El proyecto internacionalista del 8M La perspectiva de género como medida de desarrollo para los pueblos del mundo

|




Quien es feminista y no es de izquierda, carece de estrategia. Quien es de izquierda y no es feminista, carece de profundidad.

Rosa Luxemburgo

Los orígenes del 8M conforman la síntesis histórica del carácter actual de los movimientos feministas a escala mundial, como expresiones que asumen la lucha contra el patriarcado y el capitalismo, o en otras palabras, la lucha contra los roles y mentalidades sociales esperados desde nuestro sexo hombre o mujer y, a su vez, la lucha contra la esclavitud moderna del capitalismo como modelo económico masculino que, silenciosamente, aprovecha la fuerza del trabajo doméstico de las mujeres, un trabajo no remunerado ni mucho menos reconocido para producir y reproducir el Capital –explotación y alienación- a escala global.

Tomemos algunos hitos de recuerdo que, históricamente, han confirmado la tesis de que la liberación de la humanidad sólo estará completa con la propia emancipación de las mujeres como apéndices de las estructuras del poder patriarcal.

En 1864, con la creación de la Asociación Internacional de Trabajadores, órgano representativo de las y los trabajadores europeos, las luchas de clases se conducen en una dirección revolucionaria gracias al proyecto científico de Marx y Engels. En medio de este panorama político, salpicado de diversas expresiones tanto utópicas como románticas, el proyecto internacional feminista comenzó su propia profesionalización como movimiento social que identificó la condición doblemente asalariada de las mujeres: como obreras y amas de casa.

En 1907, con el ascenso del capitalismo en imperialismo, traducido en la conversión de las masas trabajadoras en ejércitos regulares al servicio de los nuevos poderes burocráticos-militares de la época, el movimiento feminista socialista se tornó como la más sólida expresión política que reivindicara el papel activo de las mujeres dentro de la nueva configuración geopolítica que tomaba mayor fuerza; se celebra el I Congreso Internacional de Mujeres Socialistas, en que toda organización socialista debía promover la lucha por los derechos sociales, como la garantía del voto femenino; tres años después, en la segunda edición de este Congreso de Mujeres, se decidió formalizar la conmemoración del Día de la Mujer a nivel mundial, que se celebraría al año siguiente de forma simbólica: la muerte de 146 mujeres de la fábrica textil Triangle Shirwaist, Nueva York, el 25 de marzo de 1911, una tragedia que tuvo un infame acto premeditado en el cierre de las instalaciones obreras por parte de sus dueños.

El estallido violento de las guerras mundiales de 1914 y 1939 y el paradigma social de la Revolución Rusa en 1917, lograron un cambio de mentalidad que rompió los viejos esquemas de sujeción femenina hacia un mundo masculinizado; el clásico binomio de espacio público/privado había sufrido una caída libre que se estrelló contra la autoorganización y autogestión de las mujeres revolucionarias rusas, pioneras en la legalización del aborto y del divorcio en un territorio predominantemente agrario.

Con un impresionante avance técnico del mundo y un lento progreso de las concepciones sexuales, la humanidad entraría al siglo XXI con la perspectiva de género como modelo que se consolidó a través de las ciencias sociales –psicología, historia, antropología- que tuvo su impulso histórico en la segunda ola feminista de la década de los sesenta con la Revolución Cultural de 1968.

La perspectiva de género es el paradigma de las ciencias sociales y luchas feministas que cuestiona las estructuras y relaciones de poder patriarcales, enfocadas a la condición de las mujeres en correlación directa con la situación de los hombres, interrogando los entramados culturales de cada sociedad que definen papeles sociales específicos: la mujer como objeto-dominado y el hombre como sujeto-dominante.

Uno de los temas más álgidos de la perspectiva de género es la sexualidad humana, entendida no sólo como la capacidad reproductiva del ser humano sino también en otras tres facultades inherentes del mismo: el sexo como el cuerpo con el que nacemos (hombre o mujer); el género (masculino o femenino) como construcción sociocultural basada en criterios biológicos; el erotismo, como la facultad de sentir placer en este mundo, no sólo sexual sino principalmente en un goce total de los seres humanos a lo largo de su vida, su bienestar físico y mental; y las relaciones interpersonales afectivas, que es la vinculación del ser humano con sus semejantes a escala social.

En la sexualidad humana es explícita la consigna de que lo personal es político, inaugurando y reflexionando sobre nuevas relaciones afectivas entre los sexos, más equitativas, pero también cuestionando los modelos tradicionales de hombres y mujeres dentro de estructuras machistas y criminalizando cualquier minúscula expresión que altere las normativas culturales del patriarcado. Una de esas expresiones de lucha contra el patriarcado es la Interrupción Legal del Embarazo que cada vez más toma mayor fuerza con las multitudinarias concentraciones de mujeres en América Latina.

La presencia de gobiernos progresistas no es una garantía de avances sociales con perspectiva de género como lo han demostrado los primeros tres meses de Cuarta Transformación en México, pero sí ha confirmado, marcha tras marcha, la revolución permanente que debe construirse con el protagonismo de las mujeres, el cumplimiento de los derechos sexuales y reproductivos como derechos humanos y una vida sin violencia de género, tanto en mujeres que son convertidas en objetos desechables que degeneran en los feminicidios como en la gigantesca presión cultural de los hombres que expresen fragilidad en sus emociones, obligándolos a su conversión en feminicidas y padrotes.

Por todas estas razones y muchas más que desbordarían los límites de este artículo, se establece la perspectiva de género como un índice elocuente de la calidad humana, no sólo como una vara de medición que garantice la coexistencia y cooperación armónica entre los sexos, como un frente común contra el patriarcado y el capitalismo que se niegan a morir, sino también en la construcción de una cultura de la paz, tan necesaria en estos nuevos vientos de guerra que han asolado varios puntos del planeta, que garantice la supervivencia misma de la humanidad, anotado en la trágica pero certeza expresión de Rosa Luxemburgo: o socialismo o barbarie.

El socialismo y el feminismo necesitan tener proyecciones de alcances continentales y sociales, con raíces originarias que reivindiquen las prácticas ancestrales de las y los indígenas como parte de la estrategia mundial contra el racismo, la pobreza extrema y la misoginia, como prácticas culturales afines al capitalismo, creando nuevas condiciones de solidaridad internacional y sororidad autóctonas para el advenimiento de un socialismo de rostro humano, de raíces feministas como legado reconocido por el mundo del mañana, si aún cabe la posibilidad de vislumbrar un mundo nuevo entre las amenazas nucleares y ecológicas del presente.

Edgar Herrera










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

Envía tu comentario