo nuestra alegría, ruidosos para cubrir nuestras carencias internas. Y tremendamente comodinos y reacios a crecer como individuos completos en el desarrollo de nuestros potenciales.

Luces y sombras nos habitan y acompañan. En su complejidad y simplezas están parte de las nuestras. Baste analizar las entrañas de nuestra identidad para reconocer en él representadas algunas de las características. Esa parte pícara y vivaracha que puede caer bien a tanta gente con su forma de caminar por la vida, sin complicaciones y escondiendo su taimadez y mirada pueblerina que no encuentra acomodo en la vastedad del mundo que hoy la tecnología nos muestra en su crudeza y nos mantiene sumergidos y aislados en un individualismo narciso y complaciente.

FE SOBRE RAZÓN.

“La anécdota se promovió al rango de logro nacional y la liviandad se volvió sinónimo de felicidad. ¿Cuál es este misterio que ordena las recesiones?, ¿en qué lo mejor sea vencido por lo peor y lo valioso se encorve frente a lo despreciable? ¿Cuál es el enigma de este pueblo que parece llevar entre las costuras de su alma la fatalidad de su decadencia?” ( Ikram Antaki, “El pueblo que no quería crecer”)

Si en el actual presidente hay rasgos que son comunes a un grueso de los mexicanos, los otros presidentes, los que le antecedieron también fueron representativos. Cada uno en su tiempo y época nos ha representado.

Baste un pequeño recorrido y sentir como se nos desgranan , cual cuentas de un rosario, aquellos rasgos que delinean ciertas características que saltan una vez estando en los puestos de poder.

–¿Quién no recuerda el hipócrita servilismo y acusada gravedad en el carácter de Luis Echeverria Álvarez.

–¿Acaso alguien olvida la frivolidad y actitud melodramática de López Portillo?

–Ni qué decir del talante tibio y “mocho” de Miguel de la Madrid.

– -Indefendible la perversión y desmedida ambición de poder de Carlos Salinas de Gortari, tan presente aún en la vida pública y perseguido por una historia familiar que todos sus millones manchados no pueden limpiar.

–¿Cómo disociar el ascenso turbulento a la presidencia del nerd suertudo, Ernesto Zedillo, de aquel episodio tan obscuro en el México de Luis Donaldo Colosio?

–Y no hay manera de soslayar la mocheria llena de ocurrencias e impertinencias ni el machismo con el que disfrazaba su carácter mandilón Vicente Fox, hoy activo en las redes sociales y en constante confrontación con el actual presidente.

–¿Y la inobjetable inteligencia y carácter dictatorial de Felipe Calderón?

–Y cierra el sine qua non plus ultra campeón de la frivolidad, cinismo, oquedad y carencia de pulso social, propia de la clase política que lo formó, Enrique Peña Nieto.

¡Ah la gran silla mágica del poder! ¡Ah, los presidentes!

Cada uno con sus afanes particulares y sujetos a los intereses grupales. Cada uno atrapado en las trampas de sus luces, sombras y delirios tan de ellos y tan nuestros. Cada uno rodeado de lenguas sibilinas que emiten palabras encantadoras, cantos victoriosos de batallas inventadas. Cada uno llevando entre sus espaldas las esperanzas de una sociedad fragmentada que se niega a tomar también la parte de responsabilidad correspondiente. Una sociedad frenética, llena de trampas y de un pueblo que sostiene con su trabajo el caminar de este país. Un pueblo que es lo mismo masa amorfa o tigre capaz de reír y llorar, al tiempo que ruge con música y busca entre el cementerio de dolor y de sangre justicia para sus muertos y desaparecidos.

Rosario de afanes. De ellos y nosotros. Realidades y pesadillas caminan de la mano en este México, cuerpo de tigre y rostro deforme que el presidente actual insiste en transfigurar y “arrullar” con su voz de cada mañana.

zaragozacisneros.jovita@ gmail.com

dialogoqueretano.com










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