El llanto de las vírgenes

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En la primavera de 2008, hace nueve años, en el municipio de Pedro Escobedo corrieron versiones de que brotaban lágrimas de los ojos de una escultura de la Virgen de los Dolores ubicada en una capilla en construcción. El cuidador del templo atribuyó a un niño de ocho años haberle avisado que “la virgen estaba llorando”. El fervor prendió en las capas desesperadas de la población, y por algún tiempo peregrinaron cientos de personas que no encontraban salidas a su difícil situación. Fueron llevados muchos enfermos que la ciencia había sentenciado a muerte. Una mujer, conmovida, se acercó a la escultura y luego explicó: “Le dije a la virgen que no llorara, que estamos con ella, que la estamos acompañando en su dolor”.

Esta estampa reúne todos los elementos de procesos que se expresan en lenguaje religioso. Resulta muy parecido a la que se presentó el viernes pasado en La Noria, en el municipio de Huimilpan, una comunidad ubicada entre el antiguo volcán del Cimatario y el precioso valle de Apapátaro, ya en imparable urbanización. Se trata de fenómenos que revelan la complejidad que opera en el subsuelo de las sociedades y suelen presentarse en momentos de crisis y en capas humildes y poco ilustradas de la población.

Hay indicios de que el caso de La Noria podría estar vinculado con la temperatura de la capilla, pues una versión deslizó que en el área donde se encuentra la escultura “se siente un calor tremendo”. Por supuesto, la referencia a la temperatura no fue expresada como un dato climatológico; fue enmarcada en el carácter sobrenatural de hechos interpretados en la lógica de la fe popular, asociada al ambiente de profunda serenidad que, se dice entre la gente, desde ese día se percibe en ese templo humilde.

Esto último encuentra coincidencia con un hecho reportado hace siete años en Ocotlán, Puebla, también en la primavera. Se dijo que “brotaban lágrimas” de la escultura de la Virgen de los Dolores, la misma advocación de La Noria. Fue tal el alborozo popular que las autoridades eclesiásticas optaron por la prudencia y nombraron una comisión especial para verificar los hechos. Tras revisar la escultura, el clérigo que encabezó ese equipo dijo no haber encontrado lágrimas ni humedad alguna. Más aún, explicó que recientemente la imagen había sido sometida a restauración y podría tratarse de resina removida por el calor. Al párroco del lugar nadie pudo moverlo de su versión. Resulta que ese “milagro” sólo él podía verlo en horas en que todo mundo dormía, entre las 2 y 3 de la madrugada.

Casos como estos se suceden por todo el mundo. La gente ve lo que quiere ver. Encuentra lo que anda buscando. “A veces las dificultades pueden llevar a ver cosas anormales”, explicó de modo sorprendente un clérigo queretano a propósito del caso de La Noria. Y, bueno, lo mismo puede la gente ver una virgen en una jacaranda de la colonia Estrella, aquí mismo (un culto que fue multitudinario en su momento y hoy está absolutamente abandonado). O un Niño Dios llorando en Córdoba, Veracruz. Lo mismo un Niño Jesús que llora sangre, en Irapuato. O una escultura de Cristo, en Morelia, que mueve los ojos y los labios.

Apenas en el último fin de año, en la colonia Sinaí, de Acapulco, se propaló que de una imagen de la virgen de Guadalupe también brotaron lágrimas. Ahí la propia institución eclesiástica llamó “a la cordura”. Claro, pues también ha habido expresiones de religiosidad popular que salen del control de la institución católica. En un violentísimo Acapulco, la cuidadora de la imagen interpretó que con ello “la virgen está pidiendo que la gente del barrio viva en armonía”. Como diciendo, a ver si hablándoles la virgen paran toda esta masacre, aunque parece que ya ni los dioses tienen autoridad para restablecer la paz.

La religión es un complejo cuerpo de creencias donde los grupos humanos atribuyen a seres superiores atributos extraordinarios, justo aquellos rasgos de los que los pueblos carecen o anhelan. Por eso se piensa en dioses todopoderosos, que todo lo saben y todo lo pueden. Que son infinita bondad. Que de ellos emanan la paz y la fraternidad. Exactamente lo que las sociedades extrañan. La voz popular lo plantea de modo invertido y se traduce como que la deidad llora porque está triste ante las atrocidades del mundo. Es la comunidad la que percibe canceladas todas las salidas a sus males.

La religión y la ciencia son cuerpos de conocimientos inventados para explicar al mundo. Y sus verdades prevalecen en tanto llega una nueva verdad a desplazar a la anterior. Ambos cuerpos de conocimientos emplean lenguajes distintos y parten de supuestos antagónicos. Mientras la teología plantea que el hombre es creación de Dios, la sociología sostiene que la idea de Dios es una creación humana. Hay científicos que, en su argumentación sobre la creación humana del pensamiento religioso, incluso han propuesto un fechamiento para ubicar dentro de la evolución la aparición de la capacidad de abstracción, que hizo posible la aparición del arte y la religión. En su clásico libro La idea de Dios en la sociedad de los hombres, el sociólogo Sergio Bagú ubica esto en el neolítico superior. A partir del desarrollo de las explicaciones científicas del mundo, la explicación religiosa vive un paulatino desplazamiento.

Por último, lo sucedido en La Noria me hizo recordar una producción cinematográfica mexicana llamada La trenza de los milagros, pues lo que sucede en las cortes celestiales no tiene que ver con el más allá ni con ángeles ni demonios, sino con la cruda realidad de todos los días. Rodada en Campeche a principios de los 70s del siglo pasado, esa película muestra a la religión como un factor que actúa directamente en la convivencia humana, que la altera e incluso la conduce. Tiene un contenido ambivalente en el concurso de las fuerzas sociales en disputa y lo mismo puede constituir un impulso para la opresión que para la liberación de los pueblos.

En el caso de La trenza, la religión es útil para la restauración de la moral y el mantenimiento del orden, y opera como un poderoso impulso de la economía local. Un niño halla una trenza y pronto se propala que pertenece a una santa. Eso atrae peregrinos de la región y la economía del lugar se dispara y se diversifica. Cuando la dueña de la trenza reconoce que es suya, es acusada de sacrilegio y la persiguen hasta matarla. De ese modo se castigó una transgresión de los valores dominantes, pues a la mujer se le atribuían afectos que removían los subsuelos morales de las capas dirigentes del pueblo. La mataron porque estuvo a punto de evidenciar la farsa.

No digo que eso esté pasando en La Noria, pero puede arrojar un poco de luz sobre los usos sociales de la religión. La religión es una portentosa creación humana, pero habría que alertar sobre lo pernicioso de una mentalidad urgida de milagros. El patrón de conducta que apela a los milagros supone la disolución de la responsabilidad personal y colectiva frente a los problemas y conflictos sociales. Al atribuirle esa responsabilidad a instancias exteriores se está renunciando al poder de la organización social y a la obligación de hacernos cargo de nuestros dramas cotidianos.

Ciudad de Querétaro, abril 17, 2017

 










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