El populismo

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 populismo_mexicano

POR Augusto Isla | El populismo alude a un fenómeno ambiguo. Habitan en él luces y sombras. En el buen sentido, significa atender las necesidades sociales, pues no es otra la finalidad del Estado; en sentido peyorativo, jugar con las necesidades; acceder al poder por el atajo de mover las emociones, aprovecharse del malestar provocado por gobiernos precedentes, prometer lo incumplible con tal de atraer la voluntad de las clases populares.

Es su divisa el coqueteo con la ‘esperanza’. Los populistas apelan a la seducción de un bienestar que a la hora de gobernar no encuentra el ‘como’, porque no dispone del ‘cuanto’. En este sentido, es el preludio de un fracaso que siempre encontrará la excusa de su imposibilidad: la mafia del poder, las élites enemigas, los intereses mezquinos que levantan diques a su fluir.

El populismo deviene la estrategia favorita de los liderazgos caudillistas, de los narcisos que creen en la potencia de sus soluciones redentoras, de los moralistas estúpidamente seguros de encarnar el bien de la patria. El historiador Silvio Zavala, con su sano escepticismo, ha puesto en evidencia ese caudal mexicano de hombres y programas que han fracasado en su intento de enderezar nuestro camino.

Pero hoy, como nunca antes, nuestro México acusa una complejidad que pide, a gritos, seriedad republicana. La seriedad del mediano y largo plazo: para vencer la desigualdad social, la violencia, esas plagas que así como se han gestado lentamente, exigen un ‘paso a paso’. La curación, por así decirlo, de nuestro cuerpo social no admite ridículas fórmulas como ‘la renta universal básica’, aplicable en estructuras sociales y políticas más compactas que la nuestra. Sería como trasplantar la democracia ginebrina de Rousseau en los Estados Unidos. La imitación es invariablemente un fiasco. Las políticas públicas mal comparadas se inscriben en el ámbito de la charlatanería.

Cuidémonos, en estos momentos difíciles de México, de tomar decisiones que nos lleven a echar de menos los males por creer ingenuamente en aquellos que hoy les buscan remedio.

Mi admirado Sófocles decía que “sólo el tiempo puede revelarnos al hombre justo; al perverso se le puede conocer en un día”. Pienso en… Mi lector, si lo llego a tener, adivinará a quienes me refiero…

 










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