EN DO MAYOR.

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DE CIUDADANA A CIUDADANO.

Somos de la misma generación. Nacimos en el mismo año y apenas es mayor que yo unos días. De su natal Macuspana, Tabasco, a CDMX son aproximadamente 800 kilómetros de distancia. De mi natal Petatlán, Guerrero a CDMX son alrededor de 580 km. Aunque cabe aclarar que estas distancias son ahora, con las carreteras y autopistas que se fueron construyendo a lo largo del tiempo se han acortado las distancias.

Él conserva su acento de tabasqueño, arrastra la “J” al hablar. Y yo también. Sobre todo, cuando estoy con los míos en que salta sin pudor mi acento costeño, “puej”.

Sus horizontes cercanos fueron las aguas del Golfo de México y los ríos, en ese entonces diáfanos, palmeras, platanales y las bondades que las regiones tropicales tienen. Le gustaba jugar al beisbol. Dicen, y así lo ha confirmado el mismo, es una de sus pasiones; el mío el voleibol.

Mis horizontes inmediatos fueron los ríos de aguas cristalinas, entonces; y el mar, a veces calmo, a veces bravío. Olas y palmeras, cocoteros y platanales mecieron mis sueños de niña, y el canto de mi madre y su guitarra me acompañaron. En las hamacas, colgadas alrededor de los troncos de la enramada de la casa de mis abuelos maternos, escuchaba la dulce voz de mi abuelo cantar y las historias familiares festejadas con las alegres risas que mi madre con sus hermanas contaban, forman parte de mi bagaje.

Él vio el control comercial de su tierra en manos de unos cuantos, la explotación forestal a diestra y siniestra, sin importar impacto ecológico, el cacicazgo. Supo y presenció el baile de celebración alrededor de los hallazgos de los pozos petroleros en su tierra y la explotación de éstos.

Yo también supe y vi cacicazgos en mi tierra; los Figueroa y su cinismo, el dominio, el sometimiento. La tierra sin ley que Lucio Cabañas, Genaro Vázquez enfrentaron con valentía. El dolor de un padre por la muerte de una joven maestra asesinada por hombres con poder y tirada al acantilado y supe del dolor del padre de la maestra clamando justicia a las autoridades en la capital del estado, Chilpancingo y la sordera y el menosprecio de éstas ante el legítimo reclamo. Solo una muestra de los tantos casos de impunidad acumulados a lo largo de mi caminar.

Sus padres fueron comerciantes. Mi padre carpintero, peluquero y, más tarde, mi madre comerciante. Una mujer de buena fe y acreedora por mérito propio al cariño y reconocimiento de la gente que la conoció.

Ignoro si él y su familia sufrieron alguna clase de despojo en sus bienes. O alguna otra clase de agravio. Mis padres, sí. Ya comenté sobre cómo uno de los agiotistas del pueblo aprovechó la necesidad económica y la ingenuidad de mi madre. Detrás de la fachada de hombre respetable, dueño de taller mecánico, de refaccionaria, de espacios para rentar, estaba el agiotista, quien -sin miramiento alguno- los despojó de la casa de mi infancia, construida con esfuerzo y trabajo honesto de años. Práctica de agio que se fue extendiendo y que hoy persiste de manera abierta y disfrazada.

El, es hoy el Presidente de México. Tiene en sus manos el destino de un país habitado por millones de seres humanos que, por serlo, somos complejos, para bien y para mal.

Yo, hoy soy periodista. Y tengo en mis manos ejercer mi tarea con el mayor apego ético posible. Por eso, consciente de mi responsabilidad, antes de las elecciones nunca dije ni escribí que le daría mi voto de confianza para la presidencia. Con muy pocas personas, cercanas a mi circulo personal comenté mi inquietud por no sentirme representada por ningún candidato. Pero – dije- que en un momento dado votaría por él. Y lo hice. Decidí darle el beneficio de la duda al candidato, esperando ver la transformación del político tabasqueño en un Estadista, un hombre capaz de conciliar al México violentado que hoy tenemos.

 Hoy, como ciudadana normal, como esposa, como madre de familia, abuela, veo – como muchos- con inquietud, el inicio de un viaje poco alentador.

 Como ciudadana veo a un ser humano cuya mirada no siempre está en concordancia con la fuerza que busca imprimir en su voz. Hay en esa mirada evasión y lejanía. Cansancio, también. Ignoro si eso responde a alguna enfermedad que esté padeciendo, o acaso sea comprensible cansancio derivado de largas jornadas de trabajo a las que está sometiendo a su cuerpo. Y, veo también en su mirada un extravío que me confunde, porque parece mirar a un horizonte que no logro ubicar si es el del pasado o el del futuro próximo.

