EN DO MAYOR.

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En alguna ocasión en un ejercicio en un taller de literatura, sus integrantes analizamos el perfil psicológico de los personajes de un cuento: una pareja. En el relato la figura de él encarnaba a un exitoso empresario, un hombre lleno de ansiedades que canalizaba a través del cigarrillo y , ocasionalmente, del alcohol. Un neurótico y controlador que exigía a sus hijos excelencia en el desempeño escolar. Irascible y tirano, ejercía su poder sobre la familia ante la mirada pasiva de la esposa; una mujer amorosa con sus hijos y que resistía de manera callada los embates del carácter del esposo y cuyo refugio era la oración constante en el templo de su congregación.

Todas las miradas se enfocaron en cargar las culpas hacia el malo del cuento y se exaltaban las virtudes de la mujer, como símbolo de la abnegación y o sumisión ( no es lo mismo uno y otro atributo) y como figura de balance salvador en ese pequeño universo familiar.

En lo personal no me interesó tanto hablar sobre lo que para mi estaba claro de él. Sus debilidades, dolores y carencias estaban manifestadas a través de actitudes que le rebasaban. No era un personaje difícil de descifrar. Mi interés y lo que me daba la complejidad era ella: la esposa. La figura cuyo virtuosismo estaba asentado sobre los defectos de él, algo que me parecía muy tramposo. Para mi, ella era más digna de analizar. En su docilidad y sumisión, vi violencia.

Fue allí donde me hice la primera pregunta: ¿No reproducir el mal, pero permitirlo y convivir con él, te hace bueno o mejor que el otro o que los otros?

No me convence el virtuosismo que se asienta en los defectos de los claramente erráticos. Conozco demasiado casos tramposos de pretendida benevolencia y virtuosismos construidos y sostenidos sobre los defectos de los demás.

La literatura que analiza la psicología las relaciones humanas, cuando habla de casos de opresor y oprimido destaca las “ganancias secundarias” que adquiere el oprimido al permitir serlo. Es decir, ¿qué obtengo a cambio de permitir que el otro ejerza sobre mi y lo que me rodea sus actitudes vejatorias? ¿Qué consigo a cambio de cerrar los ojos ante una violencia que me niego a llamarle tal y que minimizo para no precisar de mi acción que me saquen de esa zona de confort que significa entregar al otro el control de mi vida?

En este caso hablo de ejemplos de convivencia de pareja y de ámbitos privados; pero también aplica en campos humanos sociales más extensos y externos, presentes en la vida pública y colectiva, en los que se reflejan la filosofía de vida de nuestra errática humanidad.

Esa nuestra humanidad y sus trampas que nos llevan a perder la dimensión de nuestros limites y potenciales. Las misma que nos impiden reflexionar sobre nuestras responsabilidades, derechos y deberes. Y nos impiden también dimensionar con justa, sana y honestidad las que están presentes en el imaginario colectivo, donde compramos muy fácilmente los esquemas de victimas y victimarios, opresores y oprimidos, pecadores y virtuosos, buenos y malos.

¡Qué bien nos viene aquello de clasificar y pasar por el tramposo rasero que mide a conveniencia lo bueno en nosotros y malo en los otros! ¡Cuánto vende el victimismo! ¡Cuánto alivia al tramposo virtuosismo construido sobre los defectos de los otros!

LA DELGADA LINEA.

Las trampas de la mente son infinitas. Dice Dante Alighieri en su Divina Comedia: “…La fe y la inocencia solamente se encuentran en los niños : después ambas los abandonan antes de que les apunte el bozo”. Y dice también que “ ¡ay de aquel que presume tener buena vista, sólo porque es capaz de ver lo lejos”. Dos frases que dicen mucho de nuestra naturaleza humana y de los engaños que nos llevan a ver más fácil los defectos de los otros , que los que nos habitan y acompañan nuestro caminar.

¿Dónde está la línea entre el bien y el mal? ¿Qué tan ancha es la franja que divide ambos atributos presentes en nuestra naturaleza humana?

Conocí a un hombre de carácter sosegado, tranquilo y al que su familia y todo mundo se encargaba de realzar su virtuosismo ante los demás. Un hombre que, dentro de su sencillez , era -sin embargo- complejo. Se jactaba de nunca haber participado de los excesos en que participaron sus contemporáneos y compañeros de escuela y colonia. En casa de su familia había un par de cachorros, hembra y macho. Un descuido y la perra quedó embarazada y dio a luz a 6 cachorros, hembras. No eran fácil de colocar en hogares. El hombre aquel decidió matar a las hembras, ahogándolas en una cubeta de agua. Ante el asombro de algunas amistades que supieron de aquel acto el hombre argumentó que “eso hacia su abuelo materno, cuando las perras y mastines que cuidaban su rancho, tenían hembras. Deshacerse de ellas garantizaba la no reproducción de tanto animal” . Si su abuelo lo hacía, estaba bien. El virtuoso siguió caminando con su traje de impoluto confeccionado desde su infancia en su ámbito familiar .

