EN DO MAYOR.

|




A MARIANA.
QUÉ COSAS TIENE LA VIDA, MARIANA.

Hay personas que creciendo y viviendo en medio de carencias materiales y contextos de pobreza extrema, son, sin embargo, dueñas de una dimensión humana única, poseedoras de claridad para distinguir los límites entre el bien y el mal. Ellos, los de presencia anodina, irrumpen a veces en el escenario de la vida y nos dan grandes enseñanzas. Son testimonio vivo de que las carencias materiales no les ha arrebatado esa riqueza intangible, esa reserva moral a la que ha aludido Javier Sicilia.

El caso de Irma Reyes, tía paterna del asesino de la niña Fátima, que entregó a su sobrino y esposa, a las autoridades, es uno de esos seres. Intento escribir sobre ella, pero irrumpe antes entre la pantalla de la computadora y yo la imagen de otra mujer cercana a mis raíces, a mi vida de niña y adulta: Mariana.

Nunca supe el apellido. Fue una mujer que, junto a su familia, vivió toda la vida en situación de pobreza. Vivían a orilla del río, cerca a la casa de mi abuelo materno, punto de nuestra reunión familiar. Mariana era esposo de Beto, el nevero, quien recorría las calles del pueblo con su carretilla de madera cargando sus grandes botes de nieve de vainilla y limón. Mariana era delgada, escasa cabellera lacia, y siempre recogido en un chongo, de mediana estatura, tez morena. Sus vestidos de tela desteñida; unas veces con sus desgastadas sandalias; las más, descalza, expuestos sus talones con profundas estrías a la tierra ardiente de la costa. ¡Adiós…!, decía al pasar a quien estuviera en ese momento al paso, en casa de mi abuelo. Se detenía a veces a platicar un poco con mis tías, o mi madre, a cualquiera de la familia que estuviera a la vista. Recuerdo a tres de sus hijos más grandes. La mayor, ya casada y viviendo en otro pueblo por Michoacán. Beto, el varón y Avelina, mi compañera ocasional de juegos de la infancia. Su marido, el nevero, murió joven. No supe exactamente de qué. Pero recuerdo que alternaba su vida entre la sobriedad y preparación de las nieves y sus borracheras.

Su casa, un espacio resguardado por rudos muros de tabiques, complementados con palos de bajareque y techo de palma a píe de calle, camino al río. De niños no hay mucha dimensión entre la diferencia de clases. Eso viene después. Se se va integrando a uno y procesando a medida que se crece, y junto a ello, los prejuicios. Jovencita ya, la sonriente Avelina se fue a vivir con su hermana mayor a Michoacán.

Me vine a la ciudad, pero no pasaba un mes sin que mis hermanas y yo fuéramos de visita a ver a nuestros padres, al abuelo “papa Wences”, y a mis tías. El paso obligado de Mariana por la casa de mi abuelo, su ir y venir a los mandados, su saludo, su sonrisa, su imagen toda, quedó grabada en mis recuerdos. Supe luego que su hijo Beto había muerto. Los hijos de este se quedaron al cuidado de ella, que hizo lo que pudo para sacarlos adelante. Avelina, se casó también y se quedó a vivir lejos del pueblo. Nunca más la volví a ver. Pero a su madre nunca dejé de verla. De cerca o lejos. Y más tarde, yo adulta y casada se detenía a saludarnos. Siempre el tono amable, cariñoso, familiar. Alguna vez escuché decir a mi madre que conocían a los padres de Mariana y a ésta desde casi niñas. Era menor que mi madre. De allí, el tono siempre afable y cariñoso de Mariana con nosotros.

Tiempo después me enteré de un suceso del que fue protagonista. Una de las veces que fui estaba reciente un hecho que dio motivo a comentarios y admiración de la gente del rumbo y de mi familia. En ese entonces la vida en el pueblo, era otra. En el día puertas abiertas, en las noches, ya para dormir, cerradas a piedra y lodo. Si se escuchaban gritos o barullos de voces que pasaban nadie salía.
Y cuando sucedió esto que comentaré a continuación, nadie salió. Algunos vecinos del rumbo escucharon lo que sucedía; otros vieron, por entre las rendijas de sus casas, cuando unos hombres, ocho o diez , que estaban departiendo en una cantina del rumbo, sacaron de allí a una joven prostituta para llevársela a la fuerza al río. Los desesperados gritos de la mujer queriéndose zafar de aquellos salvajes, irrumpía el silencio de la medianoche. Ellos, entre risotadas previas a su festín de bestias, le ordenaban imperativo silencio. ¿Quién se iba a atrever a enfrentarse a aquellos? Y, desde la “lógica” de entonces, pues era asunto de ellos con una prostituta. Y una mujer de esas era desecho porque estaba allí por su gusto. Ese era el pensamiento que entonces prevalecía.

