EN DO MAYOR.

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Enterarse por las noticias de las desapariciones y asesinatos de personas en nuestro país, es una cosa. Ver los rostros de dolor de los familiares que les buscan y piden al Estado una respuesta que no ha llegado, es otra.

Inmersos en un mundo informativo donde es tratado con el mismo matiz el hecho más relevante que el más trivial, hemos terminado por perder la proporción de hechos que en una sociedad, todavía sana, movería a hacer un alto en el camino para solidarizarse con los familiares de las víctimas y recapacitar sobre dónde estamos parados y hacia dónde vamos. Desde hace tiempo, cuando la violencia no había alcanzado los niveles que hoy tenemos, apenas tuvimos a bien realizar algunas manifestaciones y ser testigos virtuales de convocatorias a marchas que se convirtieron en meros relámpagos fugaces en el cielo gris de nuestra indiferencia colectiva y ciudadana. Siempre testigos pasivos del hacer de los otros, ciudadanos apáticos y envarados en la esperanza de que los gobiernos en turno hagan algo, continuamos en esta egoísta actitud de sumisión ante el miedo paralizante que nos impide tomar acciones colectivas, aún sabiendo que estamos rodeados de una violencia sin precedentes. El número de desaparecidos en nuestro país aumenta. Los datos más recientes hablan de 40 mil personas.

Este viernes 10 de mayo, como desde hace años, en diversas ciudades del país se viene realizando la marcha de familiares de los desaparecidos. Aquí en la cdmx, ese día arribaron familiares provenientes de diversos Estados de la República y se dieron cita en el Monumento a La Madre para iniciar la caminata del dolor hacia el Ángel de la Independencia. La cita fue a las 10 am. Pero desde una hora antes comenzaron a arribar los deudos con las pancartas que mostraban rostros y nombres de sus desaparecidos. Antes de salir, una misa oficiada por dos sacerdotes, para quien quisiera acercarse a escuchar. Y luego el penoso trayecto. Justo es decirlo: poca presencia ciudadana de acompañamiento a los familiares de los desaparecidos. Poca solidaria y real presencia solidaria. La mayor participación está desde las redes, ese espacio virtual de donde salen toda suerte de diatribas y permite escabullir un verdadero compromiso de acompañamiento. Esa es la trampa. Opinar, calificar a la distancia, sin darnos permiso de escuchar de viva voz y acompañar en el dolor a los deudos. Unirnos a ellos para hacer frente común a estos sucesos que, a decir del representante en México de la Alta Comisionada de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Jan Jarab, presente en la marcha, el gobierno actual reconoce el tamaño de problema.

Mientras tanto, la exigencia para que las autoridades tomen medidas que fortalezcan los sistemas de búsqueda de víctimas, continúa. Y, aunque hay señales alentadoras del actual gobierno, es un trabajo conjunto y de verdadero compromiso en el que se requiere construir una serie de mecanismos eficaces, a la par que no permitir que la impunidad continúe. “Los miles de casos de desaparición que hay en el país son responsabilidad de una serie de “gobiernos criminales” que han recurrido a este crimen de forma deliberada para usarlo como una herramienta de control social. Esto de las desapariciones forzadas y la impunidad en la que se les mantiene es deliberado, para tenernos paralizados y aterrorizados, porque se han dedicado a vender este país”, dijo el obispo de Saltillo, Raúl Vera, en el cierre de la marcha.

ROSTROS DEL DOLOR Y LA ESPERANZA.

Imposible no conmoverse ante los rostros que, con sus cartulinas, o mantas impresas, mostraban el del familiar, con la esperanza de que los medios que allí estábamos captáramos el de su desaparecido. Imposible no estremecerse ante el padre que está allí solo y con su inmensa y profunda orfandad en su mirada, porque la esposa ha enfermado o ha muerto, consumida por la pena de no saber más de su hijo/a; y por eso, ellos, los padres que sobreviven , sacando fortaleza desde la entraña del dolor estaban allí, dando continuidad al justo reclamo y acompañando a los demás que transitan ese camino de inenarrable desolación. Los gritos y consignas de cientos de voces se esparcían al paso de la caravana . “¡Dónde están, nuestros hijos, dónde están…¿Por qué los buscamos? Porque los amamos…Hijo, escucha, tu madre está en la lucha…Vivos se los llevaron, vivos los queremos…! ”, gritaban una y otra vez, intentando romper con eso la inacción de un gobierno y sociedad que han elegido ser meros testigos, omisos y lejanos de una realidad que parece no tocar las fibras más íntimas y sin tomar dimensión de lo que significa esto para la vida en un país, inmerso ya en una violencia que solamente puede entenderse en sociedades esquizofrénicas y donde se ha perdido el rumbo de lo humano.  