Conocí también a una persona lo opuesto al caso anterior. Era un hombre iracundo y violento hasta la crueldad. Alguna vez lo intentaron asaltar allá en su pueblo, una madrugada que regresaba de una juerga con amigos. Lo sorprendieron de regreso a su casa. No supo cómo, pero pudo escapar del asalto de los tres sujetos que, sin duda, lo hubieran matado para que luego no los reconociera o fuera tras de ellos. Desde entonces decidió portar arma que llevaba a dónde quiera que fuese. Vino a la ciudad y fue a visitar a un amigo por la colonia Moctezuma. Allí lo quisieron asaltar, pero el hirió, al parecer de muerte, al asaltante.

Este hombre, tan dado a corregir a los suyos con golpes y castigos, había defendido más de una vez a víctimas indefensas de violencia o asaltos. En alguna ocasión, viajando en el autobús, vio a un hombre sacar del morral de un anciano su pañuelo donde este llevaba unos billetes. No lo pensó dos veces e increpó al asaltante a que regresara al anciano el dinero: “¡No te da vergüenza, cabrón, abusar de un anciano que vende su mercancía para llevar a comer a su casa!…regresa su dinero!”, dijo apuntando con su arma. El asaltante obedeció, pero al bajar del autobús, disparó al hombre por la ventanilla. No lo hirió. El anciano más que agradecido. Y como ese acto, tuvo otros más.

Pregunto nuevamente: ¿Dónde está la línea entre el bien y el mal? ¿Dónde sus matices?

Habrá que releer una y otra vez a Hannah Arendt .

LAS TRAMPAS DE LA VIRTUD.

“Es necesario ser un mar para poder recibir una sucia corriente sin volverse impuro.” Sostiene Nietzsche, a través de Zaratustra. Una frase que valdría la pena volverla pregunta y hacerla a aquellos individuos que han transitado por los mares de corrupción humana y se han servido de ella y, aún así, caminan ondeando a su paso una blanca bandera de pretendida honestidad.

Una pregunta que, sin duda, encaja bien en los hombres de ciertos ámbitos de poder. Para ser precisos, en la política. Y cabe hacerla sobre el actual presidente de la república, el mejor publicista de si mismo, en cuanto a virtuosismo e incorruptibilidad.

¿Es el presidente actual ese mar cuya inmensidad permite diluir entre sus aguas las diversas corrientes sucias por las que ha caminado y las que han llegado a él , también?

Me atrevo a afirmar que no, que no es ese mar. Aunque insista en ello AMLO, él no es puro ni impoluto. Y – quizá- muy en el fondo él lo sabe, por eso es que va por la vida con esa actitud mesiánica y sentencia frases que parecen más surgidas de un pastor o redentor de almas. Quizá sin saberlo o cuestionarlo, camina cargando un sentido culposo que busca expiarse a través de insistir, una y otra vez, en sus virtudes. Y es que asumir que podemos hacer el bien en unos aspectos o áreas de nuestra vida, pero mal en otras cuesta trabajo.

¿Puede una persona que a su lado ha visto, o sabe , de actos de corrupción y de quién es quién en el mundo de la política, transitar incólume sobre el fangoso pantano que lleva al máximo puesto de poder? ¿ Usar los demonios de los otros para sus fines no le hace también demonio? ¿Cómo llamarle al que usa y se beneficia de los inescrupulosos para construir la escalera que le ha permitido estar dónde está?

“No soy un vulgar ambicioso”, repite, entrampado en su madeja de confusiones en las que no alcanza a distinguir que la ambición no es solamente asunto de dinero, como tampoco lo es la corrupción. De la misma manera no distingue que hacer justicia a unos afectando a otros, no es justicia.

Nada personal contra él. Es solamente una reflexión en voz alta sobre eso del virtuosismo engañoso que algunos sostienen más que otros a fin de erigirse por encima de los demás desde este terreno farragoso que pisamos y al que hemos contribuido en su construcción todos, en menor o mayor medida. Y, en mayor medida y responsabilidad, desde los puestos cercanos al poder.

zaragozacisneros.jovita @gmail.com










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