El peligro

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Una compañía petrolera contrata a cuatro hombres que habrán de conducir dos autotanques portadores de nitroglicerina para apagar el fuego de un campamento. Los conductores arriesgarán la vida no sólo por la carga, sino también por el camino sinuoso y polvoriento. Se atreven por el buen salario pero sobre todo por la necesidad de expiar sus culpas; ellos encarnan toda clase de vicios: pereza, ira, gula…

El pueblito al que llegan es indefinido, mas a todas luces tropical. El calor es sofocante. Los cuerpos sudan; revolotean los mosquitos. Cumplida su misión, regresan con los autotanques vacíos. Uno de ellos canta alegremente. Pero en una curva pierde el control y se va al voladero. ¡Qué ironía! Esta narrativa pertenece al film ya clásico del cine francés dirigido por Henri-Georges Clouzot en 1953, protagonizado por Yves Montand, que lleva por título “El salario del miedo”.

Lo he evocado, aquí, porque pronto las carreteras de México se verán infestadas por autotanques de Pemex, Cámara Nacional del Autotransporte de Carga (Canacar) y los adquiridos en Nueva York (más de quinientos) para transportar gasolina, dado el cierre de ductos amenazados por el robo de los llamados “huachicoleros” que, ignorando la tragedia de Tlahuelilpan, continúan haciendo sus ‘travesuras’, sin importarles tampoco los ruegos admonitorios de López Obrador.

¡Todo un retroceso de más de medio siglo! Ya lo escribí en esta columna. Ineficiente y costoso. Pero además ¡un peligro! Para los conductores y para todos aquellos que circulan por las mismas sendas de distribución. ¡Una bomba de tiempo! ¿No sería mejor investigar otros modos de asegurar los ductos? México no puede renunciar a la innovación tecnológica en este combate, ciertamente encomiable, contra la corrupción. La desesperación es el colmo de la tristeza, de la decepción. Un camino que lleva al suicidio, una evidencia de que se ha perdido ¡la esperanza! Las pipas no nos salvan. Son portadoras de muerte. O al menos de la desilusión. Ya que el gran hurto de los hidrocarburos sigue impune hasta hoy. Como impunes también las adquisiciones sin licitación alguna, so pretexto de la emergencia que, al parecer, será la condición política y administrativa de nuestro presente. ¿Pues quién osaría rebatirle al todopoderoso cuya luz matinal irradia en la sala de prensa del recinto sagrado?

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