El luto

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Los confines del cementerio de mi patria se extienden trágicamente: más de 35 mil desaparecidos, más de 70 mil defunciones por la pandemia. Vivimos en el asombro por una barbarie desenfrenada y un tratamiento confuso de la agresividad pandémica frente a la cual el mandamás tabasqueño pasea por todo el territorio como si no tuviese responsabilidad alguna. Y al parecer solo lo retiene en Palacio la cotidiana ‘ilusión’ neurótica de denostar a sus adversarios con la sonrisa sarcástica de un adolescente maléfico, tal si fuese la principal encomienda de sus mandantes. Y, claro, la de traer a la memoria, en este septiembre, la gesta de nuestros padres: una forma de subordinar el pasado al presente. Aunque no es el momento para rendir ese culto, él se empeña en sacralizarla –la memoria, digo– que es un modo de esterilizarla. ¿Para qué sirve y con qué fin asomarse al balcón, con esos ‘vivas’ ante tantas muertes? Todo un contrasentido.
En este septiembre de 2020, el duelo debería ocupar el lugar de la fiesta. Y el recorrido emocional cuando algo se ha perdido, es decir, el duelo, debería hacer una pausa en la algarabía de los antojitos. En vez del grito, el silencio; en vez de la agitación de la bandera, el crespón de luto; en vez de la pirotecnia multicolor, la vestimenta negra que se confunda con la oscuridad de la noche. No cabe ahora adorno alguno. Solo el luto institucional. Como un castigo a la estupidez del cacique, el ‘espectáculo’ de un Zócalo vacío reemplaza a la multitud que le rinde pleitesía al de Macuspana. El señor con la banda presidencial y su esposa en ‘traje de gala’ supuestamente elegante, solos frente a la nada agravian a las víctimas de los caídos. Ese ‘nosotros’ ha perdido significación. La patria ya no es patria. “Sepa la bola” que será, diría un amigo sustrayendo una expresión que nos evoca una infancia dichosa.
Ajena al dolor, ‘la esperanza de México’ se convierte súbitamente, en insensibilidad, en torpe inercia. Como si fuésemos ya un pozo seco para el llanto, una lágrima que se avergüenza de sí misma. “Las lágrimas son la sangre del alma”, decía Agustín de Hipona.
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Un abrazo virtual para el personal de la salud. Y muchos más para todos aquellos que ignoran la suerte de sus desaparecidos.










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