El volcán olvidado de Oriente Medio

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Jammu y Cachemira vuelven a aparecer en los encabezados internacionales luego de la escalada de tensiones que se ha disparado esta semana entre la India y Pakistán, con profundas raíces casi centenarias que han convertido las diferencias religiosas entre musulmanes e hindúes en una cultura de la guerra que, desde su comienzo hasta la actualidad, ha dejado dos millones de muertos y casi el mismo número en calidad de refugiados.

Las últimas horas han sido de una nueva máxima tensión internacional que el gobierno ruso, estadounidense y alemán ya han intervenido a favor de una resolución pacífica en el conflicto indio-pakistaní, en medio de un contexto histórico que ya se caracteriza por el alza de amenazas de guerra en el continente americano sobre el pueblo venezolano.

Al mismo tiempo, aunque en menor grado de difusión, los hindúes y musulmanes civiles que viven en Jammu y Cachemira, han inmortalizado en fotografías las consignas de paz que ahora toman fuerza en medio de una posible conflagración bélica entre dos potencias nucleares.

La tensión comenzó el pasado martes 26 de febrero cuando aviones del ejército indio penetraron 80 kilómetros de Pakistán con el objetivo de bombardear sectores controlados por terroristas. No obstante, el gobierno pakistaní declaró que se trató de una ofensiva que violó su soberanía territorial y, la noche de ese mismo día, entraron en combate aviones Su-30 y F-16 en que ambos ejércitos ya han perdido un avión cada uno y resultando en la captura de un piloto indio que ya fue devuelto a su país.

Resulta necesario narrar brevemente la historia de algunos hitos que ayuden a comprender la peligrosidad que representan India y Pakistán en un panorama complejo en que las potencias actuales –Estados Unidos, Rusia, China- empiezan a engranar sus economías de guerra en el destino de los pueblos del Tercer Mundo.

Desde la descolonización de la India en 1947, el gobierno colonial británico crea el Estado de Pakistán como una forma de mantener un poder de facto que asumiera el futuro de la liberación nacional india. Sin embargo, en la práctica, este nuevo estado artificial sirvió de refugio y concentración para los millones de musulmanes que vivían en la India y que, luego de su reciente independencia, exaltaba el nacionalismo indio que discriminaba otras expresiones de fe, entre ellas, la musulmana.

En medio de la disputa étnica, se encontraba la pequeña franja de Jammu y Cachemira que, en un principio, trató de permanecer independiente a los designios de las administraciones india y pakistaní. Sin embargo, los líderes hindúes de aquella zona tenían el interés de que este territorio perteneciera a la India, por lo que sucedieron invasiones de tribus pakistaníes para evitarlo. Al finalizar estas escaramuzas, se determinó la división de Jammu-Cachemira en líneas de control tanto pakistaní como indio, que no han llevado a ambos países a la firma de un tratado de paz que garantice su coexistencia pacífica.

En la segunda mitad del siglo XX, India y Pakistán han protagonizado cuatro guerras que han develado los intereses geopolíticos que envuelven a ambos bandos. Por un lado, la India aún promueve un nacionalismo supremacista que secundaria la vida de sus ciudadanos musulmanes y que, como opción ante el autoritarismo indio, se enfilan en las fuerzas armadas o terroristas pakistaníes como una opción legítima de defensa. Aunque la actual administración derechista también se ha destacado por una práctica económica neoliberal que encontró su más explosiva resistencia el pasado mes de enero, cuando 200 millones de trabajadores y trabajadoras convocaron a la huelga más grande en toda la historia y que apenas duró dos días, pero quedó en los anales de este siglo XX como un síntoma claro de las expectativas populares sobre la actual administración y un rápido tanteo del pulso de explotación en que se encuentra buena parte de la humanidad.

Y por el otro lado, Pakistán se ha convertido en el semillero de grupos islámicos terroristas, entre ellos Al Qaeda, y que el mismo gobierno ha apadrinado en función de desestabilizar aún más a ambas naciones en una guerra de desgaste. Considerado un aliado (aunque inestable) por Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo y en franca oposición contra gobierno iraní y afgano (países calificados injustamente de terroristas por la administración norteamericana) no resulta difícil comprender a Pakistán como Estado satélite de las cláusulas imperialistas del Amo del Norte en Oriente Medio, ante las recientes derrotas en la guerra de Siria, la incapacidad por doblegar a Irán y el fracaso de los acuerdos que han intentado estabilizar sus relaciones diplomáticas con el régimen de Corea del Norte.

Actualmente Jammu y Cachemira están en máxima alerta; sus pobladores han evacuado sus hogares, mientras el gobierno indio ha iniciado la construcción de miles de búnkeres para evitar una mayor evacuación; las bases aéreas se encuentran en permanente atención de los próximos movimientos; se han cerrado los vuelos comerciales en ambos países; la gente comienza a cuestionar la versión oficial del gobierno hindú de que su operación fuera antiterrorista, pues no aún hay pruebas verificables de que así haya sido.

La debilidad de Pakistán reside en su frágil economía, que no resistiría los embates de una guerra convencional, pero posee poco más de cien cargas atómicas para cambiar el rumbo de una posible guerra; mientras tanto, el gobierno indio se encuentra a las puertas de nuevas elecciones de las que no se puede permitir demostrar flaquezas ante su enconado rival pakistaní.

En medio de este nuevo peligro atómico, que reúne 300 cabezas nucleares entre Pakistán e India, queda la enseñanza del poder popular para paralizar las maniobras genocidas de los gobiernos en turno, de empezar a fracturar una economía global de la explotación y la táctica del chantaje de las armas de destrucción masiva (nuclear, químico y biológico) que las élites del planeta se han servido para aniquilar todo espíritu de resistencia y liberación nacional.

La cuestión de las armas nucleares, en posesión de las grandes potencias que son bien conocidas, es una realidad que no ha sido tomada en serio por la mayoría de los pueblos, que ha convertido su lucha misma contra el capitalismo en una lucha desigual, de alto peligro para la humanidad y viviendo suspendida en el imaginario de muerte atómica que se vio por primera vez sobre el Japón.

Es necesario y es un deber de primer orden la construcción de una cultura de la paz y de un programa revolucionario de los derechos humanos a escala mundial. Las lecciones más desesperadas de un punto de quiebre de transición capitalista al socialista han sido las guerras de Corea y Vietnam del siglo XX; las guerras de Libia, Ucrania y Siria en el siglo XXI.

Es una constante histórica que responde a la necesidad de superar una economía de mercado y a una configuración terrorista del planeta que ya ha dejado su triste legado no sólo en aquellas sociedades en plena guerra abierta -Yemen, Palestina- sino también en aquellos pueblos que “viven en paz” –Venezuela, Brasil, Haití, Argentina, Honduras-.

Independientemente de lo que tenga que suceder o no entre Pakistán e India en los próximos días, está la inocultable verdad de que el sistema mundial está en su tope para mantener la lógica de la paz por la fuerza, de mantener la soberanía económica e independencias nacionales sobre la existencia de organismos financieros neoliberales, e incluso de garantizar la existencia de toda la humanidad –tanto pueblos en lucha como las familias elitistas multimillonarias- en medio de un pantano atómico intransitable.

Edgar Herrera










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