Y de entre todas las casas nadie salió a rescatar a la mujer, a completa merced de esa manada. De pronto, al paso se escuchó la voz tronante de Mariana quien, machete en mano, se plantó en medio de la calle y, en actitud amenazante y decidida, les ordenó que soltaran a esa pobre mujer porque al primero que avanzara lo cortaba de tajo. Contaron que los hombres se detuvieron en seco, confundidos, destanteados ante lo que no esperaban. El hecho fue aprovechado por la muchacha que, temblando, corrió a protegerse atrás de Mariana quien los mantenía a raya a punta de insultos y mirada desafiante. Sin bajar ni un momento la guardia y apretando con firmeza el machete en la mano. Los hombres aquellos, desistieron.

Cuando supe de ese hecho, mi simpatía por Mariana creció. Me movió a respeto su valentía. Pero, con todo, aún entonces yo no dimensionaba muchas cosas que con el tiempo se acomodaron como parte de las cosas que tocaron mi corazón y formaron parte de mis lecciones de vida. Su bravura, su coraje, su capacidad de responder al grito de ayuda, de colocarse de su lado. Mariana y su resistencia para no sucumbir a la otra pobreza más estremecedora: la moral.

Mi madre murió en el 91. La última de una de sus hermanas que vivía en el pueblo, mi tía, murió en el 96. Desde entonces solamente he vuelto un par de veces a mi tierra, pero en visita de un día.
Este lunes, antes de escribir la columna investigué si Mariana aún vive. Murió hace menos de un año. Longeva. Un poco más de 90 años. No pregunté más. Pero Mariana hoy decidió visitar mis recuerdos. Yo acepté conmovida y recibí con los brazos abiertos a esa Mariana, la de los píes descalzos y alma vestida con la armadura de oro del kilate más alto, a quien desde aquí le brindo un humilde homenaje a su valentía.

IRMA REYES.

No quise saber detalles sobre cómo fue asesinada la pequeña Fátima. Tampoco seguí a fondo la avalancha de declaraciones en torno a ese suceso. Aunque a cada paso de lecturas de las noticias del día me salía al paso información al respecto, evadía detalles. Me centraba en saber cómo se resolvería este caso que aún estremece recordarlo. En el aire de esta capital flota el asombro, dolor y una profunda indignación por la serie de asaltos desenfrenados y la brutalidad de los últimos asesinatos: Ingrid, primero; luego la niña Fátima.

Por acá y allá escuchaba que el retrato de la mujer que se llevó a la niña a la salida de la escuela andaba en las redes. Que si era la tía. Que la mamá. Que alguien conocido. Que ya ubicaron el domicilio y en ella encontraron huellas ensangrentadas de la niña. Que los asesinos, una pareja con hijos, habían huido y las autoridades ofrecían dinero a quien diera información. Que si La Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, se mostraba insensible. Sin menospreciar la trascendencia y magnitud del hecho y la afortunada y oportuna presión social al esclarecimiento de tal aberración, me pareció que alrededor de este suceso se estaba montando un circo mediático y utilizando como botín partidista. No quise saber más. Ya vería luego en qué paraba todo.

Lo supe después: los asesinos fueron aprehendidos en Tlazala, municipio de Isidro Fabela, Estado de México, en casa de una tía, hermana del padre del asesino: Irma Reyes. La tía, sin saber lo que había hecho la pareja, les dio cobijo en su casa. Luego, al enterarse de lo sucedido por la televisión, la mujer armó toda una estrategia para entregarlos a las autoridades. En redes y los medios informativos se hablaba de la tía. De su valentía. De su capacidad de respuesta y coraje. Sin saber quién era, sin conocer detalles de ella di por hecho que ese asombro hacia el acto de esta mujer se debía a que estamos tan acostumbrados al solapamiento de los familiares, a la manera como los asaltantes y violadores pueden salir a delinquir y luego regresar al seno familiar donde sus integrantes simulan no enterarse. Así conviven las patologías. De allí – me dije- el que una tía cercana del asesino hubiera hecho lo correcto, causaba asombro. Pero ¿quién era la tía? ¿ A qué estrategia se referían quienes hablaban del caso? Busqué. En medio del horror del caso de Ingrid y de la niña Fátima, me enfrenté a la imagen de una mujer que vive en condiciones de gran pobreza marginal. Irma Reyes, de apariencia frágil, delgadita, rostro anguloso, pelo abundante, repartido en media coleta y un flequillo en la frente. “Así fuera mi hijo (lo entregaría), soy mujer, fui violada, tiene que haber justicia, no tiene que quedar esto impune, yo no quiero lucrar, sólo quiero que se haga justicia”, señaló para diversos medios que difundieron su relato de cómo se habían dado los hechos de captura y las motivaciones para hacerlo.

zaragozacisneros.jovita@gmail.com
dialogoqueretano.com










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

Envía tu comentario