Elogio de un Maestro ejemplar

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 cielo_azul_paz y tranquilidad

De una profunda herida sangra mi corazón, y un dolor inenarrable atraviesa todo mi ser: mi Señor Padre, el Maestro Pepe Ledesma Montes. Falleció el pasado domingo 4 de noviembre. Quiero expresar mis emociones, pero no puedo. Se me hace un nudo en la garganta. No tengo palabras para describir mi estado de ánimo, ni para mencionar las enormes virtudes que tuvo mi Padre, tales que si mil veces naciera, mil veces suplicaría al Eterno Todopoderoso se me concediera la gracia de volver a ser hijo del mismo hombre que me engendró en esta vida.

El Gran Dios ha sometido a grandes pruebas mi fe y mi lealtad para con Él, empero, también debo reconocer que siempre me proporcionó los medios benditos y necesarios para superarlas, dándome al mejor Padre que yo jamás hubiera imaginado tener, como mi sostén y base de apoyo fundamental.

De parte de mi papá sólo recibí amor, bendiciones y una generosidad tal, que soy quien soy, gracias a mi viejo.

Habiendo nacido en cuna humilde, mi papá trabajó desde su tierna infancia a efecto de contribuir económicamente al sostenimiento de su familia, quienes siempre lo consideraron lo que era: el hermano mayor.

La cultura cinematográfica del querido Maestro Pepe era muy rica y vasta, en virtud de que siendo niño entraba gratis al cine de Río Verde, San Luis Potosí, para ver las películas de la llamada época de oro del cine nacional, diariamente, de cuatro de la tarde, a diez de la noche. Cuando le pregunte porque lo dejaban entrar gratis a la sala de cine, me decía que se debía al güerito, le caía bien, además les regalaba a los taquilleros una bolsa de chicharrones de puerco y un par de tamales que llevaba al cine en dos canastos para venderlos a los espectadores durante los intermedios.

De verdadera vocación docente, siendo joven estudió la carrera para maestro, en la entonces conocida como la Escuela Normal más grande de Latinoamérica, me refiero al Instituto Federal de Capacitación del Magisterio, fundado por el secretario de Educación, Jaime Torres Bodet.

Enseñó los conocimientos básicos a sus innumerables alumnos, en los lugares más recónditos de la sierra queretana. Según me contó en una ocasión, cuando laboró en aquellos lares, tenía que dar clases a los niños y niñas, debajo de los árboles, porque se carecía de escuela. Para arribar a tales comunidades debía montar cinco horas a caballo partiendo de Jalpan de Serra, nuestra querida tierra.

Años más tarde, se trasladó a la comunidad de El Lindero, trabajando doble plaza; en un turno era maestro de grupo, en el siguiente, director. Para finalmente concluir sus treinta años de servicio y poder jubilarse en la ciudad de Querétaro, Qro. En todos los lugares donde el Maestro Pepe Ledesma prestó sus servicios, dejó gratos recuerdos, que son para nuestra familia, motivo de legítimo orgullo.

Todos aquellos que hayan perdido a su padre o madre, sabrán igual que yo, el inmenso dolor que se padece. Los buenos padres cuando se van, dejan en sus hijos e hijas un vacio imposible de llenar. Es un espacio al interior del alma que nos acompañará el resto de nuestras vidas.

Sin embargo algo me consuela: antes de sepultar a papá, lo observé profundamente dormido, en paz consigo mismo y con el Universo, descansando en el sueño de los justos, en espera a que un día, nuestro Señor Jesucristo, los llame nuevamente a la vida, vida que será para los justos, eterna.

Al momento de despedirme de mi Padre, no le dije adiós, sino hasta luego, haciéndole una promesa-compromiso de Honor: llegar a ser, lo que él siempre quiso que yo fuera: un hombre honesto y un profesional del Derecho brillante y recto. Eso lo seré, Padre, en tu memoria. Que así suceda, Amén. Amén.

 










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