El legado de las hermanas Pérez. ¿Comenzará el debate en Diálogo Queretano?

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Desde 1985 ha crecido una de las muchas contradicciones sociales que nos caracterizan como país contemporáneo, como pueblos diversos azotados por esta pandemia invisible, que perfila nuestra identidad barbárica ante nosotros mismos y ante el mundo: los feminicidios.
Este fenómeno no cae del cielo ni surge mágicamente de la tierra como hongos bajo la lluvia. Los feminicidios responden a la existencia de una sociedad violenta; la violencia, a su vez, es el proceso y la consecuencia histórica de nuestra ruina económica, arrastrada desde el peso de nuestro pasado colonial, de nuestro convulso siglo decimonónico, de la Revolución Mexicana, (la primera de América Latina en el siglo XX) y el proceso de construcción y consolidación de un Estado democrático que sigue vigente, pese a su crisis orgánica que está cediendo, desde hace mucho tiempo, a las élites y a los criminales del poder.
No menos importante que estos hitos bien conocidos en nuestros libros de texto, es la existencia de una tradición organizativa de las mujeres que ha acompañado nuestra trama histórica, pero siempre bajo su sombra: Sor Juana Inés de la Cruz en la colonia; Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario en la lucha de independencia; las esposas e hijas de los revolucionarios surgidos en 1910; el primer Congreso feminista en Yucatán de 1916, como antecedente del surgimiento de organizaciones civiles para la lucha de las mujeres en materia de derechos humanos y sexuales.
Desde nuestra posición como historiadores, como revolucionarios, como machistas en rehabilitación, reivindicamos la memoria de las hermanas Pérez, asesinadas el 7 de mayo de 2020, en la Ciudad de Torreón, Coahuila, todas pertenecientes al IMSS, todas ellas con un claro móvil criminal (secuestro, tortura, feminicidio), en el contexto de la lucha contra el COVID-19 y la cultura del odio contra el personal médico, sin distinción de género, y en el seno de un país machista, tal como lo describimos en uno de nuestros artículos anteriores.
Este trágico acontecimiento no solo confirma la veracidad de la cultura criminal que intentamos descifrar en aquel artículo, sino que también nos obliga a repensar nuestro enfoque en clave histórica y cultural, el primer aspecto como medida del desarrollo de los hombres y mujeres a través del tiempo y sus respectivos contextos históricos, y el segundo aspecto como una perspectiva interdisciplinar (sociología, economía, ciencias políticas, psicología, geografía, etc.) que nos permitan explicar a esos hombres y mujeres de forma más completa. Pensar es prever, nos lo había advertido José Martí, el pensador más importante de América Latina en el siglo XIX.
Para comenzar nuestro análisis, hoy nos enfrentamos a uno de esos disloques de la historia, como las nombró Karl Marx. Él abordó el estudio de la guerra, la religión, la miseria, la ideología, la ciencia, la violencia, las revoluciones, todas desde la concepción materialista de la historia. Lo anterior implica identificar la importancia del cambio económico en el devenir histórico, expresado en el nacimiento y desarrollo de las clases sociales, en sus luchas y sus alianzas. No podría comprenderse el fenómeno de la plusvalía, en la naciente sociedad capitalista del siglo XIX, sin la existencia de la relación entre el capital y el trabajo, entre los patrones dueños de los medios de producción y los trabajadores asalariados.
Ahora bien, nuestro disloque actual es la existencia del COVID-19, que es una consecuencia y un proceso histórico de nuestra relación humana con la naturaleza, la forma en que nuestras instituciones sociales y nosotros como individuos respondemos a esta pandemia. La prioridad es salvaguardar nuestra salud, pero también nuestras capacidades vitales para afirmar nuestra humanidad. Retomando el caso de las hermanas Pérez, con perspectiva de género, se trata de afirmar nuestro derecho a la vida: vivas nos queremos.
A partir de nuestra capacidad vital de relacionarnos con nosotros mismos y con el mundo, reafirmamos otras facultades indispensables que están interrelacionadas: hasta que la dignidad sea una costumbre, la paz, la justicia social, la democracia, la solidaridad, la sororidad, el acceso a la educación, el ascenso de una economía acorde a nuestras necesidades nacionales, el reconocimiento de la existencia de los pueblos indígenas y las sexualidades diversas, la infancia, los adultos mayores, etc.