Veo a un hombre de pelo cano, caminar pausado, desgarbado y cierto encorvamiento, lo que da la apariencia de inofensivo y que le lleva a perderse entre los hombres comunes. Un hombre de mi generación y que -como muchos de nosotros- le sigue la sombra de un país que se fue envileciendo poco a poco hasta desdibujar mucho de lo grandioso de su historia

Veo a un hombre carismático. Disciplinado. Convencido de perseguir las mejores causas.

 EL POLÍTICO Y EL PRESIDENTE.

Hoy, como la periodista veo a un político formando a su ejército ideológico en todos los puntos y de todas las generaciones, aunque con mayor acento en niños y jóvenes.

Y, como la periodista independiente que soy, trato de escribir desde una óptica humana, pero sin traicionar el sentido crítico y el código ético que debe regir el hacer de esta profesión, veo a un Presidente empeñado en mantener contacto con la ciudadanía y el pueblo al que el insiste en llamar ¿o es decreto? “pueblo bueno”, mientras continúa con sus denuestos hacia quienes, desde su óptica, no son “pueblo”.

Veo al político que ha pertenecido a un partido de los que abrevó la forma del manejo de masas con malicia y trampa. Caminó por los vastos campos del juego de la corrupción, se detuvo en ellos. Conoció sus colores, su aliento y -aun así- sostiene estar incólume. Se jacta de ello. Lo repite una y otra vez. ¿Qué hizo frente a eso? ¿Fingir no ver? ¿Excusar a unos y sentenciar con la mirada a otros? ¿Usar a unos y a otros para lograr al fin lo que siempre fue su ansia y anhelo: ¿el poder absoluto desde donde continúa repartiendo culpas y bendiciones, según criterio personal? ¿O, debo decir, según interés personal?

Veo a un político incapaz de reconocer que en el país hubieron hombres y funcionarios públicos que fueron capaces de hacerle bien al país. Que crearon instituciones a las que muchos ensuciaron, pero no todos.

Veo a un político – presidente que ha despedido a cientos y cientos de empleados de diversas instituciones, sin tamiz alguno, bajo el pretexto de ser “aviadores”.

Veo a un político que da todo el peso moral y político a la figura presidencial. Y, por ello, acabará con la corrupción, “porque las escaleras se barren de arriba para abajo”. Si es así ¿está consciente también de que el peso de sus palabras incide en sus incondicionales y que aquello que él diga será tomado como directriz? ¿Lo está? Si lo está, entonces hablemos de perversión.

Veo a un político que continúa repitiendo las frases y el mismo discurso e incorporando en su hacer a personajes de dudosa reputación, que antes dijo, gritó, vociferó , querer combatir.

Veo a un político que sabe cómo entretener con un discurso aparentemente inocente, cargado de esas buenas intenciones del hombre, mientras implementa acciones que colocan en puntos estratégicos a sus incondicionales.

Veo al político narciso, que somete a permanecer de píe a su gabinete. No por mera disciplina, sino para mostrar su autoridad y su supremacía.

Veo a un político con ansía de trascender en la historia del y para ello está resuelto a decir y mantener verdades a medias.

Veo a un político que, como todos los demás, insiste en prometer lo que, sabe bien, no podrá cumplir. Y lo que cumpla, lo hará no desde el propósito del bien común, sino para complacer a sus incondicionales y con ello llenar el ego principal que impulsó su caminar: pasar a la historia. Una historia de la que las nuevas generaciones que está formando con su ideología, se encargaran de mantener.

Veo a un político que utilizó parte de los atributos ciudadanos, citados arriba, para llenar ese vacío que todos los que persiguen el poder por el poder, tienen dentro. Veo eso y más.

…………

Pero, lo que no veo, es al estadista. Ese que pasa a la historia por serlo. El que es capaz de dominar sus pasiones, sus prejuicios personales. Ese que expande su mirada y que tiene presente que habita un país que es de todos. Ese que siendo consciente de los juegos del poder y de la mezquindad de muchos de sus oponentes y detractores, tiene – sin embargo- la grandeza de trascenderlos y no darse permiso de convertirse en aquello que tanto criticó antes. Eso no lo veo…todavía.

Como ciudadana, me resulta inquietante. Como periodista, también.

zaragozacisneros.jovita@gmail.com .

dialogoqueretano.com

 










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