EN DO MAYOR.

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(Parte II y última)

No parece haber un resquicio salvable para una personalidad llena de recovecos psicológicos y tormentos personales que hizo del poder su meta y fin último. Carlos Denegri perteneció a una época conformada en su mayoría por periodistas dóciles a un sistema perfectamente diseñado para controlar, comprar o someter voluntades, adormecer y pervertir conciencias.
EL VENDEDOR DE SILENCIO ilustra el drama de la vida de una cultura construida sobre apariencias. Familias asentadas sobre violencia soterrada, pero blindada con un lenguaje disfrazado de buenas intenciones. ¿Dónde, sino entro de las familias, se construye la mirada con la que saldremos al mundo exterior? ¿Quién dicta los valores de ese andamiaje familiar?¿El sistema político en alianza con instituciones religiosas y con la sumisa complicidad u omisión de una sociedad que deja al Estado el diseño de su vida y la de los suyos?
En México el valor “ familia” se patrimonializó. Perfección de felicidad hacia afuera, silencios adentro. Disimulos entre los mismos integrantes de la familia. Secretos que se guardan celosamente y no se dicen, pero se actúan en los hechos y se reproducen en el gran escenario social. Construcciones fantasiosas, idealización de la figura patriarcal sobre la sumisa complicidad de la madre, revestida esta última con un aura de pureza celestial. No hay cabida para la madre de carne y hueso. No hay cabida para el padre con miedos y flaquezas. Afuera, en los otros, está el pecado. Hacía dentro, la pureza.
La personalidad de Carlos Denegri se formó y deformó dentro de esos secretos dolorosos. Mentiras completas y apenas asomos de verdades. La historia de su origen escondida en los rincones más oscuros de su mente y alma; pero transmutados en verdugos implacables. El niño Denegri lucha contra ellos y esconde sus miedos con celo. No puede darse el lujo que lo sepan y vean débil afuera, en esa sociedad llena de personajes fatuos, de apariencias. Del tamaño de su fragilidad es el tamaño de su crueldad. Del tamaño de sus miedos el de su afán de control. Y para ejercer control necesita tener poder. Obtenido como sea, pero tenerlo. “México era una tierra en la que un aventurero con los pantalones bien puestos podía conquistar una posición. Cuando fuera grande yo quería ser como mi padre y sus amigos: un justiciero valiente que impone su ley y no se detiene ante nada…”, confiesa en uno de sus apuntes.
SU MUERTE.
Carlos Denegri fue asesinado en su casa por su tercer mujer llamada Natalia en EL VENDEDOR DEL SILENCIO. Su nombre en la vida real: Linda. Ocurrió un jueves 1 de enero de 1970. Cansada de los golpes, de las brutales golpizas decidió darle un tiro en la cabeza. Uno sólo, pero suficiente para acabar con su vida. Linda sostuvo que había sido un hecho accidental. Pero lo cierto es que Carlos Denegri había entrado ya a una locura desenfrenada , arreciando los castigos y golpes para su mujer que , ese día, decidió acabar con el tormento de ella. Y de él.
Fue condenada a dos años de prisión. Sin embargo, nadie tuvo duda de que había sido un acto deliberado, producto de la desesperación. Fue una mujer acosada y sometida por un hombre tan seductor, como cruel. Linda (Natalia en la novela) estaba presa en el poder de quien la hizo su posesión y a merced de una sociedad que observaba con cierto morbo, asombro complaciente e hipocresía el grotesco actuar de un hombre sin límites.
Luis Echeverria iniciaba su sexenio. No había buena relación con Denegri, quien había mostrado su incondicionalidad al que creyó sería el sucesor de Díaz Ordaz: Emilio Martínez Manatou, hombre de confianza y amigo personal del presidente saliente. Denegri quedó fuera de los favores del sistema. Iniciaba ya el zenit de su poder y su locura se acentuaba. “Denegri periodista, temido aun por los más altos personajes de la política y el dinero. Todos lo querían mal y sin embargo, todos se rendían ante él. Cuando murió, nadie sintió su desaparición”.
“¿MATÉ YO A CARLOS DENEGRI?” Fue el titulo del libro que años más tarde escribió Linda, su mujer, su víctima. “Más que el placer físico, lo embriagaba el orgullo de ser un chingón, la dicha inefable de haber nacido para mandar”, describe Enrique Serna.
Epilogo.
Basado en la profunda investigación que hiciera sobre Carlos Denegri, Enrique Serna recrea en la novela escenas y diálogos apegados al momento. La conversación que tiene con uno de los pocos amigos construidos en la temprana juventud y cuya relación se fracturara durante esos avatares profesionales. Se trata de Jorge Piñó Sandoval con quien compartiera inquietudes ideológicas en un tiempo. Cabe agregar que Piñó Sandoval fue un militante y periodista combativo, cuyas críticas al gobierno de Miguel Alemán, irritaron a este último y ordenó le golpearan salvajemente antes de ser exiliado a Argentina. Piñó escribió más tarde una novela , publicada por Joaquín Mortiz, bajo el título de “La grande o el fuego nuevo”.
Reproduzco aquí esa conversación, extraída del VENDEDOR DE SILENCIO y que su autor ubica en el contexto de un homenaje post mortem a Rodrigo del Llano, “skipper ”, ex director de Excélsior. Luego del encendido discurso de Denegri, lleno de alabanzas a “skipper”, Piñó Sandoval y Denegri dialogan en la intimidad de un bar. El comentario a manera de reclamo, sale de Piñó Sandoval:
– Hiciste un retrato muy idealizado de Rodrigo del Llano. Aquí entre nos, era un perfecto cabrón.
Carlos Denegri- Pero como decía Roosevelt de Somoza, era nuestro cabrón.
JPS:- Será el tuyo, a mi no me tragaba. Tardó más de tres años en dejarme publicar un reportaje firmado. Y cuando tuve la fuente de la Procuraduría no paraba de chingar: sácales más desplegados, se han anunciado muy poco, me presionaba. Este periódico vive de ordeñar las fuentes.
CD:- Así funcionan los periódicos en este país, pero tu eras demasiado idealista para entenderlo.
JPS:- El Skipper lo decía con más crudeza: me tachaba de pendejo. A ti en cambio te ponía como ejemplo porque le dabas a ganar dinero al periódico.
CD:- Te consta que yo siempre te defendí. Varias veces le pedí a don Rodrigo que no te cargara la mano. Pero en vez de agradecérmelo te distanciaste de mí. En algún momento comenzaste a pintar tu raya, como si yo tuviera roña.
JPS:- Me di cuenta de que no podíamos congeniar. Tú eras un periodista con mentalidad empresarial y querías hacerte rico a como diera lugar.
CD: -¿Y tú no?
JPS:- Yo tenía otra clase de ambiciones.
CD:- Sí, claro, liberar al pueblo de sus cadenas- Denegri parodió un tono de arenga demagógica-, extirpar el cáncer de la corrupción, alzar el puño contra la injusticia social, ja, ja, ja. Te felicito, casi logras ser un mártir de la prensa libre. Pero yo supe desde chavo que en la política real, el bando del bien no existe.

zaragozacisneros.jovita@gmail.com










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