El Plan de Desarrollo Integral para Centroamérica.

|




​​

Tengo frente a mí magníficos estudios sobre la política exterior de México hacia América Central, comenzando con el trabajo de mi amigo Sergio Aguayo sobre El éxodo centroamericano , publicado por SEP Cultura en el 2000, que es un trabajo pionero que vincula la emigración con los factores económicos y sociales de la región; el libro coordinado por Raúl Benítez Manaut y Rafael Fernández de Castro sobre México y Centroamérica , publicado por el ITAM y Siglo XXI, del 2001, en donde se expresan visiones políticas, económicas, sociales y de política exterior hacia la región centroamericana. Escriben mis amigos Raúl Benítez y Lilia Bermúdez, ambos tratando sobre la redefinición estratégica de la relación de México con los países centroamericanos. Tengo a la mano el magnífico artículo de otro buen amigo, Marco Antonio Alcázar, “México y Centroamérica: La difícil confluencia”, editado por Guadalupe González y Olga Pellicer en el libro Los retos internacionales de México, Siglo XXI, en el que Marco hace una revisión muy brillante desde la separación de la Capitanía General de Guatemala del Primer Imperio en 1823, hasta 2010, pasando por los numerosos acuerdos, pactos y acciones entre México y la región centroamericana.

Todas estas investigaciones y otras más, realizadas por especialistas, nos dan cuenta de la escasa prioridad que México ha otorgado a la región centroamericana y también la gran importancia geoestratégica que tiene para nuestro país. Tan sólo hay que recordar que llegó un momento en que las reclamaciones de Guatemala sobre Chiapas y el Soconusco fueron de tal gravedad que este país acudió a Estados Unidos para enfrentar las negociaciones con México y una posible escalada militar.

Me tocó estar muy de cerca de la creación y los primeros años del Plan Puebla Panamá puesto en marcha por Vicente Fox, parecía buena idea, pero puso al frente a una persona, que era muy buen amigo mío, Florencio Salazar Adame, pero que no tenía la formación ni la experiencia para un programa de tal envergadura. Al final este programa se diluyó en la burocracia de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Vino después el Proyecto Mesoamérica y una política un tanto confusa de parte de la administración de Peña Nieto que han devenido en el abandono y el desinterés.

La conclusión que se deriva de los distintos estudios es que es necesario visualizar la relación de México con Centroamérica bajo la doble óptica del desarrollo y la seguridad; economía y sociedad.

Marco Antonio Alcázar concluye en la urgencia de superar la incapacidad manifiesta a lo largo del tiempo para otorgar un respaldo sólido y sostenido al proceso centroamericano de integración con el objeto de contribuir al desarrollo económico de la región y en consecuencia reducir la emigración, pero también para fortalecer un mercado significativo para los intereses económicos de México. Esto implica una profunda revaloración de la importancia geoestratégica de la región y esto lleva consigo también el compromiso de recursos financieros, técnicos y políticos que vayan más allá de los discursos y de las reuniones de segundo nivel.

Es necesario tener en consideración la presencia de los intereses de Venezuela, Brasil, Cuba, la Unión Europea y, sobre todo, de China, que compiten por tener influencia económica y política en el Istmo. México, por su desdén, estaba quedando al margen.

La coyuntura del acuerdo con Trump para contener la migración hacia el país del Norte y evitar la imposición de aranceles a todas las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos, es magnífica oportunidad para que México retome la iniciativa en la región con una visión de largo plazo. Este es marco del Plan de Desarrollo Integral para Centroamérica.

Este Plan, elaborado por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de la ONU, en el que participan numerosas agencias del organismo mundial, es un plan de desarrollo integral para el Sur de México, Guatemala, Honduras y El Salvador y cuenta con el apoyo de la Unión Europea y diecinueve países con grados de participación diferentes, pero se podrán ir adhiriendo muchos más países y organizaciones internacionales. Es decir, se trata de una organización dinámica, de largo plazo y multidisciplinaria cuyo objetivo principal es crear oportunidades de desarrollo de la economía, de los indicadores del desarrollo humano, educación salud, bienestar, para crear fuentes de empleo y crear polos de desarrollo que eviten, entre otras consecuencias positivas, le emigración hacia Estados Unidos.

La principal virtud del Plan es que se ha arrancado ya, por lo menos con El Salvador, hay que recordar que el presidente de Honduras enfrenta una serie de manifestaciones sociales que cuestionan su legitimidad y Guatemala acaba de tener la primera vuelta de las elecciones presidenciales y en octubre tendrá la segunda, en espera de un triunfador. Sin embargo, ya se está arrancando con lo que hay.

El Plan es sumamente ambicioso, abarca desde el comercio, la industrialización, tecnología e innovación, pasando por la integración logística y energética, así como un gran impulso ambiental en la región, cambio climático, protección civil ante desastres, seguridad, desigualdad y pobreza, para concluir en un capítulo sobre la migración, en una visión muy amplia, compleja y profunda. Pero lo que se puede observar objetivamente es que ahora sí parece haber consonancia en las decisiones políticas del más alto nivel, hay una clara comprensión de la complejidad, de la historia y del sufrimiento de la región Sur de nuestro país y de Centroamérica, sobre todo del triángulo Norte de esta región: Guatemala, El Salvador y Honduras.

El Plan está enfocado en lo que no ve Estados Unidos. Ante la actitud de amenazas y sanciones que esgrime Trump, el Plan contempla apertura, inclusión, negociación, multilateralismo, buena fe y mucho entusiasmo. De ninguna manera es sólo hacer el trabajo de la guardia fronteriza de Estados Unidos, no es el muro trumpeano trasladado al Sur de nuestra patria. Se trata de un serio intento de dinamizar la economía, de crear infraestructura, de vincular hacia adentro y hacia afuera de la región, de crear oportunidades donde antes no había nada, con entusiasmo y dedicación, con una visión de largo plazo y un horizonte humanitario que antes no se tenía. Esta visión de la dimensión humana, es la clave del éxito, sin la participación de todos los interesados han fracasado los proyectos más ambiciosos, por eso ahora la clave está en la organización de la participación, en el desarrollo de las personas, no de las cosas.










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

Envía tu comentario