El silencio

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POR Augusto Isla | Cien años se cumplen de la Revolución rusa de octubre de 1917. Para bien o para mal, un movimiento que cambió el mundo. Un verdadero acontecimiento cuya conmemoración casi pasó desapercibida. Putin evadió el asunto. ¿Temió provocar enfrentamientos? Aunque parezca increíble aún hay residuos de nostalgia monárquica: los sobrevivientes de la familia Romanof continúan soñando en recuperar los tiempos idos; los añorantes del viejo comunismo sienten que se perdió el ideal igualitario. Lo mejor para el orgulloso Putin: el silencio.

El problema es que ese pasado no pertenece a Putin, sino a la memoria de un pueblo que, a despecho de esa era cruel, sigue, en parte, venerando a Lenin. De ahí que su mausoleo en el Kremlin permanezca intacto. Todavía recuerdo las filas interminables de curiosos que ansiaban contemplar el fiambre embalsamado del demiurgo de la utopía.

Pero como escribió la historiadora Anastasia Edel: “Rusia ya no necesita revoluciones”. Tal vez pensaba en la desdicha de su desenlace, en su oscuro devenir, ese mismo al que alude Cioran: “Lo trágico del universo político reside en esa fuerza oculta que conduce a todo movimiento a negarse a sí mismo, a traicionar su inspiración original y corromperse a medida que se afirma y avanza. Porque en política, como en todo, nadie se realiza sino a través de su propia ruina”. ¿Será que en todo revolucionario anida una voluntad furiosa de defender sus triunfos? Tal vez el destino del hombre sea su propia degeneración. Lo prueba, al menos, la vida de cada individuo: esplendor, enfermedad y muerte.

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Veo una imagen de la familia del Zar Nicolas II. Todos hermosos, en especial los niños. Familia aniquilada por órdenes Yákov Sverdlov. Y nunca he dejado de pensar en el hijo de Luis XVI y María Antonieta, víctima; de sentimientos podridos; a sus escasos nueve años, los revolucionarios franceses, lo entregaron a un zapatero, para escarmiento de no sé qué; el pequeño muere dos años después acaso de tristeza.

 










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