En busca de lo sobrenatural

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POR Augusto Isla | Harold Bloom, profesor neoyorkino y autor de un voluminoso libro, Shakespeare: la invención de lo humano, ha compartido con sus alumnos la lectura del escritor inglés durante doce años, día con día, y, según nos cuenta, parece ignorarlo todo. Y es que el autor de Hamlet es inabarcable. Ha tenido -nos dice- el estatuto de una biblia secular durante los últimos siglos, de suerte que la erudición textual es solo comparable al comentario bíblico en alcance e intensidad; casi podría rivalizar la crítica literaria con la interpretación teológica de las sagradas escrituras. Su influencia, tan amplia como el mar; supera a Homero y a Platón. Explicarlo es un ejercicio infinito. Nos derrotará siempre su universalidad, afirma el neoyorkino, quien un tanto hiperbólico, considera que el genio inventó “lo humano”.

 Por su poder cognitivo, por esa capacidad sobrenatural para crear personajes, caracteres que van más allá de simples guiones para actores. Pues que cada persona que nace de su pluma, distinta de la suya, “revienta de vida”, ya se trate de Fabtaff, Hamlet, Macbeth, Otelo o cualquier otro.

Y aunque estamos frente al escritor universal más representado, a gente como yo, alejados hasta cierto punto del mundo teatral, no nos queda sino leerlo o acudir a él por la vía del cine en adaptaciones ceñidas al texto como Hamlet de Lawrence Olivier, o más libres como las de Orson Welles, otro genio, éste inscrito en el mundo fílmico, a quien he de referirme. Orson, cuyo centenario conmemoramos en 2015 conmocionó a la audiencia estadounidense con el relato radiofónico la guerra de los mundos -la obra de H. G Wells- cuando apenas contaba con veintitrés años, haciendo creer que seres extraterrestres habían invadido este planeta nuestro. Y tiempo después, a principios de los años 40s, deslumbró a todos con su Ciudadano Kane, película considerada como una de las más notables de la historia de la cinematografía, aunque su talento brilla tanto o más en El cuarto mandamiento o en las Sombras de mal.

Pues bien, por devoción a Shakespeare, Welles no resistió la tentación de llevar a la pantalla tres obras del dramaturgo inglés, Primero, en la década de los 40s y 50s. Otelo (1948) y Macbeth (1952), y en los 60s Falstaff (en español, Campanadas a medianoche), una especie de collage de varias obras en el que el personaje central, interpretado por el propio Welles, es Falstaff, un desenfadado y alegre sabio, un tanto socrático, habitante del bajo mundo, mentor de Hal, príncipe heredero de Enrique IV de Inglaterra, que cuando accede al trono, en repentina metamorfosis, desconoce a su maestro, quien, rechazado, pronto muere de decepción y tristeza. Falstaff fue el sueño de Welles; una hazaña fílmica por su brillante narrativa y su espléndida ambientación: metáfora de una amistad o ,si se quiere, de amor paternal traicionado.

Por su parte, Macbeth deviene el primer encuentro de Welles con la obra de Shakespeare. Encomiable adaptación que renuncia, de punta a punta, a la convención del teatro filmado, cosa nada extraña en un cineasta celoso del lenguaje cinematográfico, siempre innovador y creativo. Macbeth, personaje encarnado por Orson, nos cuenta esta vez la historia del señor de Cawdor, noble escocés que, hechizado por las brujas y empujado por su mujer, asesina al rey Duncan aunque no sin vacilaciones pero entregado al dudoso placer de gozar lo que destruyen sus manos ensangrentadas, se apropia de la corona. Podríamos decir que, de algún modo, el cruento azar lo coronará sin él pretenderlo. Pero una vez instalado en el trono no le queda más remedio que consumar la aniquilación de sus enemigos: Hundido ya en el mal da muerte a la familia de su principal adversario, Macduff, con quien finalmente se enfrenta en mortal combate, no sin antes ser testigo del suicidio de Lady Macbeth su mujer, La suerte de Macbeth describe todos los sentimientos de un alma atormentada: la hipocresía, la duda, la ambición, el remordimiento que lo corroe a tal punto que a partir de sus crímenes se rehúsa a todo contacto con su mitad madre, mitad esposa.

Su Otelo, tratado con igual respeto al dramaturgo y con superado ingenio, nos entrega la narración que ya sabemos. Un moro, de nuevo representado por Welles, perdido de amor por Desdémona, contrae nupcias con ella, hermosa y casta flor a quien asesina, presa de los celos, pues Yago ha envenenado ya, con sus insidias, la dicha del moro, convenciéndolo de que Desdémona le es infiel con Casio. Otra tragedia en la que resplandece el genio del dramaturgo, esta vez poniendo en relevancia la inocencia, la pasión, la envidia, la intriga, la infundada desconfianza y, claro está el racismo del padre de Desdémona que se opone al enlace con un negro; toda una gama de los resortes del alma de aquel tiempo, pero también del aquí y el ahora.

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Poco importaba a Welles el éxito comercial de sus realizaciones, pero si la plenitud que le concedían. Parecería que Sir John Falstaff fuese su alter ego: era independiente, libre, lúdico. Filmaba con pocos recursos, a menudo con desechos de otras producciones, pero siempre ingenioso, atinado en las atmosferas como las que envuelven a Macbeth asediado por la oscuridad de la noche, eco de su alma sombría, a diferencia de un Franco Zeffirelli, más favorecido por los productores en sus adaptaciones de Romeo y Julieta, Hamlet, La fierecilla domada, todas éstas también creaciones del genial dramaturgo inglés.

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Shakespeare, el hombre: un enigma. Una corta vida de la que maliciosos críticos llegaron a dudar. Apenas 52 años (1564-1616). Una obra exuberante: poeta y dramaturgo que disfrutaba más beber que comer, gozaba de ambos sexos, indiferente ante la posteridad. ¿Religioso? Tal vez católico si pensamos en la fe de la madre. ¿La gloria? Escribe en un soneto: “Círculo de agua/ que nunca cesa de agrandarse/ hasta llegar a ser tan ancho/ que se disipa en la nada” Y sin embargo, después de 400 años, el genio de Shakespeare está en nosotros y nosotros en él.

30 de diciembre de 2016

 










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Un Comentario en “ En busca de lo sobrenatural”

  1. Edmundo Gonzalez Llaca dice:

    Muy bien, mi estimado Augusto, en el catálogo de personajes creados por Shakespeare, no puedo dejar de recordar el de la avaricia y el de la justicia en “El marcader de Venecia”. Una obra obligada para todos, pero especialmente para los impartidores de la justicia. Un saludo con admiración y afecto.

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