EL TRAUMA

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Cayó la noche sobre Trump, sobre sus mentiras, su racismo, su misoginia, su rijosidad con los medios de comunicación, su propensión a dividir. El voto mayoritario de los estadounidenses ha sido un manifiesto contra el odio y, tácitamente, en favor de una reconciliación nacional, de una unidad difícil, encarnada por Joe Biden y una mujer encantadora, Kamala Harris. Adiós a la plutocracia arrogante, insensible, inepta, asida de un slogan tan pobre como esa apelación a la grandeza. Y aquel Biden, en apariencia tibio, sorprendió en su primer discurso, por su energía y claridad, a despecho de su edad (77 años), de su caudal de sufrimiento. Biden ofrece a sus compatriotas y al mundo una sonrisa que, de entrada, cava la tumba del populismo rancio del republicano. Mas, a pesar de su triunfo inobjetable, nuestro tabasqueño, traumado por los supuestos fraudes electorales de antaño, se niega a reconocer al demócrata hasta en tanto no termine el proceso, aunque éste ya concluyó. Pues que el magnate derrotado no tiene opción alguna para revertir nada; de los 270 votos del Colegio Electoral requeridos, obtuvo 290. Inobjetable, por tanto. Tan rotundo, como la necedad del tabasqueño que, genuflexo, acudió a la Casa Blanca en apoyo a su ‘amigo’ Donaldo. Mala apuesta que el tiempo corroboró dejando, a la vista de todos, su condición de ignorante del proceder democrático, diferente en cada país. Como dice el refrán: “que con su pan se coma”. Otra pifia del autócrata mexicano que puede pagar muy caro su falsa prudencia, esa que no ve más allá de la ‘cortina de nopal’, esos ojos extraviados en un pasado, miopes, atrapados en la nostalgia pueril de sus megaproyectos inviables, indiferentes a los efectos devastadores de una pandemia que, tarde o temprano, o más temprano que tarde, le cobrará la factura.
Cuidémonos de la pandemia. Pero también de este cacique que, a diario, suma desprecio y antipatía popular. Porque de gritar en las plazuelas sabe mucho, pero de gobernar muy poco o nada. Así lleve puesta la banda presidencial o una ridícula corona de flores.










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