En Do Mayor

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bandera_sobre_escombros_terremoto_2017
Por. Jovita Zaragoza Cisneros.

Nunca nos sentimos más frágiles e indefensos, que en momentos en que la naturaleza asoma su parte más temible y poderosa. Nunca más pequeños. Nunca más temerosos que ante un terremoto que nos obliga a echar mano de mecanismos reflejos que, incluso, ignorábamos tener. Todas las reacciones caben frente a un fenómeno como este. En algunos casos buscamos desesperados un punto de protección ; en otras, el miedo nos paraliza sin poder reaccionar, invocando en murmullo, o a grito abierto, la misericordia divina a través de oraciones improvisadas o frases que se fragmentan en letras incoherentes, surgidas de la angustia ante nuestro posible final.

Los que crecimos creyendo en el confort de la oración, nos viene a la mente el Padre Nuestro o el Ave María que nos hace confiar en que lo que ha ser, será. ¿Qué otra cosa se puede hacer ante un estertor inesperado y súbito de la tierra que parece querer sacudirse o tragar toda presencia en ella? Se agita iracunda, implacable. Ruge, exhala fuego, manda huracanes, abre los diques de todas sus aguas y zangolotea a su antojo lo que a su paso encuentre bajo sus misteriosos preceptos y caprichosas reglas no hay distinción. Ni se lleva a los más “pecadores”, ni nos quedamos los más “justos”.

En un terremoto comprobamos que estamos solos frente a los misterios del cosmos y frente a nuestros propios misterios individuales. Y eso nos llena de miedo. Un miedo que está presente en todos, en mayor o menor medida y procesándolo de diversa forma, pero latente.

Para quienes vivimos en carne propia y recordamos el dolor de perder seres amados en el terremoto del 85, aprendimos lo incomprensible y absurdo que resulta pensar y actuar como si fuéramos infalibles y eternos. ¿Qué más muestra de la fragilidad humana que ver arriba de los escombros vasos de vidrio, botellas de caros vinos, trajes de finas telas, intactos. Y debajo de todo eso los cuerpos de familias enteras.

Muchos aprendimos la lección. Estar en el escenario más palpable de nuestra fragilidad, nos dio una certeza: lo que ha de ser, será. Los dictados y reglas de la naturaleza están más allá de nuestras voluntades terrenales. Y, este pasado jueves, tuvimos nuevamente confirmación de ello. La magnitud del terremoto de ahora fue más alta que el de 1985. Y aunque esta vez hubieron menos víctimas, eso no lo hace menos dramático y doloroso que el de aquella ocasión.

La intensa e inmensa pena que están pasando nuestros hermanos de Oaxaca, Chiapas y Tabasco, nos duele. Para ellos nuestra solidaridad, nuestro abrazo fraterno. Que los mensajes de apoyo no queden en palabras de buenos deseos, sino en ayuda palpable y en la vigilancia cercana a los gobiernos para que cumplan con lo que es su obligación y deber. Vigilar que los programas de apoyo y cobijo a los damnificados sean administrados adecuadamente y los recursos les lleguen. Es lo menos que podemos hacer.

EL MIEDO, VERBO TIEMPO PRESENTE.

Mismo mes que el terremoto de 1985, apenas días de diferencia, coincidente día (jueves), diferente intensidad, mismo país, diferente escenario, pero el mismo miedo. El mismo sentimiento de fragilidad que ojalá nos llevara a reflexionar sobre el sentido de la vida y la importancia de no entregarse al vacío de la desesperanza y, sobre todo, a reflexionar sobre la pérdida de aquello que nos conecta con todo lo que sea la vida en su más profunda y maravillosa expresión.

Que el miedo no nos paralice y no nos vuelva más indiferentes como sociedad. Que la buena voluntad y el gesto fraterno no nos abandone. Que el miedo se transforme en una afirmación de la vida y sus milagros cotidianos.

Dice Edmundo González Llaca en un texto que escribiera al cumplirse tres décadas del terremoto de 1985: “Toda amenaza tiene su miedo, y el que provoca el temblor es uno de los más terribles. Es una amenaza que no es familiar; es un enemigo con el que no es posible negociar, intercambiar algo, persuadir, suplicar. Utilizar todas las estratagemas que bien conocemos. Es más ni siquiera huir, pues es un peligro omnipresente, sin remedio, sin antídoto. El temblor es una especie de furor divino, inaccesible, incomprensible. El miedo que provoca no tiene siquiera la voluptuosidad del vacío o del filo de una navaja. Nada. Es un miedo con un soplete congelado que destruye los velos de la frivolidad, las telarañas mezquinas de las depresiones, las infinitas máscaras del narcisismo. Todo lo desaparece y nos coloca en el umbral frío y simple: la vida o la muerte… Es un miedo absoluto, total. Pudre el alma, el cuerpo, la emoción. Es integral, casi sobrenatural. Es la otra cara del orgasmo….” (fin de cita)

Me permití compartir, con su permiso o no, este fragmento de su texto que bajo el título de “El temblor. Mi miedo”, publicado el 19 de septiembre de 2015. Es de las descripciones más certeras y significativas sobre el miedo ante un evento de esta naturaleza.

