EN DO MAYOR.

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¿Qué persigue el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador con su incesante machacar lo que todos sabemos? Aquellos que votamos por él desde ese hartazgo y deseo de un cambio no lo hicimos para que ahora disfrace su queja con “información” de lo que está en manos de él y su administración solucionar , o -por lo menos- desincentivar través de la aplicación de las leyes.

Si no van a ejercer acciones penales contra los infractores de la ley que trabajaron en las administraciones anteriores y se sirvieron de sus puestos para enriquecerse, entonces que deje de repetir lo que sabemos ya. La suya es una actitud infantil y deja mucho que desear sobre su estatura y nivel como presidente de un país. Al menos que en el fondo de sus constantes alusiones a las fallas de las administraciones anteriores haya la intención deliberada de hacer palanca con los defectos de los adversarios políticos, para continuar exaltando desde allí un virtuosismo que él insiste en auto adjudicarse . Si es esto último, hablamos de trampa y la perversión del político que miente y manipula. Y si entramos ya en confianzas de no separar las cosas de leyes terrenales con las divinas y vamos a manejar conceptos o preceptos religiosos y a repartir culpas y pecados, entonces precisemos: si la corrupción de los adversarios es pecado. También lo son la mentira, manipulación y soberbia, por más que se pretenda disfrazarlas de modestia.

— Bien harías en explicarme lo de soberbia y contener tu enojo – dice, Niniane.

No, Niniane, no estoy enojada. Sé perfectamente los peligros a los que está expuesto AMLO y no quiero que nada le pase. Y celebro algunos de sus propósitos que tiene y en sus altas y loables miras. Somos muchos los ciudadanos que votamos por él y que sabemos que -como todo político- echó mano de promesas inviables a través de su retórica y demagogia. Pero le dimos el beneficio de la duda, asumiendo que lo suyo era una estrategia y que, una vez, en la presidencia será diferente.

Pero mucho me temo, que, al igual que los anteriores “reyes”, no se da cuenta que va desnudo y nadie se atreve a contradecirle o ubicarle que hay mucho de soberbia en él. La hay cuando descalifica a todo lo que no se ajusta a su verdad. La soberbia para ungir de “buenos” a los cercanos a él y le dicen lo que quiere escuchar, y de continuar usando adjetivos de “malos” y “mafiosos” a los que no están de acuerdo. Y no, Niniane, no estoy enojada. Solamente que no puedo dejarme seducir por el canto de las palabras de buenas intenciones, mientras que replica ahora en su administración aquello que criticó en sus adversarios.

Mucho de soberbia hay en él, Niniane. Soberbia disfrazada de humildad cuando insiste en viajar en vuelos comerciales. Sabe bien que no es un pasajero normal. Para qué nos hacemos. Su pretendido afán de ser como los demás es demagogia, no humildad. No dimensiona que porta una investidura que hay que cuidar, que tiene en las manos el manejo de un país que atraviesa por tiempos muy delicados. Reconocemos su afán de austeridad, pero agradeceríamos cuide su investidura. Tenemos ya la madurez para entender que maneja otra agenda diferente al del ciudadano común.

–¿Si lee esto, te calificará de mala y te considerará enemiga? – dice con sonrisita socarrona, Niniane.

¡Ninianeeee! No creo que lleguen a él estas letras que no tienen otra intención de injuriar a nadie, ni alabar gratuitamente. Solamente trato de tener claro los asuntos de Fe y los de justicia y, quienes me conocen y leen, saben que no persigo huesos o puestos de privilegio. Ahora déjame continuar, porque, en todo caso, estoy en mi derecho de externar mi opinión.

Este país necesita, además de buenas intenciones y voluntad de todos, tener presente aquello que dicen que dijo Albert Camus: “Si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo”, o mejor aún, citando a Bolívar: La justicia es la reina de las virtudes republicanas y con ella se sostiene la igualdad y la libertad”.

  EL PATERNALISMO OPRESOR.

