EL JICOTE “LA SOLEDAD”.

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Estoy en Querétaro, suena y descuelgo el teléfono de mi lujosa mansión, nada de su pobre casa. Escucho un aliento agitado. Especulo, alguien se equivocó y cree que está en una “hot line”. Lo peor, es una llamada para extorsionar. Por fin habla, es voz de mujer. Ella: “¿Es usted Edmundo González Llaca?”. Yo: “Sí, desde hace tiempo”. Una leve sonrisa. Ella: “Le he mandado cuatro correos y no me ha respondido” Yo: “Perdón, pero no recuerdo haber leído cuatro correos de ninguna persona”. Ella: “Pretextos. Bien me ha dicho mucha gente que Usted es bastante mamón”. Resisto el golpe, guardo silencio, hablo: “No les crea. Son las opiniones de mis amigos de Morena”. Yo, cortante: “¿Para qué soy bueno?” Ella: “Leí su libro sobre erotismo y me gustó mucho, aunque me produjo nostalgia”. Yo: “La nostalgia es buena, pues se reproduce la experiencia agradable y al hacerlo gozamos un poco. Mi amiga la China Mendoza, recién fallecida, decía que ella aprobaba todas las luchas feministas, menos la de aumentar la vigilancia en el Metro, todo por nostalgia. Decía que su vida erótica se había limitado a los cateos personales en el aeropuerto y a los fajes en el Metro”. Risa franca, Yo: “¿Se siente sola?”. Silencio. Un sollozo ahogado. No sé qué hacer, apresuradamente quiero solucionar mi metida de pata. Yo: “No se preocupe, según una estadística una de cada tres personas se siente sola. Además, como dice mi amigo Francisco Perusquía, el buey solo bien se lambe”. Ella: “¿Qué quiere decir eso?”. Yo: “Que en la soledad puede Usted pensar en sí misma, en bucear sobre sus experiencias”. Ella: “¿A Usted le gusta la soledad”? Yo: “La soledad está muy estigmatizada. Yo simplemente la necesito. La escritura, como cualquier labor creativa, se encierra en un paréntesis: la soledad y el silencio”. Ella: “He tratado de compensar mi soledad con las relaciones por internet y al final me siento vacía”. Yo: “Bueno, la electrónica no sustituye las relaciones personales”. Ella: “¿Cómo le hago para que me guste la soledad?”. Yo: “Primero caerse bien usted misma, no flagelarse con culpas ni reproches. Después reconocer que hay personas que nos dan presencia física pero no nos aportan nada más. He sabido de gente que muere de asfixia por compañía”. Risa abierta. Silencio. Ella: “¿Aceptaría tomarse un café?” Yo: “Por supuesto. Con una condición”. Ella “¿Cuál?”. Yo: “De la gente me interesa su alma, su interioridad, sus valores espirituales. No acepto invitaciones si no vienen acompañadas por una fotografía de cuerpo entero en traje de baño. De preferencia en bikini”. Risa abierta y estentórea. Ella: “No es tan mamón como dicen sus críticos”. Yo: “Gracias”. Cuelga. Me quedo pensado, en este mundo de comunicaciones intensas y muchedumbres, se vive la peor de todas las soledades: la soledad acompañada.










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