El temblor. Veintiséis años después

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El día del temblor del 85 estaba en el Distrito Federal, pues era diputado federal por Querétaro. Después de que bebí cantidades industriales de té de tila y pasados algunos días, presenté una iniciativa legal que permitiera formar cooperativas de construcción entre los afectados, apoyadas por el gobierno. Otras iniciativas tuvieron prelación y la mía no fue aprobada. Quedé desencantado, pero después de todo había cumplido con mi deber como legislador, así que regresé a bucear dentro de mí mismo.

Al ponerle reversa a la memoria y vivir otra vez el temblor, recordaba la frase de mi dentista Oscar Vargas: “Doctor, el problema para curarlo es que tiene un umbral muy bajo al dolor”. Yo le respondía que no había escuchado forma más elegante de decirme zacatón. Yo realmente tenía un susto que me impedía pensar en nada. Después de mucho tiempo, quizás días, al fin escribí lo siguiente:

“Toda amenaza tiene su miedo, y el que provoca el temblor es uno de los más terribles. Es una amenaza que no es familiar; es un enemigo con el que no es posible negociar, intercambiar algo, persuadir, suplicar. Utilizar todas las estratagemas que bien conocemos. Es más ni siquiera huir, pues es un peligro omnipresente, sin remedio, sin antídoto.

El temblor es una especie de furor divino, inaccesible, incomprensible. El miedo que provoca no tiene siquiera la voluptuosidad del vacío o del filo de una navaja. Nada. Es un miedo con un soplete congelado que destruye los velos de la frivolidad, las telarañas mezquinas de las depresiones, las infinitas máscaras del narcisismo. Todo lo desaparece y nos coloca en el umbral frío y simple: la vida o la muerte.

El temblor es un Midas del terror, lo que mueve lo transforma. De improviso, los muros que nos protegen ahora nos amenazan; ese hermoso regalo que tanto apreciamos se balancea peligrosamente; el librero que tanto amamos cruje. Todas las cosas que nos rodean y por lo que tanto hemos luchado son guadañas con diferentes formas.

Es un miedo, que no se va, pues nace de un peligro que no tiene tiempo, que no está lejos, ni ha pasado. Es un verdugo que está aquí, abajo de nosotros, agazapado; que parece alimentarse de edificios colapsados. Es indiferente, misterioso, sin culpa.

Es un miedo absoluto, total. Pudre el alma, el cuerpo, la emoción. Es integral, casi sobrenatural. Es la otra cara del orgasmo.

En fin, no se trata de hacer una apología del miedo, simplemente comparto con el lector mi forma de exorcizarlo y el único método que creo existe para dominar al miedo, es hablarlo, escribirlo, desmantelarlo, saturarlo. El silencio, el disimulo, multiplican las alas de su principal cómplice: la imaginación.

Cada quien su estrategia, lo importante es evitar que el miedo se instale entre nosotros; que dicte su ley de impotencia y de insomnio. Este maldito miedo que nos eriza pero sin vigor, nos pone alertas pero sin reflejos.

Mandemos a volar al miedo. Vamos a vivir, con más intensidad por los que se han muerto, con más amor por los que ya no pueden amar. Vamos a defender esta vida. Con calma, pero con pasión. Es la única que tenemos”.

Inmediatamente después del temblor los académicos hicieron varias predicciones: 1.- “La sociedad aumentará su capacidad de organización”. Después de 26 años creo que no ha sido así, se da excepcionalmente, como es el caso del movimiento de Sicilia, pero la gente en general sigue sin una cultura de organización. Son las redes sociales las que han tomado auge, en aquéllos años imposibles de predecir. 2.- “Un nuevo sentimiento de solidaridad se extenderá por el país”. Tampoco lo creo, el egoísmo, fomentado por una atmósfera de violencia ha hecho más profundos los abismos entre los habitantes de las ciudades. 3.- Las autoridades deberán educar a la ciudadanía para enfrentar este tipo de contingencias. Creo que, al menos en el D.F., sí se han difundido los consejos y las prácticas en caso de un nuevo temblor.

¿Qué ha pasado conmigo? Respecto al miedo, pues con la pena, les informo que todavía no se me quita. Al menor movimiento terrestre, sea simplemente porque pasa un camión pesado cerca de donde estoy, pierdo de inmediato toda galanura y busco la primera puerta para salir corriendo. Actualmente, al miedo a que el temblor se repita se suma la angustia producto de la inseguridad generalizada. Esa angustia de aparecer como daño colateral se suma la infamia de la autoridad que, para sacarse el bulto de la culpabilidad, se atreve con increíble desparpajo a salpicar a cualquiera con la sospecha de que era posible que tuviera vínculos con el crimen organizado. Toda una existencia para ser, como diría mi abuelita, una gente decente, puede quedar manchada por un boletín de la policía. Sobre la tragedia la ignominia.

Bueno, en relación con la vida, a pesar de los momentos oscuros en los que nos hallamos, les comunico que cada día que pasa me parece más interesante.










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

2 Comentarios en “ El temblor. Veintiséis años después”

  1. Julio Figueroa dice:

    MEMORIA SUELTA

    Yo vi ese jueves 19 arder al cine y al hotel Regis… antes de derrumbarse y ser humo y polvo, en medio de un silencio sonoro aturdidor…

    Esa semana la ciudad sabía a tragedia y fraternidad, pero un mes después otra vez vivíamos en la jungla de asfalto y todos contra todos y sálvese el que pueda…

    Pero antes algunos descubrimos la importancia y la libertad ciudadana individual y colectiva, palabra, más allá de los putos gobernantes, con todo respeto, el presidente De la Madrid pasmado en primer término…

    El miedo: aunque te zurres de miedo, no corras, enfréntalo, siéntelo y míralo de frente… las enseñanzas de don Juan, un indio chamán yaqui.

    ¿A la vuelta de qué día nos aguarda la próxima desgracia, individual y colectiva?

    Fraternalmente.
    C. Julio Figueroa.
    Qro. Qro., 28-IX-2011.

  2. Julio Figueroa dice:

    CINE REGIS

    Allí vi, en el Cine Regis, en los 60, dos películas memorables de Jean Luc Godard, el cineasta francés: “El Desprecio” con Brigitte Bardot y “Pedrito el Loco” con Jean Paul Belmondo. Se decía entonces Cine de Arte. Hoy sé que era la cruda realidad y la vida brutal sin esperanza. Amén.
    J.
    Q.
    4-X-2011.

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