Historias por aquí y allá. “La madre cuyo hijo fue secuestrado al salir de la escuela y, pese a pagar el rescate , nunca le entregaron al hijo o hija… el joven empresario, con dos hijos pequeños, al que extorsionaron y , apenas pudo pagar el rescate, y nunca más han sabido de él. .. la jovencita que salió a la escuela y no volvieron a saber de ella…el jornalero, la maestra, el doctor, el músico, la empleada doméstica, la oficinista, la joven madre que iba por su hijo a la escuela…” .  

Escuchas y escuchas las historias. Y sabes que los que marchan allí, están unidos por una misma razón, hermanados por experiencias, cuyo dolor sólo tienen cabida en la parte límite de la existencia humana. Y te estremeces. Y cada una de sus lágrimas forma parte de un extenso e interminable rosario que acompaña sus plegarias. Y duele su dolor. Y, aunque no quieras, brotan las lágrimas. Y sorbes unas, limpias otras. Y las palabras se anudan y, obedeciendo al sentido común, callan respetando ese momento. Y ya no hay manera de continuar tu camino sin que eso te acompañe.  

¿Qué sostiene a una madre cuya hija de 20 años salió un día a trabajar y ya no regresó? Una joven que soñaba con ser médico. Buena médico y ejercer en su país, o apuntarse a médicos sin fronteras para ayudar a enfermos que habitan regiones del mundo en situación precaria. “El dolor amenaza con matarme, pero el amor y la esperanza de que aparezca me sostiene”, me dijo una madre de Sinaloa y que se ha unido hoy a colectivos y está en la cruzada de la búsqueda de desaparecidos. No hay manera que el dolor de esa y todas las madres no toque tu humanidad y la pienses con sus noches y días oscilando entre la resignación de nunca más, o la débil esperanza de que quizá, su muchacho o hija, esté en un lugar sufriendo explotación o vejaciones de todo tipo. Pero con vida. Con vida. Porque eso es lo más importante para la madre que se aferra con la parte más poderosa que puede mantenerla en píe: la esperanza. La que le da fortaleza para esa espera de verle aparecer algún día y con la fuerza del amor que nace desde esa entraña, le haga olvidar todo sufrimiento infligido por aquellos que -sabrá Dios porqué recónditas razones (si es que las hay)- se dedican a hacer el mal. 

Y a medida que pasan los días y los años sin tener noticias, van concediendo. Si no está vivo, si lo mataron, por lo menos digan dónde está el cuerpo amado para darle digna sepultura. Ese pequeño y gran consuelo de encontrar los huesos y darle su dignidad a quien tuvo un nombre, un rostro , alma y sueños que llenaron un espacio. Ese es el punto medular que sostiene a todas esas madres: la esperanza de saberles vivos… o – en ultima instancia, por lo menos la certeza de que han muerto. Hasta entonces , hasta que sean encontrados los amados huesos podrán asumir el duelo de la pérdida. Antes no. 

  zaragozacisneros.jovita@gmail.com dialogoqueretano.com  

Y QUE CUENTE TAMBIÉN LO BUENO…y si he dado cuenta de cómo, para bien o para mal, desde lo cotidiano vamos construyendo como individuos la vida pública y social del país, documento uno de ellos.
En días pasados, Beatriz Gutiérrez M, esposa del Presidente, dio una lección de responsabilidad a su hijo, Jesús Ernesto, durante una visita a la Secretaría de Gobernación que hiciera con su hijo. Trascendió que mientras su hijo la esperaba en el estacionamiento, decidió jugar un poco con la pelota. Un lance accidental y un foco roto, fue el saldo. Fue el niño quien contó a su mamá lo sucedido. Y la respuesta de la madre fue ir en compañía del hijo a comprar el foco y regresar a restituirlo. Sin duda, una lección de responsabilidad que el niño no olvidará.   Y este acto cuenta. Y mucho.










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

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