El milagro de la compasión compartida

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 rescata a perro atropellado

Llegaba a la Ciudad de México, la frontera de la carretera al periférico se distingue por un alambrado que divide físicamente entre los que salen y los que entran a la ciudad. Espiritualmente por una actitud angustiada de los conductores que luchan por adelantarse como si fueran espermatozoides que saben que sólo uno alcanzará la vida y los otros morirán. De pronto el tránsito de los que venían del otro lado se paró. Un joven se bajó de su coche y caminó hacia el lugar donde se había interrumpido la circulación. Era un perro atropellado, el joven se acercó, se agachó y lo acarició. El perro tembloroso le movió la cola. Nadie se movía; no había gritos ni claxonazos. Todos veíamos embelesados la escena. El silencio más absoluto enmarcaba la circunstancia. Me invadió un sentimiento de alegría ante la compasión compartida. Sin querer derramé una lágrima. No, no todo está perdido, la humanidad puede tener remedio. El milagro de la compasión.










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

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