Sé de personas y conozco algunas que después de lo sucedido en 1985, tardaron años trayendo en su carro un cambio de ropa y algunas provisiones, por si volvía otro evento de esa magnitud. Curiosamente estas personas no perdieron familia cercana ni lejana. Tampoco bienes, pero vieron y escucharon a través de las imágenes trasmitidas la magnitud del daño causado. Otras hubieron de tomar largas terapias para poder controlar el permanente temor.

Otras más se refugiaron en la religión, desgranando diario entre sus dedos toda clase de oraciones viejas, nuevas o inventadas. Y, por supuesto, no olvidemos al éxodo que se dio en el que miles de capitalinos salieron hacia otras ciudades, poniendo distancia física y emocional de la capital. Pienso en ellos ahora, en su posible miedo, reactivado con lo sucedido este jueves 7.

¿Cómo enfrentar lo vivido y las advertencias sobre posibles eventos futuros?

Nuevamente doy paso a la voz de González Llaca, quien al final de su texto nos comparte una generosa reflexión: “… no se trata de hacer una apología del miedo, simplemente comparto con el lector mi forma de exorcizarlo y el único método que creo existe para dominar al miedo, es hablarlo, escribirlo, desmantelarlo, saturarlo. El silencio, el disimulo, multiplican las alas de su principal cómplice: la imaginación. Cada quien su estrategia, lo importante es evitar que el miedo se instale entre nosotros; que dicte su ley de impotencia y de insomnio. Este maldito miedo que nos eriza pero sin vigor, nos pone alertas pero sin reflejos… Mandemos a volar al miedo. Vamos a vivir, con más intensidad por los que se han muerto, con más amor por los que ya no pueden amar. Vamos a defender esta vida. Con calma, pero con pasión. Es la única que tenemos”.

¡Sea, pues!

DESPUÉS DEL MIEDO

Dice Dante Alighieri en su Divina Comedia que “La carne de los mortales se corrompe tan fácilmente que no dura en buen estado el tiempo que tarda una encina en crecer para dar bellotas”.

¡Vaya afirmación! Vaya verdad.

Apenas al otro día del temblor, el viernes por la mañana, amanecimos con toda suerte de noticias de muertes y asesinatos por los rincones del país, donde el crimen organizado continua su macabra tarea de exterminio, ante la mirada indolente y/ o cómplice, en algunos casos, de las autoridades.

Pero, esta vez, hago pausa en esta columna. Luego retomaremos nuestra tarea y compromiso asumido de traer a este espacio la información sobre diversos temas y sobre esa enfermedad que nada tiene que ver con fenómenos naturales, sino con la rapacidad y ese vacío, esa ausencia de empatía y falta de compromiso de los que manejan el destino de este país, mermado por su insaciable apetito de poder y dinero.

Ya hablaremos de los trabajos de investigación que periodistas de medios como Animal Político, que en colaboración con Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, AC. (MCCI) nos dan a conocer y detallan el mega fraude denominado La Estafa Maestra.

Ya retomaremos lo que allí se documenta de manera tan profesional y con una clara evidencia de lo que todos hemos sospechado siempre: estamos gobernados por verdaderos estafadores.

EL GESTO MÁS CONMOVEDOR.

Ya retomaremos esa parte de la realidad. Esa que nos vuelve a nuestra soberbia habitual. Ese creer que trascenderemos a través del poder y por medio del acumulamiento de cosas, sin darnos cuenta que ello, en realidad, esconde un gran vacío que nos desconecta con lo profundo y sagrado de la existencia humana.

Por hoy, por lo menos este lunes, esta semana, hablemos de actos rescatables. De esas muestras de grandeza y generosidad ilimitadas que vienen de seres sencillos, de aquellos que sin grandes pretensiones y dueños de una templanza admirable, son capaces de sobreponerse a la desgracia que les rodea para ofrecernos gestos cuya nobleza nos conmueve.

Grandes gestos de quienes saben la riqueza que hay en la armonía con el entorno, la fraternidad, la solidaridad, la entereza.

Mientras termino de escribir, viene frente a mi pantalla la imagen que anda circulando en las redes sociales. Se trata la del hombre que, en Juchitán Oaxaca, se le ve tomando de entre los escombros del Palacio Municipal la bandera de México. Luego, busca algo que le sirva de asta para colocarla donde continúe ondeando. Una imagen fuerte y de gran simbolismo. Así, sin más palabras, un hombre sencillo que sin grandes discursos elocuentes, con su acto natural y sin saber que sería después comentado por tantos usuarios de las redes, tuvo este gesto que a muchos nos pareció de un señorío sin igual. Es un recordatorio que este país está y debe estar por encima de aquellos gobernantes que no han hecho otra cosa más que escupir desde arriba a los que menosprecian y que de manera confiada han puesto en sus manos los destinos de México. La actitud de este hombre fue el recordatorio de que México no es grande por ellos. Es grande a pesar de ellos.

zaragozacisneros.jovita@gmail.com

 










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