El silencio del fin del mundo

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Federico Nietzsche_foto

POR Augusto Isla | Estamos en Turín, Italia, una mañana fría del 3 de enero de 1889. El genial Federico Nietzsche ha buscado en el clima mediterráneo un poco de paz para su alma atormentada. De pronto advierte que un cochero maltrata a su caballo. El filósofo, compadecido, corre a abrazarse al cuello del equino. Y llora. Cuando regresa a casa le dice a su madre “soy un tonto”. Son sus últimas palabras. Durante los siguientes diez años, antes de morir, vive un atroz silencio.

Este pasaje de la vida del filósofo, inspira al cineasta húngaro Béla Tarr para filmar El caballo de Turín (2011), que comienza justamente con un plano secuencia en el que vemos a un viejo campesino montado en una destartalada carreta azotando a su caballo rumbo a su humilde cabaña donde lo espera su hija. Ambos guardan carreta y caballo; un viento furioso agita la cabellera de los personajes. Guarecidos ya, la joven, entre amorosa y servil desviste al padre, impedido por la inmovilidad de su brazo derecho. El viejo reposa en el camastro, mientras la muchacha prepara el alimento. “Está lista”. Se sientan a la mesa y comen una patata caliente. Él se levanta y sentando frente a la ventana contempla un árbol lejano sin follaje, mientras ella, en pleno vendaval, extrae agua del pozo. Todo es desolación.

Durante seis días, la rutina se repite. ¿Son los seis días de creación del mundo señalados metafóricamente por la Biblia, o los seis días de la destrucción? El ritmo narrativo es moroso, exasperante. El blanco y negro del relato acentúa el drama de los personajes, padre e hija, que en mitad de aquella nada, solamente ven pasar el tiempo acompasado por la música de Mihaly Vig, reiterativa como ese moverse, desesperanzado y sin sentido de los personajes cuya vida languidece ante nuestros ojos. ¿Es el eterno retorno sugerido por el filósofo?

Cuando en el segundo día aparece un tercer personaje venido del pueblo cercano, comprendemos mejor la trama. Sólo quiere un poco de licor. Pero aprovecha para lanzar su perorata: Ellos (acaso los hombres, pues quienes más) han conquistado y degradado todo. Todo está en ruinas… Ha desaparecido lo excelente, lo digno, lo noble… No hay Dios ni dioses… Ni bien ni mal… No habrá cambio en la tierra… Todo está perdido para siempre… Las luces se apagarán como el fuego que deja de arder en la pradera. El viejo lo interrumpe con un “Ya basta”. El visitante recoge la bebida, paga y se va.

Otro día, un grupo de gitanos extrae agua del pozo. Están ebrios de alegría. Como buscando lo imposible: la libertad. Casi al final los personajes que habitan la humilde cabaña descubren que el caballo se niega a moverse, a comer; que el pozo se ha secado; que nada queda ya sino el árbol sin follaje ¿Una fábula apocalíptica? ¿Una metáfora del fin del mundo? Béla Tarr declaró después de esta filmación que no haría más cine. En 2011 contaba apenas con cincuenta y seis años. “Ya dije todo lo que tenía que decir”. Su silencio parece equiparable al de Nietzsche, al de los personajes que en la última escena se rehúsan a comer las patatas calientes. ¿Llegará así el acabose de los seres humanos? ¿Sin el estruendo de las bombas, calladamente, en medio de una naturaleza que ha castigado la soberbia de la criatura humana? Ya no se trata de la muerte de Dios, sino de la muerte de los hombres, del fin de la aventura humana que, alguna vez, predijo ese gran misántropo que fue Emil Cioran. Pero ya sin la esperanza nietzscheana de un hombre trascendido, del súperhombre que no tendrá un hogar. Pues que después del crepúsculo solamente asoma la noche. Sin el Dador de sentido, sin la Razón. Solo la oscuridad que cubre la pantalla.

 










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