Si bien resulta comprensible que el presidente Andrés Manuel López obrador quiera imprimir su sello personal a su administración, mejor haría en distinguir la diferencia entre forma y fondo. Su forma o estrategia – quizá nada inocente por cierto – de sus conferencias mañaneras esconden en el fondo su deseo controlador y de marcar agenda y controlar tiempos, mientras detrás de él se avanza en la intención de posicionar a los incondicionales que no le quiten capacidad de maniobra. He allí el ejemplo con lo de la Suprema Corte de Justicia y que ha irritado a tantos que ven en muchas de sus decisiones un juego de naipes truqueado. Y están los despidos indiscriminados y masivos que su administración ha hecho, para “ahorrar” un dinero que se destinará a “ninis” y a quienes se hagan pasar por desempleados. O, en otras palabras, base clientelar.

Insiste él en ejercer su visión vertical. Cómo si no supiéramos que somos una sociedad gandalla y que es de allí donde han salido los políticos y presidentes. Y que el avance de este deterioro se ha dado por la ausencia de educación cívica y de valores. Y – desde luego- por la impunidad. Si esto no se trabaja, entonces seguirán subiendo a la política hombres y mujeres que, a la menor oportunidad, transgredirán las leyes y robarán. Y eso la sociedad la lee desde una lógica distorsionada: “Si ellos no respetan las leyes y roban, yo también”

Es en educación donde hay que invertir. Hacer alianzas con organismos educativos, con empresarios, con representantes de familias para que se rescaten los valores de honestidad, de compromiso con la ley. De otra manera, no hay manera.

Mucho me temo que lo que persistirá en AMLO esa fórmula del paternalismo que aprendió de ese viejo PRI. Baste evocar la campaña, los mensajes de seducción a su electorado. Becas y prebendas a quienes no se lo ganan. Apapacho y engrosamiento de una base clientelar y asegurar su dependencia del papá gobierno. Muy el PRI. El viejo PRI que vuelve a su punto de partida, para continuar en ese eterno girar sobre los mismos pasos.

Un gobierno que de verdad quiere hacer crecer a su país, trabaja en las capacidades individuales de los ciudadanos. No los hace depender de dádivas, incentiva la productividad e invierte en avances de tecnología, fomenta la ciencia y la investigación, entre otras cosas.

NINIANE.

Disculpe usted lector de este espacio. Disculpe la insistencia con Niniane. Pero no me puedo desprender de ella porque hemos establecido ya una relación de simbiosis. Ella me necesita para tener conexión con este siglo, para contar su verdadera historia con nuestro amado Merlín. Y yo la necesito en los momentos del sinsentido, de los absurdos humanos. Cuando el desaliento aparece, la indignación aturde, la impunidad se acumula y duele, resulta oportuna su voz juguetona, irónica.

Cómplice amiga mía, mi memoria. Con una sola pregunta dispara todas las que yo tengo. Una frase, una palabra con malicia y me hace hurgar el sentido de ella.

-Piensa…piensa. Hurga. Investiga-dice antes de evaporarse en la sutileza de la fría tarde dominguera.

Niniane viene de los tiempos en que se celebraban los misterios del universo. Se respetaba la melodiosa armonía de los bosques y lagos y no se tentaba a la furia de los dioses. La seducción femenina era un ritual en absoluto equilibrio con la naturaleza de las cosas. Majestuosa, Niniane. Sabía, Niniane, nunca ignoró la bondad de la que está hecha la vida toda; pero sabe que hay maldad, también. Una y otra son extremos de una misma línea. Dar más voz o cabida a uno que a otro es una elección desde la consciencia. Es allí el punto central: consciencia. Nada se compara a vivir las cosas desde ese punto a donde se llega, si se está dispuesto a transitar por su ruta y, una vez allí, descubrir que ha valido la pena el viaje en su búsqueda. Porque es desde allí donde se puede crecer. La consciencia provoca dolor, es verdad. Pero, a cambio, ofrece la gloria de los instantes de luz que encierra la verdad. Caminar con los ojos abiertos, enfrentar el dolor y seguir caminando. Aventurarse a equivocarse y celebrar los aciertos en el sublime y conmovedor silencio.

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