Sin embargo, nuestra respuesta al COVID-19, lejos de transformarse en un laboratorio social de una cultura nueva que incluya todos estos valores mencionados, se ha convertido en un ensayo violento para reafirmar el autoritarismo existente, llegando incluso a elevar nuestra escala de barbarie partidista hacia una fase fascista para retroceder nuestras conquistas de derechos humanos, como se ha visto últimamente en el caso de Querétaro y, más reciente, en los feminicidios de las hermanas Pérez como fenómeno estructural que crece invisible en el seno de esta pandemia.
El personal médico, la primera línea de lucha en estos momentos, dispone de salarios que no están a la altura de la canasta básica; sigue expuesta a la violencia de una sociedad como producto de un pobre desarrollo cultural y de una profunda miseria económica. Este escenario es aprovechado hábilmente por el crimen organizado, pese a que este también ha visto reducida sus principales fuentes económicas: el mercado de las drogas y la trata de personas.
En estas circunstancias, no debería ser difícil vislumbrar este disloque mundial del COVID-19 como la partera de múltiples violencias en que las presentes generaciones vean más atractiva la cultura violenta del narcotráfico que la cultura democrática de los pueblos mexicanos. En otras palabras, normalizar el ejercicio de la violencia como motor del desarrollo histórico y como nueva cúspide de la historia de los pueblos mexicanos. Esta conclusión, aterradora en todos sus ángulos, debería empezar a ser debatida en Diálogo Queretano.
A la memoria de nuestras hermanas Pérez, y a la memoria de las hermanas Mirabal, asesinadas en 1960, en la dictadura de República Dominicana encabezada por Leónidas Trujillo, proponemos nuestro diminuto análisis materialista para nombrar lo invisible, para elevar lo normal a su categoría de terror: el primer lugar en América Latina en feminicidios como parte integrante de nuestra democracia mexicana y de esta realidad como verdad histórica que estamos asumiendo de forma cómplice, la forma en que seremos conocidos, con horror, para las generaciones futuras.
Cuando se disponía del secuestro, tortura y asesinato de las hermanas Mirabal, los autores materiales se negaban a ejecutar su misión debido a la presencia permanente de sus hijos; no fue sino hasta que las encontraron solas que fue posible este triple feminicidio, y de ahí el origen del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia de la Mujer; este acontecimiento sucedido en la lógica de una dictadura que llevaba treinta años en el poder. Y ahora, en nuestro contexto mexicano, una transformación de cuarta con apenas dos años en el poder, heredera de casi un siglo de autoritarismo democrático priista, y que claramente ha asumido un falso papel salvador y fraternizador de la tradicional familia mexicana, pero cuyo país ocupa los primeros lugares de feminicidios, abuso sexual infantil y pornografía de menores en la región y en el mundo. Ésa es nuestra democracia representativa de una moral cristiana.
¿Cómo asimilarán nuestros nietos que una dictadura del Caribe haya sido más “humanitaria” con los hijos de las hermanas Mirabal que la violencia ejercida en nuestra democracia mexicana hacia nuestras mujeres y nuestros niños? Pregunta muy difícil de formular, pero casi imposible de prever.
Aun así, nada está decidido. Esa verdad histórica del machismo mexicano, esa ley feminicida que se pretende imponer en las diversidades culturales de nuestros pueblos mexicanos, sigue incompleta y empieza a cuestionarse lentamente. Como lo mencionamos, han existido mujeres solitarias y organizaciones civiles en diferentes etapas de nuestra historia, convirtiendo la ley del feminicidio en una ley válida para el pasado, ya no para el futuro, incluso ahora en donde el análisis de esa ley nos ha revelado nuestros más profundos dolores, pero también la revelación y la posibilidad de transgredir esa ley con nuestras manos: el municipio libre de Cherán, el zapatismo chiapaneco, Pan y Rosas, Católicas por el Derecho a Decidir, etc.
La modernidad feminista, como voluntad histórica, también está incompleta. Sus leyes y sus metas (el derecho a decidir, el derecho al voto, el derecho a querernos vivas) siguen enfrascadas entre su realización y su utopía. La historia no ha terminado y, en ese sentido, podemos prever el futuro legado de nuestras hermanas Pérez como impulsora del cambio histórico, de cambiarnos a nosotros mismos a través de la historia.
Edgar Herrera










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