EN DO MAYOR.

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Sigo con interés a Jesús Silva Herzog Márquez. Es un intelectual con conocimiento de la política y con sensibilidad. Sabe cómo utilizar el lenguaje. Preciso, unas veces; fino, la mayoría de ellas y no pocas veces arrogante, categoriza sin matizar con un “me parece”.

Ayer domingo a media tarde vi la película ROMA, de Alfonso Cuarón. Terminé profundamente conmovida por todo lo que vi en ella. Y –creo- que es una gran obra. Pero, no estoy de acuerdo con lo que JSHM dice al inicio de su artículo, con su categorización ni con su concepto del entusiasmo y la desmesura.

Decir: “que el entusiasmo sólo se expresa en desmesura. Contenerlo es falsificarlo. Roma es una obra de arte como la que no se ha producido en México en este siglo. Más que una cinta, es un acontecimiento que solamente puedo comparar con la publicación de El laberinto de la soledad o de Pedro Páramo, con los murales de Orozco, con los olvidados. Afirmaciones del arte que nos interpelan de manera radical. Metáforas que rehacen nuestros recuerdos y nuestra presencia…”, es SU derecho. Y también SU desmesura. Y hace bien en no contenerla, aunque mejor haría en matizarla o aclarar con un “me parece, opino, según veo, es lo que me dice, infiero”.

Porque ROMA es una gran obra; pero NO creo que sea un acontecimiento, como lo señala JSHM. Es una película conmovedora, de gran estética, dulcemente amarga y con profundos referentes de nuestra identidad y cultura. En ella hay representaciones de personajes descritos por Rulfo, Octavio Paz, captados en los murales de Orozco y el cine de Buñuel y que aún persisten. Una película llena de simbolismos, perfectamente documentada, rica en música, en imágenes, en contenido todo. En todo lo demás, me parece que el artículo de JSHM describe la esencia, la profundidad y belleza de la obra cinematográfica de Cuarón.

ROMA O AMOR EN LOS 70s.
Abandonos, machismo, clasismo, violencia de un sistema que durante año lucró con la ignorancia, la pobreza y miseria de un México de uso y desecho a antojo del priismo. Esquemas de dominio aprendidos, reproducidos y que se niegan a desaparecer.

Cleodegaria Gutiérrez, Adela, el matrimonio de Sofía y su esposo doctor que trabaja en el IMSS y con el que han formado una familia con cuatro hijos, la abuela de los niños ( la madre de Sofía), Benita, Fermín y su amigo, Ramón, representan a gran parte de los personajes comunes que habitan a este México que amalgama en su identidad una raíz cuya aceptación en nuestra identidad es, no pocas veces, proporcional a la negación de ella.

Fermín encarna la esquizofrenia del macho mentiroso, falaz, seductor, tramposo, que al conjuro del recuerdo y mención de su difunta “jefecita” se persigna, porque ¿quién más puro y digno de respeto que la santa madre? La más santa de las mujeres a la que en su imaginario nadie igualará en pureza. Fermín representa esa parte del macho mexicano desamorado e incapaz de asumir un papel comprometido. Sus límites están marcados por el frágil EGO de un cuerpo moldeado frente al espejo, ese lago al que su Narciso interno se asoma para regodearse con la imagen de músculos fuertes que bien sirven para asustar a la mujer que poseyó con argucias, no como un guerrero de las artes marciales. Argucias de marrullero, armadura de músculos y de lengua feroz y temeraria: “ ¡Pinche gata!” espeta a Cleo, escupiendo cada palabra mascada y acompañada de fiera mirada, aquel que antes sorbe a escondidas las sobras del refresco que Cleo ha pagado con su trabajo y digna actitud. El jodido violentando a otro jodido y – sobre todo- más débil que él.

MAR DE AGUA SALADA Y DULCE.
Cleo y Sofia. Sofía y Cleo, patrona y sirvienta, unidas en el llanto silencioso, callado y el drama de ser mujeres usadas y desechadas por el mundo del macho. Sofía, sola; sin la figura varonil protectora, muralla y contención del asecho que buscan someter a su presa, indefensa: “ solo quería consolarte”, dice el compadre ebrio empapado en el alcohol que quita máscaras y deja salir las miserias internas ( ¿qué es una mujer sin la figura de un hombre al lado?) “Estarás tan buena, comadre”, escupe despechado ante el rechazo. Formas, fondos, estereotipos, frases representativas de todo un concepto limitado por una sociedad que ha construido y enviado el mensaje y ha sido acatado por los demás. Así se construyen los dominios. Los sometidos y sometedores. La lucha y separación de clases.

Llena de escenas poderosas y de fuerte simbolismo. Una Hacienda, en la que conviven las formas y fondos.
Arriba , en la parte alta, los ricos y clase medieros cuyo poder solo tiene sentido si se ejerce sobre y entre los que están cobijados por la pobreza del pueblo donde tienen su hacienda. Abajo está la servidumbre, en la embriaguez de su realidad brutal , rodeada de sus símbolos poderosos, tan genuina y natural como el pulque que beben.

Benita, la vieja sirvienta de la Hacienda invita a Cleo al espacio que les pertenece y ellos asumen, el de abajo, simbólicamente representado por una escalera empinada. Cleo no se ha olvidado de su origen, por eso es invitada a festejar el año nuevo. Las otras, no “ esas nanas de ciudad parecen más finas que sus patronas”, sentencia la vieja Benita, celosa guardiana de sus orígenes que son su arraigo, su certeza y su fuerza, a la vez que su ancla.

En otra escena, la catarsis de Cleo. El llanto revelador y hasta entonces contenido por el miedo y la culpa : “No la quería, no quería que naciera”, deja salir la frase que revela su dolor íntimo, profundo por haber dado a luz a una hija muerta. Suave su llanto y dulcemente conmovedor.

Creo no incurrir en una desmesura si digo que el personaje más entrañable y dueño de una pureza que conmueve y estremece es el de ella. Cleo Gutiérrez encarna la representación más pura del amor, digna en sus circunstancias, genuina en su entrega a los que sirve más allá de un salario. Cleo y su mirada limpia, transparente, sin dobleces. A sus ojos asoma el universo íntimo, frágil , pero también poderoso ante el caos humano de los demás personajes.

La ternura de Cleo no es representativa de una clase indígena, ni tampoco de la mujer toda. Es – desde mi punto de vista- la representación de la pureza del espíritu, de la inocencia, de la ingenuidad y del amor fraterno, amor ágape que da sin condiciones. Es, en esencia y proporción, independientemente del contexto, similar a Gelsomina (Giulietta Masina), el personaje de La Strada, de Federico Fellini.

La estética y belleza en la cinta está de principio a fin. ROMA, una película para no perderse. Para reflexionar de frente a nuestro propio espejo social, humano y carente de fraternidad. La ROMA de Cuarón a algunos les dirá muchísimo, a otros poco; a otros un poco más. A mi, entre esas muchas cosas me habla de la memoria de un México que pide a gritos un futuro menos incierto, más unido, más fraterno. Más ágape.
zaragozacisneros.jovita@gmail.com

NOTA.
Por favor, lector de diálogoqueretano, viva, haga un sano respiro de esta vorágine política. Abrace las cosas buenas de la vida, compártalas. Si es sin estruendos, mejor. Y, de GRACIAS, por los dones que la vida otorga y compártalos, también. Démonos la oportunidad de ser generosos y más comprometidos.
Y una cosa más: espérenos, regresaremos el lunes 7 de enero.
¡MUCHAS GRACIAS!










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