EL JICOTE: LÓPEZ OBRADOR Y LOS SÍMBOLOS (II y último)

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En la teatrocracia que hizo López Obrador en el Zócalo trató de unir el símbolo de lo religioso con lo político; ya no era Porfirio Muñoz Ledo sino los chamanes los que representaban el ritual legitimador de su presidencia. No es algo nuevo, desde los griegos lo sagrado y lo profano se unen para consolidar su poder respectivo; “París bien vale una misa”;el Presidente de Estados Unidos jura colocando una mano sobre la Biblia.

Juárez, ideólogo preferido de nuestro Presidente, impulsó la división con la Iglesia y nuestro Estado se ostenta como laico. En estricto sentido se puede denunciar a López Obrador por violar la Constitución, recibiendo una cruz y poniéndose de rodillas ante un chamán. Pero no seamos tiquismiquis y con gusto los convoco a que nos hagamos de la vista gorda si López Obrador asume todos los compromisos que implican invocar el apoyo celestial para mandar políticamente. ¿Cuáles son estos compromisos?

Desde siempre en la práctica política cuando se deposita la fe en Dios o Dioses, el compromiso es utilizar el poder, lo que llamaban los griegos, sin hibrys. Sin ánimo de pleito, de discordia; sin desmesura; pacífica y armónicamente. El discurso de López Obrador tiene anchos claro oscuros de concordia y el tufo del desprecio a los adversarios, la amenaza y la polarización.

El otro compromiso del político por montarse en lo sagrado es el reconocimiento de que todo poder viene de Dios y el humano para ejercerlo requiere de humildad, El gobernante debe ser consciente de su fugacidad personal y de sus límites como humano. Amar al prójimo y a la verdad más que a sí mismo, más que a su ego y a sus ambiciones.

Si López Obrador asume estos dos compromisos, que llene de chamanes el Zócalo, que se agache, que se incline, que se deje llevar y traer, nosotros al grito ranchero a coro digamos: “¡Échenle copal al santo, aunque le jumeen las barbas!”,










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